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domingo, julio 05, 2009

Mar de Historias

Cristina Pacheco

I. Layo

Cuando terminó el entierro de Hilario el cortejo regresó a su casa para hacerle compañía a Paula, su viuda.

Sostenida por dos de sus hermanas, encabezaba la comitiva integrada por vecinos, amigos y algunos compañeros de Hilario en la última obra en donde trabajó: un edificio de 20 pisos. Mientras los deudos caminaban entre charcos podían ver a lo lejos la construcción inconclusa, erizada de varillas.

Paula llegó a contar que Layo le suplicaba a Dios con toda el alma el milagro de que el edificio nunca se terminara. El contratista le había dicho que todos los proyectos estaban suspendidos por el momento y tal vez ya no se realizaran. Layo veía en el futuro inmediato la amenaza del desempleo y todo lo que implica: búsqueda, angustia, soledad, fatiga, pleitos, desánimo, vergüenza.

Temía a todo eso, pero mucho más a verse en la necesidad de salir a las calles para mostrar de prisa una vieja receta médica a fin de conmover a los extraños: "Mi padre sufrió un accidente de trabajo y quedó muy mal. Las medicinas son caras, yo estoy desocupado y no tengo con qué comprárselas. ¿Podría ayudarme con lo que sea su voluntad?"

Agobiado por las deudas y las necesidades, Layo había recurrido a ese truco nueve años atrás. Para esas fechas su padre, Cosme, llevaba 11 meses de muerto y él, su único hijo, aún era incapaz de cumplir las últimas voluntades del finado: poner junto a su tumba un ángel custodio y mandar que tallaran sobre su lápida la frase que él mismo seleccionó en el catálogo de un lapidario: "No interrumpan mi sueño con su llanto".

Ebrio, Layo le juraba a su esposa que prefería morir antes que cometer otra vez lo que para él significaba un sacrilegio: mendigar en nombre de su padre difunto.

La mañana en que la llevaron a reconocer el cuerpo deshecho de su marido, Paula no se preguntó cómo había sido posible que Hilario, experto albañil, hubiera caído de un séptimo piso, no maldijo a la suerte ni culpó a nadie.

Ante el cadáver de su esposo comprendió que Dios había escuchado al fin las súplicas de Layo: hasta el último minuto conservó su trabajo y no tuvo necesidad de obtener el sustento a la sombra de una muerte lejana.

domingo, mayo 03, 2009

Zona cero

Cristina Pacheco

I

El temor plantó sus raíces en pleno abril, en medio de esta primavera esplendorosa y ardiente. Mientras que de las jacarandas siguen lloviendo flores, en la aridez del concreto germina el rumor, se expande, alarga sus intrincadas ramas y de ellas brota una nueva floración: los tapabocas.

El término que hasta hace pocos días empleábamos raras veces, siempre asociadas con los terremotos de 1985, ya ha vuelto a formar parte de nuestra habla y nuestra indumentaria cotidianas. Quién le hubiera augurado tan notable resurgimiento a una palabra que pasó tantos años respirando apenas, arrumbada en una página de los opulentos diccionarios.

Allí, entre tapabalazo (estopa que se ponía en los barcos para cerrar los agujeros abiertos por las balas) y Tapacarí (población del centro de Bolivia), se lee con sus tres acepciones: Golpe dado en la boca. Bufanda. Palabras con las cuales uno obliga a callar a otra persona. En estos días el término adquirió un nuevo significado: protector contra el virus de influenza humana y yelmo contra la desconfianza.

II

Ante la presencia de la epidemia todo cambió. Nuestras casas se transformaron en refugios, las calles empezaron a despoblarse y a adquirir el ritmo lento que nos recuerda décadas pasadas, los centros de trabajo se estancaron en la inactividad, los espacios públicos –desde las escuelas hasta el bosque de Chapultepec, pasando por los museos, los cines, las universidades, los restaurantes, los bares, los gimnasios, las fondas, los cafés– se tornaron inaccesibles, las noches se volvieron silenciosas y oscuras, el peligro tendió un alambre erizado de púas entre nuestros cuerpos.

Habitantes de un mundo nuevo, en medio de la inquietud y el desconcierto, anhelamos el regreso a una normalidad que hasta hace unas cuantas semanas nos parecía indiferente o agobiante. Queremos el coro de los niños en las aulas, el fragor de las máquinas en las fábricas, el bullicio en las calles y avenidas, la emoción de entrar en un teatro o en un estadio, el placer de la conversación en un café: todo lo que nos libere de un yo cercado por los temores y nos permita reconstruir un nosotros.

Pero sobre todo anhelamos regresar a las horas en que podíamos mirarnos sin sospecha ni desconfianza, estrecharnos las manos, tomar un teléfono o una manija sin pensar que allí se agazapa el enemigo, abrazarnos y decirle simplemente salud a una persona que estornuda.

III

El cerdo, uno de los animales más aprovechables, siempre ha sido víctima de una injustificada mala reputación. Para colmo, a las personas groseras, corruptas o de mal proceder se les califica con ese nombre: ¡cerdos!

Si el puerco, este mamífero ungulado y doméstico, ha podido sobreponerse a las acusaciones de ser de torpe, sucio y peligroso, se debió al exquisito sabor de su carne y la innegable utilidad de todas sus partes. Por desgracia, los cerdos enfrentaron un nuevo cargo desde que su nombre apareció asociado a una epidemia que se manifiesta con temperaturas muy altas, dolor en las articulaciones y malestar general: influenza porcina.

Ante la caída del mercado los porcicultores, con justa razón, exigieron que a la epidemia se le cambiara de nombre. Gracias a su protesta hoy sólo hablamos de influenza humana.

Es alentador que, al menos en el mundo de los cerdos, haya triunfado la justicia.

IV

La programación musical se interrumpe y cede el espacio a una voz serena y paternal: “Mantenernos a salvo de la influenza humana está al alcance de todos nosotros, basta con que sigamos ciertas prácticas muy sencillas: lavarnos las manos cuantas veces sea posible y observar una estricta higiene personal, cubrirnos con un tapabocas, no saludarnos de beso ni darnos la mano, no escupir en la calle. ¿Me está poniendo atención? Bien, sigo adelante: en caso de que no lleve pañuelo, si estornuda hágalo en la parte interior del antebrazo, limpie con cloro todas las superficies de su casa, si comparte con otras personas un teléfono o un teclado, límpielos antes de usarlos. Y desde luego, algo muy, pero muy importante: coma bien. Que no falten en su mesa frutas, verduras, alimentos de buena calidad. Y ahora siga disfrutando de…”

Continúa el programa predilecto de Aurora, pero ella no presta atención a la música. De pie frente a la llave de la que aún no sale una gota, piensa en cómo le harán su familia y sus vecinos para bañarse y lavarse las manos en una colonia en donde hace meses no hay agua. Sonríe cuando encuentra la solución: Busco a los piperos o la pido por ahí, en las gasolineras; pero no creo que nos alcance para bañarnos a diario.

Oye regurgitar la tubería y se persigna para agradecerle a Dios que al fin vaya a llegar el líquido. Sus esperanzas duran los instantes en que salen dos gotas por la llave. Como tiene que seguir esperando, prefiere concentrarse en las recomendaciones. No logra ordenarlas, pero suspira cuando piensa en que los besos, los abrazos y las computadoras no forman parte de sus hábitos ni de su mundo.

Una jauría se acerca. Aurora se divierte mirando a los perros que se disputan el espacio para clavar los hocicos en los montones de basura que fermentan al sol, a mitad de la calle jamás asfaltada. La sorprende otra vez la voz del locutor: Cuando usted sienta que su tapabocas ya está muy usadito, quíteselo, envuélvalo en un papel o métalo en una bolsa y arrójelo a la basura para evitar que los virus se propaguen.

Una vecina la saluda de lejos. Aurora le pregunta adónde va. Al mercado, a ver qué encuentro baratito. La mujer sigue adelante y ella se queda pensando en qué les hará de comer a sus hijos. Podrá decidirlo cuando regrese Arnulfo. Estacionaba coches afuera de un restaurante, pero nadie ha vuelto a comer allí y él no ha recibido ninguna propina. Ahora anda por las calles tratando de pepenar latas. Por un kilo le pagan entre siete y quince pesos; para reunirlo invierte todo el día.

En la radio se anuncia un nuevo corte informativo. Al final de la estadística de posibles contagiados y enfermos reales, el locutor agrega una advertencia: Se recomienda a la población no hacer compras de pánico. Tenemos que conservar la calma. Todos podemos quedarnos tranquilos porque, pese a la difícil situación por la que atravesamos, no habrá desabasto. Hay suficientes carnes, verduras, frutas, pescados y mariscos.

Aurora vuelve a su realidad: en caso de que Arnulfo logre pepenar un kilo de latas le traerá, en el mejor de los casos, tres monedas de cinco pesos, apenas suficiente para poner en su mesa los platillos del hambre.

V

Más allá de las puertas y las ventanas están las calles, las tiendas, el mercado, las casas de sus amigos, su escuela Héroes de Padierna. El mundo que Eusebio conoce desde que nació, a sus cinco años se le ha vuelto inaccesible a causa del virus. En la tele hablan todo el tiempo de eso, sus abuelos lo asocian a los pecados del mundo y sus padres se lo mencionan cuando pretenden que acepte el aislamiento en que lo tienen.

