Juan Villoro
El cine tiene una curiosa forma de envejecer. Ciertos detalles que en la filmación pasan inadvertidos se convierten con el tiempo en delatoras claves de la época. Hace poco volví a ver una película sobre el imperio romano que me cautivó en los años setenta. Mi sorpresa fue enorme al descubrir que todos los miembros del senado usaban el pelo como los Bee Gees.Las películas históricas revelan más del momento en que fueron hechas que de los sucesos a los que se refieren. Digo esto porque acabo de ver 300 y aún no me repongo del viaje a un mundo donde los golpes se soportaban sin ungüentos y que desconocía la aspirina, ese remedio con nombre de diosa griega.300 trata de la gesta suicida de Leónidas, rey de Esparta, contra el Ejército persa. En el plano visual, el director Zack Snyder logra una formidable adaptación del célebre cómic de Frank Miller. El diseño de arte alterna las sombras rápidas de la animación con la escalofriante imaginería del Bosco. Los cascos y los escudos espartanos parecen creados por la Ferrari y las exageradas ropas de los persas son dignas de una fantasía de Versace.El error de la película, como observó Jordi Costa en El País, consiste en ser demasiado fiel a la historieta que le da origen. Las imágenes responden a una original fabulación y las palabras siguen un guión pedestre. El color cárdeno de las capas combina de maravilla con los chisguetazos de sangre en las rocas, pero la historia no tiene otra motivación que aquello que por diplomacia se llama "riñones" (y Hugo Sánchez, dentista al fin, prefiere llamar "amígdalas").Sería imposible que 300 corrigiera prejuicios que vienen desde Los persas de Esquilo. Con todo, podría servirse del sentido del matiz, no digamos del cine, sino de un videojuego.¿Qué aprendemos de los espartanos? Básicamente que no les gustaba vestirse (incluso en la nieve están semidesnudos y la reina no lleva ropa interior). Su educación dejaba mucho que desear (consistía en abofetearse: el que no se desmayaba, aprobaba con 10). Sin embargo, por un capricho insondable, estaban obsesionados con la libertad. No querían ser, como los persas, dominados por tiranos. ¿Para qué deseaban la libertad? Supongo que para ir al gimnasio, porque les fascinaba tener marcados los músculos del vientre. Un espartano jamás se ponía chipil y sólo pronunciaba la palabra "amor" bajo una lluvia de flechas. En combate, su raciocinio pertenecía a las especies inferiores, un poco por debajo de la hiena: prefería morir a replegarse. Hago un pequeño salto de milenios y me acerco a la Casa Blanca: a todo esto le llamaban luchar por la razón y oponerse al misticismo.Gracias a Stallone y Schwarzenegger sabemos que un hombre de acción pronuncia con dificultad. Tal vez por ello, el héroe de las Termópilas habla como si viniera del dentista y le hubieran dejado algodones en la boca. No dice "this is Sparta" sino "chiiis issss Shhhhparta". Luego sonríe con temible prognatismo.Sólo uno de los trescientos, demasiado joven para comprender la gravedad de su misión, tiene risa humana. Se trata del hijo del capitán, un muchacho que pelea con el optimismo sin causa del Kikín Fonseca. Naturalmente, lo decapitan en el primer tiempo.El núcleo moral de la película depende de una curiosa decisión. Leónidas va a la guerra sin el respaldo de su Consejo. No lleva a un ejército en regla sino a un grupo dispuesto a combatir en forma deportiva (los trescientos del título). El rey quiere demostrarle a los siglos por venir que un dream team de la testosterona vale más que los pueblos atrasados que sólo combaten porque no les queda otro remedio. Este es el punto en que la película resulta estupenda para motivar marines.En el contexto del envío de tropas estadounidenses a Afganistán e Iraq, y de sus desavenencias con el Irán de Mahmud Ahmadineyad, descendiente contemporáneo de los persas, 300 recuerda que los "buenos" nunca nacen en países raros.El espartano aprovecha su libertad para pelear sin tregua. En cambio, sus adversarios luchan por fanatismo. ¿Qué aprendemos de ellos? Que usan demasiadas ropas (seguramente sus cuerpos son horrendos), se pintan los ojos y se depilan las cejas, son cobardes en el mano a mano armado y decadentes en el mano a mano erótico. Su rey, Jerjes, es un gigante afeminado. No lo asociamos con la capital de una civilización sino con una discoteca llamada Persépolis donde colocan piercings inconvenientes. En su declarada homofobia, 300 celebra a los carniceros que parecen "guardianes de la bahía" después de una dieta rica en anabólicos.En su ensayo sobre la cacería, Ortega y Gasset observa que el instinto depredador resurge de modo incruento en los deportes o en la distanciada contemplación de la violencia. 300 ofrece suficientes mutilaciones para satisfacer al animal de presa y aun al asesino serial en potencia que llevamos dentro. Desde el punto de vista de los efectos especiales, pocas veces el cuerpo humano ha sido tan fileteable.No se puede pedir que 300 ponga en escena la ética mundial preconizada por Hans Küng. Los caricaturistas no son ecuménicos. Sin embargo, esta versión del choque de civilizaciones es burda en exceso. En menos de lo que lleva pronunciar "Ahmadineyad", queda claro que el Medio Oriente es el territorio de la moral oscura."Recuérdenos", pide Leónidas al final de la película. La memoria de Esparta depende poco de esta solicitud, pero dice mucho de quienes contemplamos tantos brazos cercenados.En un momento insólito, Leónidas come una manzana. ¿Otro recurso de propaganda, similar al ilógico mensaje al término de los anuncios de comida chatarra: "Come frutas y verduras"?Festival del tasajo y la doble moral, 300 propone una curiosa versión del heroísmo: el honor sirve para que no te enteres de que la guerra puede ser mala para la salud.
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