Para Eusebio el virus es un demonio que ha venido para destruir la Tierra. Por las noches tiene pesadillas, grita, desencadena la furia de sus padres, el enojo de sus abuelos, las protestas de los vecinos, los ladridos del Káiser. En esos momentos tan amargos Eusebio, de tan sólo cinco años, anhela el fin del mundo.

VI

Un guijarro altera la quietud del estanque, un grito rompe el silencio de la noche, un disparo desordena la formación de la parvada, una piedra fractura la superficie de un espejo, una gota de hiel amarga la dulzura, un arranque de celos envenena el amor, una traición disuelve una amistad, una mentira daña la confianza.

El rumor infundado lo destruye todo: estanque, silencio, parvada, espejo, dulzura, amor, amistad y confianza.

VII

Nada de lo que ha sucedido en las últimas semanas formaba parte de nuestros planes. Nadie recuerda nada semejante ni nadie se imaginó que en pleno siglo XXI la ciudad iba a inmovilizarse, que un día íbamos a convertirnos en exploradores de nuestra propia casa y a descubrirle espacios, secretos, cuarteaduras, defectos y virtudes. Que bajo las sucesivas capas que han coloreado las paredes a lo largo de los años leeríamos las primeras páginas de nuestra historia familiar.

En algún momento agregaremos otras páginas en donde queden consignados el ritmo y la atmósfera de estas horas difíciles vividas entre la sorpresa, el desconcierto, el temor, la oscuridad, el silencio, la quietud y, por encima de todo, la esperanza.

domingo, febrero 08, 2009

Crisis

Cristina Pacheco

Se lo digo por experiencia: todo tiene sus ventajas, hasta la crisis que nos está asfixiando parejo. Cuando empezamos a sentirla me parecía imposible imaginar cómo iba a ser nuestra vida sin permitirnos lo que para nosotros eran auténticos lujos: ropa nueva, un compacto, una cenita de vez en cuando en un restorán.

Antes de que a mi esposo Nicolás le redujeran sus días laborables y faltara la clientela en el salón de belleza en donde trabajo, los domingos nos salíamos desde temprano a los centros comerciales, aunque sólo fuera a ver los aparadores, y por la tarde nos metíamos al cine. Con lo caras que están las entradas y los aumentos de la gasolina decidimos quedarnos en la casa.

Tuvimos que conformarnos con pasar todo el domingo viendo la tele. Doña Rosina y don Arcadio, los abuelos de mi esposo, casi no la veían porque a ellos les gusta más la radio. Mientras oyen noticieros o música pueden seguir haciendo sus cosas: doña Rosina teje y don Arcadio repara los pocos relojes que le traen a componer. Envidio la buena vista que, a su edad, aún tienen los dos.

Hace algunos días decidimos alejarnos un poco de la tele y de la radio, al menos mientras terminan de transmitirse los 24 millones de anuncios con que los partidos quieren ganar votos para las próximas elecciones. No hemos llevado la cuenta, pero don Arcadio, que es muy meticuloso, asegura que van apenas 15. Como ya está viejo le preocupa morirse antes de que acaben los dichosos mensajes políticos.

Si prescindir de las cenas y los paseos me resultaba difícil, me pareció que sería insufrible vivir sin tele. Supuse que a los abuelos de mi marido les ocurriría lo mismo sin su radio.

II

Hace dos semanas, el primer domingo alejados de esas diversiones, pensé: “y ahora, ¿qué haremos?” Temí que lo que hace todo el mundo: comentar las malas noticias que circulan por todas partes. Me resigné a pasarme las horas viéndonos las caras mientras repetíamos que ya ha habido 500 asesinados en lo que va del año, subió a cientos de miles el número de desempleados, el peso se devalúa a diario, aumentan los precios, las adicciones y los suicidios entre los jóvenes, los divorcios van al alza, los congestionamientos vuelven intransitables calles y avenidas, y el caos en la ciudad se prolongará por lo menos un año más.

Ese domingo las dificultades empezaron desde temprano. Los niños protestaron porque como su abuelo no les permitió encender la tele ellos se aburrían en la casa. Les dije que no fueran tontos y se pusieran a leer: tienen un montón de cuentos y nunca los han abierto. ¿Sabe con qué me salieron? Que si agarraban un libro iban a sentirse como si estuvieran en la escuela.

Su padre se enfureció y estuvo a punto de pegarles, pero se lo impedí: “nunca les inculcamos el hábito de la lectura y ahora quieres que Ángel y Toño se comporten como si hubieran nacido en una biblioteca.” Nicolás me reclamó que yo en todo y por todo me pongo del lado de los hijos.

Pensé que si yo no era prudente, íbamos a terminar peleándonos. Con mi mejor tono le sugerí que se llevara a los niños a dar una vuelta al parque. Nicolás me contestó que para eso tendría que sacar el coche: “voy a gastar en gasolina y aparte en comprarles a tus hijos cuantos antojitos y chucherías vean en el camino.”

Don Arcadio metió su cuchara: “en primer lugar el parque no queda tan lejos: váyanse caminando. Eso es bueno. Si he llegado a esta edad es precisamente porque usé mis dos piernas para lo que Dios dispuso: caminar. Mis padres, que en paz descansen, y yo recorríamos distancias enormes sólo por el gusto de hacerlo.”

Toño, el menor de mis hijos, le preguntó si eso lo había divertido: “pues sí, bastante, y conste que no me compraban nada o si acaso una paleta o una bolita de caramelo. Pero no me podía: la cosa era estar juntos y ver”. “¿Ver qué cosa?”, dijo Angelito muy extrañado. Se asombró más con la respuesta de don Arcadio: “pues las calles, los árboles, las casas, la gente. Eso siempre es muy interesante y divertido”. Mis hijos intercambiaron una miradita como diciendo: ¿de qué habla este señor?

III

Comer sin la tele puesta, como lo hacíamos siempre, hizo muy tensa la hora de la comida porque no encontrábamos de qué hablar y sólo nos veíamos las caras. De repente Toñito me señaló y comenzó a reírse: “mamá, ¡qué chistoso! Tienes los ojos medio verdecitos”. “Igual que siempre. ¿No te habías fijado?” Me contestó que no.

Soltamos la carcajada, pero mi marido siguió callado. Le pregunté qué le pasaba y se dirigió a don Arcadio: “abuelo: no sabía que cuando eras chico caminabas por toda la ciudad con tus padres”. Don Arcadio se llenó de orgullo: “siempre que podíamos pero, eso sí, después de haber ordenado la carbonería”.

Por primera vez nos enteramos de que don Arcadio había trabajado en un expendio de carbón. A doña Rosina se le humedecieron los ojos: “el local era pequeño y de techos muy altos. Yo iba cada tercer día con mi mamá a comprar el carbón. Así nos conocimos Arcadio y yo”. La interrumpí: “¿y qué edad tenían entonces?” Doña Rosina cerró los ojos: “yo 16 y Arcadio 14”. Ángel pegó un salto: “no sabía que fueras mayor que mi abuelo”.

Don Arcadio nos hizo otra aclaración: “ahora esas diferencias no importan, pero antes sí. El día en que nos corrieron las amonestaciones, entre nuestras familias se armó un escándalo tremendo. Con decirles que la boda estuvo a punto de suspenderse. Oigan, no sé por qué ponen esas caras. Se los conté hace mucho tiempo”.

Mi marido aseguró que no lo recordaba y siguió preguntando: “¿adónde se fueron a vivir?” Doña Rosina respondió: “a Tlatilco. Allí nació Félix, tu padre, que en paz descanse. Gracias a Dios, tuvo tiempo de conocer a Toñito y Ángel, tus hijos, mis bisnietos”.

Les pregunté a mis niños si se acordaban de don Félix. Toñito no, porque cuando su abuelo murió él tenía apenas cuatro años. Ángel dijo que él sí, pero su hermano no le creyó: “¡Mentiroso! A ver, dime, ¿cómo era?” “Pues así, altito y… no sé qué más”. Quise ayudar a Ángel a hacer memoria: “¿no recuerdas lo que te platicaba? Una vez te dijo que iba a llegar el momento en que se fuera a vivir a los árboles. Tú lo interpretaste como que se mudaría a Chapultepec. Don Félix se rió mucho de que no comprendieras que estaba refiriéndose al momento de su muerte, cuando lo enterraríamos en el cementerio Los Sauces, al lado de su esposa, Eufrasia.

Mis hijos no podían creer que su abuela hubiera llevado un nombre que les sonaba horrible en comparación a los que se usan hoy: Karen, Joceline, Karla, Paola, Irahí. Doña Rosina les explicó que antes la costumbre era bautizar a los niños con el nombre del santo que amparaba el día de su nacimiento, que si se hubiera respetado esa costumbre Ángel se llamaría Basílides, porque nació el 30 de junio. Toñito, Leovigildo, porque es del 20 de agosto. Los niños se hicieron bromas y estallaron en carcajadas. Su risas, sin el trasfondo de la televisión y de la radio, se oían nítidas, distintas.

“Cuando se ríen se parecen a mi mamá”, les dije. Toño me preguntó si su abuela materna tenía los ojos del color de los míos. No pude recordarlo. Sentí angustia, culpa por no haberme fijado bien mientras ella vivió. Recordé que sus fotos estaban perdidas en algún rincón y decidí buscarlas al día siguiente.

En las cajas en donde las guardaba de seguro también iba a encontrar su misal, su mantilla, su ramo de novia, el Cancionero Picot y su recetario ilegible. Aunque me tomara semanas enteras estaba dispuesta a encontrar la receta de las albóndigas rellenas de arroz. Son sabrosas y baratas, ideales para comerlas los domingos.

IV

La crisis es real, se agravará, nos obligará a prescindir de más cosas cada día y a inventarnos estrategias para sobrevivir. Lamento que afecte a tantos millones de personas en el mundo, desde luego a los seres que amo, y me indigna que quienes la provocaron sigan tan campantes como si nada. Sin embargo, algo bueno ha comenzado a tener para mí la crisis: en la familia empezamos a convivir y a conocernos. Don Arcadio y doña Rosina nos dijeron cómo y en dónde se encontraron, Nicolás recordó a su padre y mis hijos al fin se dieron cuenta que tengo los ojos medio verdecitos, como su abuela.

Confío en que antes de que terminen de trasmitirse los anuncios electorales tengamos tiempo para reconstruir la historia de la familia con sus secretos, sus nombres y sus sabores.

domingo, enero 25, 2009

Cangrejos

Cristina Pacheco

El ropero ciega parte de la única ventana que hay en el cuarto. Contra la pared, el lecho conyugal se encuentra rodeado por cajas y muebles. Encima de la máquina de coser está el televisor. Bajo las sillas hay cubetas y zapatos. Sobre la puerta cuelgan prendas de vestir. Por un ángulo sube la instalación eléctrica. Ernesto la revisa en el momento en que Ofelia, su mujer, llega cargada con la bolsa del mandado.

Ofelia: ¿Qué haces?

Ernesto (palpando el cable): Sentí olor a quemado. Como están las cosas, lo único que nos falta para acabarla de fregar es un cortocircuito.

Ofelia (descarga la bolsa): No digas eso: te van a oír.

Ernesto: ¿No te sabes otra? (mira a su mujer por encima del hombro). Hasta en la noche me lo dices: te van a oír, te van a oír. ¡Ya chole!

Ofelia: No hay necesidad de que mi yerno y tu hija se enteren de nuestras cosas. Además, tus nietos duermen al lado.

Ernesto: Esos muchachitos saben de sexo más que tú y yo juntos (toma una camisa y se la pone con movimientos bruscos). ¿Inocentes? Sí, ¡cómo no!

Ofelia: ¿Vas a salir?

Ernesto: Sí, al depósito de cartón.

Ofelia (mete verduras en una tina de agua): ¿A poco lo abrieron hoy?

Ernesto: También hoy.

Ofelia: El patrón ya te bajó el sueldo. ¿Y ahora quiere que le trabajes en domingo?

Ernesto: La cosa fue pareja para todos y al que no le guste, ¡cuerda! Como está la situación, no puedo arriesgarme a que me despida; aunque si quiere hacerlo, no le faltarán pretextos. Es bien transa.

Ofelia: Pero regresas a comer, ¿verdad? (descuelga un mandil y se lo pone). Si no, tu hija y tu yerno van a pensar que estás molesto porque se vinieron a vivir con nosotros.

Ernesto (en voz baja): ¿Quieres que te diga la verdad? ¡Pues fíjate que sí!

Ofelia: No me gusta que hables de ese modo.

Ernesto: Ahora resulta que ya tampoco puedo hablar (con una sonrisa amarga). Estamos peor que cuando nos casamos y te llevé a vivir con mi padre.

Ofelia: ¿Te parece?

Ernesto: Allá éramos arrimados y teníamos que apechugar; aquí somos los dueños de la casa y sin embargo no disfrutamos de ninguna libertad.

Ofelia: Comprende: si se vinieron para acá no fue por su gusto. Pedro no encuentra chamba y Luisa, embarazada, menos.

Ernesto: De veras que no sé en dónde tiene la cabeza tu yerno: ve que está sin trabajo, no puede mantener a sus dos hijos y se pone a cargar a Luisa. Pudo haberse cuidado, pero no, ¿para qué? Al fin que allí están los suegros, ¡que apechuguen!

Ofelia: Menos mal que podemos ayudarlos.

Ernesto: Y a mí, ¿quién me ayuda? ¡Nadie! Al contrario, todos recalan conmigo. Voy como los cangrejos, para atrás: tengo más responsabilidades, más trabajo, más gastos, menos sueldo y para colmo estoy viejo.

Ofelia: Hablas como si tuvieras mil años.

Ernesto: 49, ¿te parecen pocos?

Ofelia: Tu papá murió de 78 (saca una tabla de picar). Y ya viste: trabajó hasta su último día.

Ernesto: Sí, qué a todo dar: ¡de barrendero!

Ofelia: De lo que quieras, pero trabajó.

Ernesto: Eran otros tiempos. Ahora, a los 35, ni de barrendero te aceptan. Además, a mi jefe no le tocó esta pinche crisis que nos está matando. Y eso que apenas comienza.

Ofelia (pica las verduras): La sufre todo el mundo, no nada más nosotros (mira a Ernesto). ¿Te acuerdas de Queta, la señora que tiene a su hijo Sammy en el reclusorio? Me la encontré en la tienda del Jarocho llorando, porque el jueves el Sammy se enfureció con ella y le dijo que ya no volviera a visitarlo.

Ernesto: ¿Y eso?

Ofelia: No le perdona a su madre que haya echado a la calle los perros que él tanto quería. Imagínate, eran ocho: con lo que la pobre Queta gana en la fonda no le alcanzaba para cubrir los gastos de él en el reclusorio y alimentar a tanto perro (se enjuga una lágrima). Se quedó nada más con uno para que le sirva de compañía mientras el Sammy vuelve.

Ernesto: Pero no te vas a poner triste por eso.

Ofelia: Es que siento mucha lástima por Queta. Nosotros tenemos familia y no estamos solos. Deberías valorarlo en vez de quejarte.

Ernesto: Ahora resulta que soy un egoísta y un jijo de siete suelas, sólo porque digo la verdad: me jode, a estas alturas de mi vida, no poder sentirme dueño de mi casa, ni explayarme en la cama, ni hablar en el tono en que se me antoje.

Ofelia: No creas: a Pedro y a Luisa también les pesa estar aquí.

Ernesto: Muy fácil, ¡qué se vayan!

Ofelia: ¿No te importa lo que les suceda a tus nietos? (lo mira) Mejor ni me contestes y déjame seguir picando mi verdura.

Ernesto: ¿Por qué otra vez aquí? ¿Por qué no la haces en la cocina?

Ofelia: Porque a Luisa le provoca náuseas el olor a recaudo frito.

Ernesto: Tu hija salió muy delicadita.

Ofelia: ¡Por favor, ya deja de molestarme!

Ernesto: Pero si te estoy defendiendo (mira a su alrededor). A mí tampoco me gusta que el cuarto huela a comida, y ¡te vale!

Ofelia (azota el cuchillo sobre la mesa): ¿Qué hago? ¿A quién le doy gusto?

Ernesto (triunfal): ¿Ves cómo también te sientes mal con la situación? (intenta abrazarla).

Ofelia: No es eso.

Ernesto: Entonces, ¿qué? ¡Dímelo!

Ofelia (se sienta en una silla): Es que me da miedo no saber para cuándo vayan a componerse las cosas.

Ernesto: Te advierto que todavía le cuelga un cacho y a lo mejor ni alcanzamos a verlo, así que mejor hazte el ánimo.

Ofelia: No vayas a pensar que no quiero a mi familia. Bueno, mejor ya ni digo nada.

Ernesto: No te calles. ¡Habla! Si ya empezaste...

Ofelia: Soñé con tantas cosas.

Ernesto (se sienta junto a su mujer): ¡Te fallé! No pude lograr que las realizaras.

Ofelia: ¿Por qué siempre te echas la culpa de todo?

Ernesto: Soy tu marido. Lo que te suceda es en parte mi responsabilidad.

Ofelia (acaricia la mano de su esposo): Me has dado todo lo que has podido.

Ernesto: Y fue poco.

Ofelia: ¿Te parece poco esta casa? Después de tantos años viviendo con mi suegro, cuando llegamos aquí, con Luisa chica, me sentí feliz. ¿Te acuerdas?

Ernesto: Esto apenas era un cuarto de tabicón.

Ofelia: Para mí significaba la gloria y puede que hasta más: ya no tenía que darle cuentas a nadie ni pelearme quedito contigo, ni acostarme a tu lado como muerta fresca.

Ernesto: Pues te diré, ¡ni tan fresca!

Ofelia (le golpea con suavidad del hombro): Si todo el tiempo me provocabas cómo querías que no... (Ahora la risa): y cállate porque nos van a oír.

Ernesto: No estoy diciendo nada feo ni malo. Al contrario.

Ofelia (ocultándose en el pecho de su esposo): De veras, ¿no crees que un día las cosas mejoren? No lo digo sólo por nosotros, que como quiera que sea ya vivimos, sino por Luisa, Pedro, mis nietos. Esos muchachitos me preocupan, pero más el que está por nacer.

Ernesto: ¿Y para cuándo es la cosa?

Ofelia: Que más o menos para junio.

Ernesto: ¿Más o menos? No me digas que este par de pendejos ni eso saben.

Ofelia: Pregúntaselo tú, a mí ya ni me digas (ve a Ernesto encaminarse a la puerta). Chambeas un rato y te vienes.

Ernesto: A ver si puedo. El patrón dijo que íbamos a trabajar hasta las tres, pero ¡quién sabe!

Ofelia: Antes paseábamos los domingos, aunque fuera por aquí cerquita. Ahora ni eso.

Ernesto: Me estás dando la razón: vamos de mal en peor.

Ofelia: No en todo. La casa era nada más un cuarto y ni ropero teníamos. Lo compramos en abonos.

Ernesto: Y ya sólo sirve para taparnos la ventana.

Ofelia: Me deja un cachito libre. Por ahí me asomo y cuando te veo venir, ¡me alegro de que llegues con vida! El día en que no tenga ni eso voy a sentir que de veras estamos como los cangrejos. Antes ¡no!

domingo, enero 04, 2009

Mar de Historias

Cristina Pacheco

Cartas perdidas

Virgilio entra en Las Ninfas. Bajo la escasa luz y tras las rejas que protegen el mostrador de la miscelánea es difícil distinguir a Félix. El propietario del establecimiento lee el periódico en voz alta como si su difunta esposa aún pudiera escucharlo:

–“Con dos pesos de aumento en el salario mínimo, las familias mexicanas tendrán que afrontar la cascada en el alza de precios con que empieza el 2009. Según los expertos, este año será el más difícil de las últimas tres décadas” –Félix cierra el periódico–. He pasado en chinga más de la mitad de mi vida…

–Y yo la mía completita. Desde que tengo uso de razón lo único que he oído es que estamos en crisis –comenta Virgilio.

–No escuché cuando entraste –Félix se acerca al enrejado–. ¿Qué haces por aquí?

–Pasé y vine a saludarlo.

–Supe que andabas de Rey Mago.

–Usted lo ha dicho: andaba.

–¿A poco tan pronto se acabó la chamba? Todavía falta…

–No pude pagar el alquiler del disfraz y me chisparon –Virgilio da un puñetazo en el mostrador:

–Tenía que sucederme esto cuando tengo más gastos por lo mismo de que van a llegar los Reyes.

–Ya casi están aquí. ¿Qué harás?

–Ni idea. Por lo pronto, no me atreví a volver a la casa. No sé cómo decírselo a Milena.

–No fue culpa tuya que te quitaran el trabajo.

–Pues no, pero ya me da pena salirle a mi mujer siempre con lo mismo: “No tengo dinero”.

–Pásale a sentarte –Félix retira la cadena que asegura una puerta lateral–. No me gusta platicar con rejas de por medio, como si estuviéramos en la cárcel.

–Mejor otro día. Ahorita tengo que ver cómo le hago para conseguir algo de lana.

–Te prestaría, pero ando en las mismas. ¿Sabes cuánto vendí ayer? Cuarenta y dos pesos. Con decirte que hoy no me dieron ganas de abrir el changarro. Si lo hice fue para no quedarme solo en el cuarto, sin nadie con quien hablar. Ser viudo es duro.

–¿Qué pasó con su hijo Vicente? ¿No que iba a venir?

–Vino pero nomás se quedó cinco días. Su mujer quiso que la llevara a Silao para ver a su familia. De allí se jalan otra vez para Chicago.

–¿No van a regresar para acá?

–No. Les pareció que esto ya está muy feo por la inseguridad: fueron a La Villa y los robaron en la micro. También les dio miedo que a mi nieto Edgard lo afectara la contaminación.

–El Edgard ya debe de estar hablando.

–Y qué me gano si no le entiendo: lo dice todo en inglés –Félix abre la puerta lateral–. Pero pásale, hombre, al menos para que te sientes. Ya luego ves…

–Me quedo nomás un ratito.

II

–¿Te preparo un café?

–No quiero que se moleste.

–¿Qué molestia es poner en las tazas una cucharada de café? –Félix enchufa la parrilla eléctrica–. En un momento se calienta el agua. ¿Cómo está Chavita?

–Creciendo y dando lata. Es muy inquieto.

–Y bien listo.

–Hasta se pasa. Ayer le pidió a Milena que lo llevara a un cibercafé.

–A los cinco años, ¿para qué?

–Para mandar por Internet su carta a los Santos Reyes. Dice que así les llegará más rápido y no se perderá, como las que le manda su padrino Leonel desde Sacramento.

–Para evitarlo, aconséjale a tu hermano que no meta dólares en los sobres.

–¿Pero cuáles dólares? Lo que pasa es que Leo ni se ha de acordar de escribirle a su ahijado.

–No se lo digas a Chavita.

–No, yo siempre procuro conservarle sus ilusiones. Por eso me preocupa tanto que los Reyes no vayan a traerle nada.

–¿Qué pidió? –Félix acerca dos tazas humeantes.

–Una patrulla de baterías, una ametralladora de chispas y una hermanita –Virgilio se estremece–. Lo único que me falta es que me salga corcholata con premio.

–Ya casi no hay de ésas.

–Antes sí. Me acuerdo que cuando era chamaco, cada vez que mi jefe nos compraba un refresco lo primero que hacíamos era ver si la ficha estaba premiada.

–¿Cuántos años lleva Lucio de muerto?

–Muchos, pero sigo extrañándolo. A mi mamá no tanto porque ni la recuerdo: murió cuando mi hermano y yo éramos unas pirinolas –los ojos de Virgilio se abrillantan–. Mientras uno tiene a sus jefes como que no los valora, pero después…

–Ya lo dice el refrán: “Nadie sabe el bien que tiene…”

–Es cierto, y además, hay muchas cosas que uno de chico no comprende. A Leonel y a mí nunca nos llegaban los juguetes que les pedíamos a los Santos Reyes y acabábamos reclamándoselos a mi padre. Como siempre andaba medio trole, creíamos que nuestras cartitas se le perdían. En vez de reprendernos, él procuraba consolarnos dándonos toda clase de explicaciones. Ahora comprendo que con esas mentiras nos demostraba su amor y de paso impedía que supiéramos la verdad: por la falta de lana le era imposible surtir nuestros pedidos.

III

–Me cayó muy bien el cafecito.

–Si quieres otro… Me llamó la atención eso de que, para justificar la falta de juguetes, tu padre les decía mentiras. ¿Como cuáles?

–Uf, pues que habíamos escrito mal nuestra dirección y los Reyes no habían podido encontrar nuestros zapatos; que el elefante estaba enfermo del estómago y por eso los Magos habían dejado para otro año el reparto de juguetes. Otra vez llegó a contarnos que un águila gigante había roto las bolsas del correo: las cartas se salieron por los agujeritos y quedaron flotando en el espacio como estrellas.

–¿Le creían?

–Pues sí, porque lo contaba todo muy bien. Ahora se lo agradezco. Gracias a eso mi hermano y yo nos sentíamos menos infelices cada 6 de enero, cuando todos los chamacos del barrio se paseaban por la calle faroleando con sus juguetes nuevos –Virgilio bebe un sorbo de café y entrecierra los ojos–. Otro enero se nos ocurrió a mi hermano y a mí pedirles a los Santos Reyes un tren eléctrico, de ésos que tienen estaciones, guardavías y todo. Cuando terminamos de escribir la carta mi padre nos llevó al Correo Mayor para que no desconfiáramos y porque, según él, si la mandábamos desde allí con toda seguridad iba a llegar a tiempo al palacio de los Reyes.

–Y entonces sí recibieron el juguete.

–No, ¡qué va! Con lo que mi padre ganaba de afilador, ¿usted cree que iba a poder comprarnos un tren eléctrico? En vez de decirnos la verdad salió con una historia fantástica. ¿Tiene tiempo para que se la cuente?

–El que andaba acelerado eras tú.

–Nos dijo que una parvada de urracas curiosas, ladronas como todas las de su especie, se habían robado las bolsas del correo para leer las cartas. Como eran miopes se tardaron mucho en hacerlo y apenas el 6 de enero le llegó el turno a nuestra carta. Para esas fechas en las bodegas de los Reyes Magos no quedaba un solo juguete. A las urracas les dio mucha pena saber que por su culpa Leonel y yo nos quedaríamos de nuevo sin regalos. En compensación decidieron construirnos un ferrocarril de verdad para que mi hermano y yo nos divirtiéramos. Y, ¿qué cree? Mi papá nos llevó a conocerlo.

–Pero, ¿adónde?

–A Huehuetoca. La estación aún puede verse: es pequeña, como de juguete, pero el ferrocarril ya no existe. Entonces sí. Estuvimos todo el día allí viendo pasar los vagones. Cuando las personas nos oían decir: “Ahí viene nuestro tren”, lo tomaban como puntada de chiquillos. Para nosotros, en cambio, era cierto. Sería porque los niños de antes éramos más simples, más inocentes.

–En cambio los de ahora…

–Ya me imagino lo que me dirá mi Chavita si le salgo con que los Reyes no le trajeron nada porque una nave espacial chocó contra el satélite, o si le cuento que la computadora de los Magos se les llenó de virus y no pudieron recibir el mail que les mandó.

–No sé lo que tu hijo te dirá ahora, pero después, cuando crezca, de seguro recordará tu cuento con la misma emoción con que acabas de contarme los que inventó tu padre para expresarles su amor. Ésas que llamas mentiras, ¿no fueron los mejores obsequios que pudieron traerte los Santos Reyes?

domingo, septiembre 28, 2008

Contrato conyugal


Llevábamos mucho tiempo haciendo planes para reunirnos en algún sitio neutral donde pudiéramos conversar sin tener que levantarnos a contestar el teléfono, acudir a la puerta o atender alguna urgencia doméstica.

Elegí el restorán como parte de las sorpresas que le tenía reservadas a Irma con motivo de su reciente cumpleaños: una foto con todos nuestros compañeros de prepa, su perfume predilecto y el último disco de Cesárea Evora. Prometió que lo escucharía mil veces. No lo dudé. Irma es de las personas que se obsesionan con un cierto tipo de música hasta que agota todas las emociones que le produce.

Elegimos una mesa apartada en donde no interfirieran con la nuestra otras conversaciones ni el tránsito de los meseros. Mi sitio daba a la ventana y el de mi amiga hacia el resto de las mesas. Irma declaró su decisión de olvidarse, al menos por esa noche, de su dieta. Ordenamos aperitivos, un menú formal y una botella de vino tinto.

Al principio se mostró muy interesada en la conversación. Me contó que en el Centro de Investigación Ecológica acababan de incorporarla a un programa de alcances continentales. El trabajo era intenso y absorbía todo su tiempo pero no se quejaba: las perspectivas eran muy alentadoras y el sueldo menos raquítico que en su anterior trabajo. Respecto de su profesión podía sentirse satisfecha, pero no en cuanto a su vida sentimental. Le dije que tal vez su problema radicara en que sigue esperando a un príncipe azul. Ladeó la cabeza y miró al frente mientras me pedía informes acerca de mi vida en el último año.

Le hice un breve resumen y le conté que, después de haber sufrido un tercer asalto, mi hermano Abelardo estaba pensando en irse a Canadá. Al verla sonreír me di cuenta de que Irma había dejado de escucharme. Otra vez ladeó la cabeza y en sus labios se dibujó una gran sonrisa.

Me interesó el motivo de su curiosidad y quise volverme, pero Irma me lo impidió: “No. Van a darse cuenta de que los estamos viendo”. “¿Quiénes?” “Una pareja di-vi-na. No sabes cuánto diera por estar en el sitio de la mujer. Se nota que él la idolatra”. Le pedí que me diera detalles acerca de cuanto hacían los enamorados.

II

–Llegaron un poquito después de que nosotros entramos. Me llamó la atención la forma tan cortés en que él apartó la silla para que ella tomara asiento. Pidieron dos “margaritas”. De seguro esa bebida les recuerda algo romántico.

Pregunté el aspecto de la pareja. Irma les lanzó una mirada rápida:

–Se ve que están casados porque ambos llevan argollas. La mujer es mona, él no está nada mal. Enseguida se nota que hay algo muy bonito entre ellos: ternura, confianza, generosidad. No sé, pero me gusta. Discretamente me pidió que me hiciera a un lado para ver mejor:

–¿Sabes lo que él acaba de hacer? Apagó el celular y se lo guardó en la bolsa. Si hay algo que me choca es salir con un tipo que se pasa la noche contestando “el móvil”.

Por el término que empleó me di cuenta de que Irma es lectora de Hola. Iba a decírselo en broma pero noté en sus ojos un nuevo deslumbramiento hacia la pareja di-vi-na y le pregunté qué hacían.

–Ella come ensalada y él acaba de darle en la boca una cucharadita de sopa de cebolla. Se nota a leguas que los dos quieren agradarse.

En qué se basaba para sacar semejante conclusión respecto de dos perfectos desconocidos:

–Por la forma en que se miran, pero sobre todo por la manera de compartir la ensalada y la sopa de cebolla –se frotó las manos.

–Espérate, espérate: él acaba de entregarle un sobre, ella lo deja a un lado y lo besa. ¡Ay Dios mío! Ya se dieron cuenta de que los estoy mirando.

No me extrañó porque Irma estaba prácticamente cayéndose de la silla, con la boca abierta y comiéndose con los ojos a la pareja di-vi-na. No pude más y me levanté con el pretexto de ir al baño. Al pasar, aunque fuera de lejos, podría ver a los inquilinos del nuevo paraíso.

Enseguida los reconocí. Eran Perla y Javier. Lo último que supe de ellos era que él le había pedido el divorcio porque estaba enamorado de una muchacha que sí era capaz de entender sus proyectos arquitectónicos y su búsqueda de nuevas formas.

Perla fue mi compañera de trabajo hasta hace cuatro meses. Dejamos de vernos cuando ella pidió su traslado a la sucursal de Lomas Verdes. Lo lamenté porque se encontraba en plena crisis, llena de odio hacia la otra y resignada a divorciarse antes que aceptar la humillación de la infidelidad. La última vez que conversamos me dejó muy inquieta: habló de suicidarse en caso de que Javier no desistiera de la separación.

El conflicto fue tema de muchas conversaciones en la oficina. Por mis compañeros supe que Javier estaba muy enamorado de una tal Marisol –la otra– y dispuesto a emprender con ella una nueva vida sin importarle la infelicidad de su esposa durante ocho años y las críticas de ambas familias.

Cuando regresé del baño encontré sobre la mesa dos copas de coñac. Irma deseaba que brindáramos por su cumpleaños. Le deseé felicidad, salud, suerte y que siguiera prosperando en su trabajo. Me confesó que cambiaría hasta el más ambicioso proyecto ecológico por encontrar un hombre amoroso, inteligente y cortés: atributos que, según ella, debía tener el integrante de la pareja di-vi-na.

No le revelé su identidad para no desmoralizarla. Procuré captar su atención haciendo recuerdos y comentarios, pero no lo conseguí. Siguió mirando a la pareja hasta que salió del restorán. Nosotras nos despedimos minutos después bajo promesa de reunirnos antes de que transcurra otro año.

Rumbo a mi departamento no dejé de pensar en Javier y en Perla. Cuando estaban a punto del divorcio ella me pidió que suspendiera mis llamadas por un tiempo, mientras olvidaba todo lo relacionado con “ese miserable”. En vista de su reconciliación no había motivos para seguir incomunicadas.

III

Perla se alegró al oír mi voz. Le pareció gracioso que hubiésemos coincidido en el restorán y me reprochó que no me hubiera acercado a su mesa. Le dije que no lo había hecho para no interferir con su evidente felicidad.

–Estamos bien. No me quejo.

La tibia respuesta de mi amiga me desconcertó. Su permanencia al lado de Javier significaba su triunfo sobre la otra y el resultado de una lucha encarnizada por hacerlo desistir del divorcio. Me aclaró que la decisión de mantenerse juntos había sido de ambos. Le dije que no me extrañaba un acuerdo entre dos personas que se aman tanto como ellos. Perla se rió:

–Y que saben aritmética. Tuvimos que sacar la calculadora antes de emprender el trámite de divorcio. Nos dimos cuenta de que no podíamos seguir viviendo juntos y de que cada uno necesitaba su propio departamento. A como están las rentas nada más en las fianzas íbamos a gastarnos 60. ¿De dónde íbamos a sacarlos? El coche lo compramos entre los dos. Me dijo que pensaba quedarse con él y a darme mi parte. No le creí pero acepté. Luego estudiamos el reparto de los muebles: sólo tenemos una tele, un refrigerador y una lavadora. Por lógica me correspondían a mí, pero Javier me salió con que para comprar esos muebles iba a invertir por lo menos 25 mil pesos. ¿Te imaginas?

Según me explicó Perla, para divorciarse no sólo necesitaban mucho dinero sino tiempo para renovar sus papeles en Hacienda, hacer nuevos contratos en la Compañía de Luz, Teléfonos, la gasera y aparte sustituir sus credenciales de elector. El trámite más engorroso sería en el banco y el más delicado, la tarjeta de crédito. Usaban la misma, tenían que ver cómo iban a pagar la totalidad de su deuda, por cierto bastante alta. Además Perla quería conseguir una individual para evitar que la otra fiscalizara sus gastos cuando el estado de cuenta apareciera en el nuevo domicilio de su ex marido.

Le dije que lamentaba mucho todo lo que había sufrido, pero ella se mostró optimista:

–Las crisis siempre son buenas. A nosotros nos sirvió para ver que en estos tiempos divorciarse sale en un ojo de la cara. Así que mejor seguimos casados, compartiendo la vida y los gastos. Lo único que mantuve en pie fue lo de nuestro coche. Le vendí mi parte a Javier y durante la cena me la pagó. Me puse tan feliz que hasta lo besé. Ojalá que nos veamos para contártelo todo al detalle. ¡Qué bueno que me llamaste!

El pragmatismo de mi amiga me impresionó y me dejó pensando en que los malos tiempos han tenido, entre otras consecuencias, el surgimiento de un nuevo contrato matrimonial donde está escrita con letra menuda la palabra amor.

domingo, marzo 02, 2008

Mar de Historias - La magia de los libros

A la entrada del pueblo había un letrero con su nombre y el número de habitantes: 27,698. La estadística fue levantada mucho antes de que comenzara la emigración hacia las ciudades y Estados Unidos. Nadie se encargó de actualizarla, quizá para no dejar constancia del abandono en que se iba quedando todo.

Las fachadas de las casas eran tan elementales como un dibujo infantil; en cambio, los interiores resultaban auténticos laberintos formados por habitaciones, pasillos, covachas, bodegas, patios que conducían a jardines y huertos. Manzanos y hierbas de olor coexistían con las flores. El resultado era un aire embriagador a veces difícil de respirar.

Las calles, horizontales y verticales, al cruzarse formaban las esquinas. Visto desde las alturas, el pueblo debió de tener el aspecto de la página cuadriculada en donde escribíamos las tablas de multiplicar al ritmo de la misma cantinela hasta que por fin escuchábamos la campana.

Su voz cascada era para nosotros el sonido más hermoso porque indicaba la libertad. De camino a nuestras casas corríamos hasta el jardín y nos atropellábamos para ser los primeros en ocupar alguno de los seis columpios. Sostenidos por cadenas enmohecidas a causa del tiempo y de la lluvia, los balancines producían un concierto muy semejante al que entonaban ciertas noches los gatos de todos y de nadie. Aquellos animales, que llegaban del misterio y se perdían en él, no eran la única propiedad comunal.

Las casas tenían en sus fachadas letreros con los apellidos de sus propietarios; pero las puertas y ventanas, de par en par o cuando mucho apenas entornadas, nos dejaban el paso libre hacia los interiores laberínticos.

En el pueblo, en donde las casas, los huertos, los columpios y los gatos eran de todos, las únicas propiedades privadas eran dos bibliotecas: una pertenecía a la parroquia de La Soledad y otra a Isidro Galán: un viejo arisco que apenas convivía con los otros lugareños.

II

La biblioteca de la parroquia quedaba junto a la sacristía. Hileras de tomos negros ocupaban los anaqueles de un cuarto penumbroso con olor a naftalina. En el centro, sobre la mesa con patas en forma de garras, había un atril que soportaba un libro siempre abierto. Separaba las dos páginas un listón brillante, rojo, que parecía un mar de sangre serpenteando por un hormiguero: las letras negras que no estábamos autorizados a leer.

Eusebia Torres, responsable de la biblioteca, era también la encargada de que los visitantes no tocáramos ninguno de aquellos volúmenes. Si nos deteníamos frente al libro abierto ella se colocaba a nuestras espaldas, presionándonos con su respiración agitada para que continuáramos nuestro camino hacia la sacristía, que daba al patio. Allí, bajo un frondoso hule, Alfonsina Maldonado nos daba lecciones de catecismo. Mientras repetíamos oraciones y jaculatorias envidiábamos como nunca a los gatos. Para ellos no había restricciones, ni siquiera la de saltar hacia la mesa con el atril y el libro o quedarse dormidos en lo alto de los anaqueles inaccesibles para nosotros.

III

La casa de Isidro Galán ocupaba la esquina en donde coincidían dos calles: Hidalgo y Madero. Por sus ventanas, encortinada de gasa, podían verse los estantes repletos de libros. Eran de diversos tamaños y sus cubiertas de distintos colores.

En cierta forma aquella diversidad emparentaba la biblioteca con los jardines que también eran huertos. Lástima que no se nos permitiera entrar allí tan libremente como lo hacíamos en nuestros solares y elegir uno de aquellos volúmenes inalcanzables que provocaban nuestra curiosidad y después nuestra rebeldía.

En la escuela nuestra profesora dedicaba mucho tiempo a insistir en la importancia de que aprendiéramos a leer bien, a familiarizarnos con los libros, a cuidar los nuestros como auténticos tesoros. ¿No podíamos hacer lo mismo con los que estaban en las únicas dos bibliotecas del pueblo? “No”, contestaba. “Los de la parroquia tratan de religión y ustedes no podrían interpretarlos. Para eso hay que saber latín y estudiar mucho.”

Esa respuesta a medias despertó el comentario de Gonzalo, el más alto del grupo: “Isidro no es sacerdote. En su biblioteca debe de haber libros que hablen de todo. ¿Por qué no podemos tomarlos y leerlos?” Resignada, la profesora nos dio una contestación muy pobre: “Porque son de él”. En desorden, casi a gritos, le recordamos las enseñanzas que nos había repetido tantas veces respecto del interés y el amor que se debe tener hacia todos los libros, no importa quién los haya escrito, de dónde procedan, qué aspecto tengan y hasta si les faltan algunas páginas.

La maestra quedó aturdida, incapaz de encontrar argumentos que pacificaran nuestra pequeña rebelión. Por fortuna para ella, sonó la campana. Nosotros, como todos los días, salimos en estampida hacia el jardín en donde los columpios, movidos por el viento de marzo, entonaban su crispante concierto metálico.

IV

En el pueblo, en donde todo era de todos menos las dos bibliotecas, no había secretos. Pronto se supo de nuestra incipiente rebelión y nuestra exigencia de que alguien contestara la pregunta aún sin respuesta: “¿Por qué no podemos acercarnos a los libros de Isidro Galán?” Hacia los volúmenes de la parroquia habíamos dejado de sentir interés por aquello de que estaban escritos en latín –¡quién sabe qué cosa fuera eso!– y para interpretarlos tendríamos que estudiar muchísimo.

Aunque con cierto retraso, Isidro se enteró de nuestra protesta. Nos dimos cuenta porque al detenernos frente a sus ventanas lo veíamos levantar la cabeza y mirarnos como si apenas se hubiera dado cuenta de que en el pueblo, además de personas adultas, había niños ávidos y curiosos, como seguramente lo fue él en tiempos remotos.

A nuestros ojos, la reacción de Isidro era la mejor prueba de que lo habíamos conmovido. Envalentonados y al ritmo de los columpios chirriantes, diseñamos una estrategia para vencerlo y conseguir que nos abriera la puerta de su biblioteca. La táctica era sencilla y sólo exigía constancia: detenernos en silencio frente a sus ventanas antes de entrar en la escuela y de vuelta a nuestras casas. El objetivo: incomodarlo como si un mosquito le zumbara junto a su oído bueno –el izquierdo, porque del derecho era completamente sordo.

La táctica tuvo una primera consecuencia: por la mañana y hacia el mediodía Isidro se replegaba a las habitaciones interiores de su casa. No fue suficiente: disponíamos de todo el tiempo del mundo y esperar su reaparición se convirtió en parte de nuestros juegos.

Contrariado, Isidro desplegó otro recurso que fue para nosotros una barrera insalvable: sobre las ventanas corrió las cortinas de brocado, menos indiscretas que las de gasa. Nos dimos por vencidos y ese mismo día terminamos por volver a la rutina que concluía en el jardín de los columpios chirriantes. La esquina de Hidalgo y Madero recobró su quietud y su silencio, apenas horadado por las recuas de mulas despaciosas y tambaleantes bajo su carga de alfalfa o leña.

V

Una tarde, a la salida de la escuela, al pasar frente a la casa de Isidro vimos las ventanas abiertas. Por primera vez pudimos mirar hacia el interior de su biblioteca sin que nada obstruyera la visión y también por primera vez el viejo nos dirigió la palabra: “¿No que tenían tanta curiosidad por ver mis libros? ¿Qué esperan? ¿Por qué no pasan?”

Nunca habíamos entrado en esa casa y dudamos antes de aceptar la invitación o más bien la orden. El interior era como todos, un interminable laberinto de habitaciones y corredores. Tres puertas labradas, amarillas, protegían el acceso a los libros. Los estantes asordinaban los ruidos de la calle y el olor a papel invadía el espacio que, entonces como nunca, me pareció un jardín que era también un huerto.

Permanecimos inmóviles, en silencio, hasta que Isidro, refunfuñando, abandonó la biblioteca. Eramos libres de salirnos o permanecer allí y tomar los libros. No nos atrevimos a hacerlo hasta que al fin Gonzalo estiró un brazo y eligió un tomo forrado de verde. Ante nuestro azoro lo abrió y se puso a leer en voz alta:

A la entrada del pueblo había un letrero con su nombre y el número de sus habitantes: 27,698. La estadística se levantó mucho antes de que comenzara la emigración hacia las ciudades y Estados Unidos. Nadie se encargó de actualizarla, quizá para no…

Mientras Gonzalo continuaba la lectura entendí algo que mi maestra había tratado de explicarnos: los libros son fascinantes porque concentran todos los tiempos, despliegan infinitos paisajes, nos permiten escuchar aun las voces más remotas, vuelven sobresalientes hasta los hechos más insignificantes y, por si fuera poco, convierten nuestra vida en una historia interminable y fascinante.

domingo, septiembre 23, 2007

Fideo seco

Cristina Pacheco

Llevo tres años en esta esquina atendiendo mi negocio de comida. Me ha tocado ver a muchos hombres salir despedidos de la fábrica. Antes, en su último día de trabajo, sus compañeros les disparaban la comida: un molito, unos bisteces sancochados, unas flautas; ahora ni siquiera los acompañan a la puerta: temen que sus jefes sospechen que conspiran y los liquiden también.

Los que se van, especialmente quienes llevan mucho tiempo en La Luminosa, jalados por la fuerza de la costumbre siguen frecuentando el rumbo. Se acercan y me preguntan qué hay de nuevo, cómo va mi salud y leen el periódico mientras llega la hora de que sus ex compañeros salgan a comer.

Les da gusto verse. Recuerdan las hazañas compartidas, el día en que formaron su equipo de futbol; repiten los chistes de siempre, pero el ambiente ya no es el mismo: el que se fue, por más que haga la lucha, ya no encaja en el grupo.

Para mí el peor momento es cuando suena la chicharra. Los obreros terminan rápido su comida porque los espera su chamba. Para disimular el dolor de no ser uno de ellos, el desempleado en turno les hace bromas, los califica de matados y bueyes, les dice que el trabajo lo hizo Dios como castigo. Pero nadie responde a sus provocaciones.

Triste como un niño al que le arrebataron sus juguetes, el desempleado se queda conmigo unos minutos y luego me dice que, ¡caray, es tardísimo!, apenas le da tiempo para llegar a la cita con el compadre, el primo, el sobrino, el amigo que prometió presentarlo con alguien que le dará trabajo.

¿Le mentirán también a sus mujeres cuando ellas les pregunten dónde pasaron la mañana? Supongo que sí. Les dirán cualquier cosa menos que volvieron a la fábrica para sentirse como antes, cuando protestaban por las arbitrariedades de los patrones y los abusos de los líderes: cuando eran felices.

II

Los lunes se me carga más el trabajo y para colmo es cuando vienen todos los desempleados: es el día en que puede haber contrataciones eventuales. Llegan desde las siete de la mañana, cuando apenas estoy acomodando las ollas y los platos. Me conocen, saben que me pongo nerviosa si me estorban y se alejan hasta la pared mientras esperan a que les sirva su cafecito y les prepare mientras sus guajolotas.

Me preguntan por el menú del día y recuerdan que en sus tiempos de obreros se ilusionaban de pensar que a la hora del almuerzo saldrían a comer mis tacos de fideo seco que, según ellos, son únicos.

Cuando los veo asoleándose recargados en la pared, me parecen condenados a muerte que esperan el indulto o el tiro de gracia. Por eso los consiento y finjo compartir sus esperanzas de que segurito los llamarán esta semana –no recuerdan que me dijeron lo mismo hace tres, cuatro meses– y que al fin encontrarán un empleo donde al jefe de personal no le importe la edad que tengan porque valora su experiencia.

Mientras conversan, los desempleados no apartan la mirada de la fábrica. Supongo que imaginan la actividad que hay en las naves, el estruendo de las máquinas, el olor de los solventes, el ruido de las carretillas, el agua corriendo en el baño y, al fondo, la radio que Daniel mantiene encendida todo el tiempo.

Daniel anda por los 50 años y sus compañeros lo llaman Cascarita. Ha dejado en la fábrica más de la mitad de su vida y algo de su cuerpo: dos falanges de la mano derecha, el pabellón de la oreja izquierda, un diente, la piel de sus rodillas. Tiene bien puesta la camiseta y asegura que todo se lo debe a La Luminosa y seguirá debiéndoselo después de que lo liquiden –“toco madera”–, porque saldrá a las calles y exhibirá sus mutilaciones a cambio de unas cuantas monedas. No tendrá necesidad de venir a pararse junto a mi negocio para llenar su tiempo hablándome de sus años en la fábrica.

A las doce y media los obreros salen a comer. Los desempleados van a su encuentro, los llaman por sus nombres o sus apodos y les preguntan por qué este lunes no hubo contrataciones eventuales. Las respuestas no cambian: “La situación está cada vez más difícil: acaban de quitarnos las horas extras y el servicio médico; de seguro se viene otro recorte de personal”. Para demostrar que no mienten, dicen lo que han oído: “El siguiente en salir es Cascarita”.

En son de broma, los desempleados afirman que envidian a Daniel porque tiene trabajo y un seguro de vida –sus mutilaciones–, mientras ellos sólo cuentan con su experiencia inutilizada, sus deseos de echarle ganas y el ansia de experimentar otra vez lo que se siente el día de raya.

Suena la chicharra, hora de volver al trabajo. Los desempleados se acercan a los obreros que aún son sus amigos y les piden que les hagan el paro, que les echen la mano, que les presten una lana para irla pasando. La mayoría no consigue el préstamo porque “ya me debes mucho y yo también ando frito”.

Cuando los trabajadores desaparecen tras las puertas de La Luminosa los desempleados enrollan sus periódicos y se los meten en el bolsillo posterior del pantalón, se frotan los brazos, lanzan prolongados bostezos. Tantas horas parados les produjeron cansancio, sueño, tedio, ganas de tirarse por allí con una mujer que no sea la suya, que no les haga preguntas ni les pida dinero.

Al fin se despiden. Me aseguran que como mis guisados no hay dos; es lo único que realmente extrañan desde que los echaron de La Luminosa; que no saben cuándo regresarán. Me dejan sus teléfonos para que los llame en caso de que se reanuden las contrataciones eventuales.

Los veo alejarse en grupo, hacerse travesuras como si fueran estudiantes, decirles piropos a las muchachas que pasan, separarse en la esquina y antes de tomar por su rumbo o subirse a la micro, lanzarle una última mirada a la fábrica.

III

A las cuatro de la tarde ya no me queda nada de comida y me pongo a levantar mis cosas. El gusto de que voy a ver a mi hija Citlalli se me amarga al pensar en que quizás encontraré a Mauro en la casa. Ya va para tres años sin trabajo –el mismo tiempo que llevo con mi negocio–, y a como están las cosas dudo que encuentre alguno. De por sí ya no es joven, acaba de cumplir 38 años, pero como se ha dejado tanto se ve mucho mayor. Por desgracia hoy en día cuentan más la juventud y la apariencia que los conocimientos.

Mauro sabe mucho de máquinas de coser. Le entiende a cualquiera, hasta a la más complicada de doce cabezas, pero ¿de qué le sirve si no lo ocupan? Y como ya ni la lucha le hace, pues menos. Para mí eso es lo peor de todo: verlo derrotado, apático, dando vueltas a lo tonto. Me gustaría que reaccionara no sólo por él mismo, sino también por nosotros como pareja.

Andamos mal, peleamos. Se disgusta porque no quiero hacer el amor. Le explico el motivo: termino muerta de cansancio. Él lo interpreta como un reproche y me insulta, me acusa de que ando con otros y dice que no va a soportar que lo ponga en ridículo nada más porque lo mantengo. Le respondo que si tanto le afecta la situación pues que salga a buscar chamba de lo que sea.

Le he propuesto que trabaje conmigo y me sale con que primero muerto que “gato de una pinche fondera”. Cuando lo oigo decir eso no puedo controlarme y le echo en cara lo que no quería: “Mejor ser fondera que huevón mantenido”. El pleito siempre termina igual: Mauro intenta golpearme, lo amenazo con lo que tenga a mano y él acaba por hacerme una rompedera de platos y largarse. Cuando vuelve, si es que lo hace, regresa ebrio y otra vez arma el escándalo.

He llegado a pensar en que tal vez nuestras cosas se arreglen si cierro mi negocio y vuelvo a depender de Mauro: eso lo haría sentirse fuerte, seguro. Citlalli, que ya está acostumbrada a nuestros pleitos, opina que no cometa esa locura y mejor me divorcie de Mauro, al fin que él ya no sirve como padre ni como marido. Me disgusta muchísimo que mi hija diga estas cosas y le recuerdo lo que me enseñaron sus abuelos: “El matrimonio es para toda la vida, en las buenas y en las malas”. Citlalli se burla, dice que me ahorre los consejos porque ni loca piensa casarse. No quiere que su vida sea como la que llevamos Mauro y yo: un infierno.

Al otro día, aunque esté muy intranquila por Citlalli y porque Mauro no regresó en toda la noche, me voy a vender mis guisos frente a La Luminosa.

Oyendo los problemas de mis desempleados olvido los míos y hasta me hago las ilusiones de que esos hombres son menos infelices cuando prueban mis tacos de fideo seco.

domingo, agosto 05, 2007

Dos años, ocho meses, 14 días

Edgardo evita tropezar con las mercancías que invaden las aceras. Si lo hace, los comerciantes le reclamarán a gritos y él no está para discusiones. Mira su reloj y piensa en lo que le costarán dos horas de estacionamiento. Una cosa lo lleva a otra: no ha pagado la verificación ni la multa por invadir el carril de contraflujo. Emma le advirtió que no lo hiciera y después, durante la cena, estuvo reprochándoselo con demasiado encono.

Lo entristece pensar en lo mucho que ha cambiado su esposa, pero también la comprende: ella está cargando con la responsabilidad de sostener la casa desde hace dos años, ocho meses y 14 días, el mismo tiempo que él estuvo desempleado. Hoy al fin consiguió trabajo y donde menos lo esperaba: en la revista de Leopoldo Valle, su antiguo compañero de escuela.

Se encontraron un domingo en el supermercado. Leopoldo le entregó su tarjeta y le pidió la suya. Edgardo fingió buscarse la cartera y acabó por decir que la había olvidado. Leopoldo le hizo una broma: "Mejor, así tu esposa tendrá que pagar la cuenta".

De regreso a la casa, Emma hizo hasta lo imposible para convencerlo de que Leopoldo no había tenido intención de humillarlo: "El no sabe que estás sin trabajo. Hasta te preguntó cómo iban las cosas en el despacho". Edgardo le había dado una respuesta vaga. Por la forma en que su antiguo compañero desvió la mirada comprendió que no había podido engañarlo. Eso lo irritó aún más y arrojó la tarjeta de Leopoldo en una bolsa del supermercado.

Edgardo reconoce que las mujeres tienen un sexto sentido para valorar las cosas. Si Emma no hubiera guardado la tarjeta de Leopoldo, a estas horas seguiría enviando su currículum a todas partes desde el café-Internet: revendió su computadora a su hermana Elsa. Hacer el trato no fue nada fácil. Ella olvidó el parentesco y actuó como una experta en gangas: "Sí, ya sé que la computadora está casi nueva, pero con lo rápido que las modernizan dentro de seis meses ya no me servirá. Te doy mil 500".

II

El desempleo le había dejado a Edgardo amargas experiencias, la peor, haber visto lo mucho que su familia y sus amigos habían cambiado desde que perdió el trabajo. Quizá, como aseguraba Emma, fuera él quien se había convertido en un hombre huraño y susceptible. Detalles a los que nunca les había concedido importancia de pronto se volvieron trascendentes.

Si se enteraba de alguna celebración a la que él y su mujer no habían sido invitados, se daba por ofendido y prometía venganzas terribles contra los parientes y amigos que lo rechazaban por saberlo en desgracia.

Edgardo se avergüenza al recordar que, obsesionado por los desaires, en vez de leer el aviso oportuno se pasaba las horas revisando los obituarios y las secciones de sociales en busca de nombres conocidos. Por la noche recibía a Emma con su lista de agravios: "Se murió el yerno de mi tía Aída y no nos avisaron". "Poncho y la Nea hicieron su primera comunión. Es increíble que tus hermanos no nos invitaran".

En la intimidad era todavía más susceptible: cuando iban a la cama y su mujer se mostraba fatigada, Edgardo veía su desgano como una ofensa y un motivo de sospecha. Llegó a acusarla de tener amantes. Ella le exigía pruebas, nombres. Ante la imposibilidad de dárselos, él acababa por disculparse llorando y ella por entregársele sin entusiasmo, como quien acepta lo inevitable.

III

Edgardo suspira aliviado al pensar que todo cambiará ahora que al fin consiguió empleo en la revista de Leopoldo: 32 páginas en las cuales los anuncios, la sección de espectáculos y deportes son intocables. El resto de los materiales, inclusive el breve editorial que escribe el propio director, puede moverse de sitio o eliminarse en caso de que a última hora aparezca otro anunciante.

Leopoldo se mostró orgulloso de la sección cultural: la convirtió en una serie de mininotas que inserta para llenar huecos. En el último número de la revista, entre un anuncio caliente y otro de una vulcanizadora, incluyó, con un encabezado que le pareció ingeniosísimo, las noticias que enlutaron al cine mundial: "Bergman y Antonioni: dos grandes directores, bien fríos".

Edgardo tuvo que celebrarlo, fingirse muy interesado y ocultar su impaciencia por saber en qué consistiría su trabajo. Cuando Leopoldo le dijo que iba a encargarlo del horóscopo y de la sección de hechos insólitos -"todo muy breve"-, estuvo a punto de renunciar.

Desistió sólo de imaginarse otra vez sentado ante el televisor mientras escuchaba el sonido de la lavadora y olía a pinol. Todo era preferible a ese infierno lleno de martirios. Los peores, recibir pequeñas cantidades de manos de su mujer o acompañarla al súper y fingir ante las cajeras que había olvidado sus tarjetas de crédito. Para reforzarlo, Emma procuraba hacer comentarios maliciosos -"¿En qué andarás pensando?"- que él le agradecía como si fuera bálsamo para sus heridas.

IV

Edgardo piensa en que buscará un teléfono público apartado para llamar a Emma y darle al fin una buena noticia. Acelera el paso. Quiere llegar cuanto antes al estacionamiento. Desde lejos ve la fila de personas que van rumbo a la caja. Imagina lo que el dueño del negocio ganará a diario. Por los coches que entran y salen en ese momento calcula que quizá mil veces más de lo que él cobrará a la semana como redactor: 450 pesos y una mínima comisión por los anuncios que logre vender.

Se pregunta si para eso estudió leyes a costa del sacrificio de sus padres. Desde que le negaron el último préstamo no ha vuelto a visitarlos. Antes de salir dando un portazo, les juró que pronto iba a pagarles los pinches 9 mil pesos que les debía y les sigue debiendo. Con el sueldo que le asignó Leopoldo difícilmente podrá hacerlo, a menos que busque otro trabajo.

Llega a la caja y la empleada le pide su boleto. Edgardo está seguro de que se lo guardó en el bolsillo interior del saco, pero no lo encuentra. La empleada le sugiere que lo busque bien. Lo hace pero es inútil. Escucha las protestas de quienes esperan su turno y prefiere hacerse a un lado para seguir buscando la contraseña sin estorbar a nadie.

Un acomodador se le acerca y le dice que si no encuentra su boleto tendrá que esperarse hasta que hagan la contabilidad del día y verifiquen el tiempo que estuvo estacionado. Además deberá pagar 100 pesos de multa. Edgardo protesta por lo que califica de robo. El empleado le muestra el reverso de otro boleto y lee en voz alta lo escrito en letras pequeñas: "En caso de extraviar esta contraseña, el cliente deberá identificarse ampliamente como dueño del vehículo y cubrir la cuota de 100 pesos".

Edgardo hace un cálculo rápido: el monto equivale a la cuarta parte del sueldo que aún no cobra. Otra vez busca inútilmente en sus bolsillos y llega a la conclusión de que olvidó la contraseña en la oficina de Leopoldo. Volver allá le repugna, pero no tiene más remedio.

Camina acelerado y, sin darse cuenta, pisa los lentes que se venden en un puesto callejero. El dueño se precipita para exigirle el pago del daño. Edgardo se defiende: no fue su culpa y no pagará nada. El comerciante lo amenaza con que llamará a una patrulla y él termina cediendo.
Al sacar el único billete que hay en su cartera cae al suelo la contraseña del estacionamiento. Ya puede ir por su automóvil, pero no le queda un centavo, ni siquiera lo suficiente para comunicarle a Emma la primera buena noticia en dos años, ocho meses y 14 días.

domingo, julio 29, 2007

Burbujas de champaña

Lucio cumplió la palabra empeñada a sus abuelos: obtuvo el doctorado en economía al año exacto de que ellos habían muerto. Pese a la triste coincidencia, sus padres, Conchita y Macario, le ofrecieron una cena en la que departió con familiares y, sobre todo, con amigos. Entre las felicitaciones y los brindis casi nadie probó el menú planeado por Conchita: crema de espárragos, pechugas en salsa blanca, pastel con helado de vainilla y, al final, sidra rosada.

Los discursos no estaban previstos. Fue don Macario quien golpeó la cuchara contra una botella para solicitar la atención de sus invitados. Entre lágrimas recordó al niño travieso y al joven rebelde que al fin se había convertido en "todo un doctor". Su emoción le ganó aplausos, pero él enseguida pidió silencio: "¿Saben? Lamento que mi hijo no haya elegido la medicina, porque así no tendría que seguir pagando los dinerales que me cobran los médicos por no aliviarme de las reumas".

Nuevos aplausos y carcajadas celebraron la vena humorística de Macario. Lucio sintió que le subía la temperatura y decidió aflojarse la corbata. Los asistentes interpretaron el movimiento como señal de que el doctor iba a tomar la palabra: "¡Que hable, que hable!", gritaron. Lucio se negó, pero ante la insistencia de sus invitados se puso de pie, escanció sidra rosada y levantó su copa. Claudio, su antiguo compañero de la secundaria, le preguntó si pensaba declamar El brindis del bohemio.

Lucio meditó ante la concurrencia, ávida de escucharlo: "Mi querido Claudio, no tomaré prestadas de un poeta las palabras. Hoy me las dictan mi corazón y el recuerdo de dos grandes ausentes: mis abuelos. Hace un año exactamente se nos adelantaron en el camino. No es simple coincidencia. Siento que me demandan elevar el nombre que heredé de mi abuelo, Lucio, a niveles donde pueda ser útil a la sociedad, al pueblo del que orgullosamente formo parte".

La voz se le quebró. Conchita hundió la cara en el pañuelo que alguien le brindó para que derramara su emoción. Conmovido, Lucio fue hacia ella y la abrazó: "Un día esta sidra rosada que tanto nos deleita se convertirá en champaña. Lo juro por mi nombre: Lucio Alcántara Hernández". Su padre lo corrigió: "Doctor, hijo, doctor".

II

Al cabo de diez años Lucio cumplió su juramento. Una vez que tomó posesión de sus oficinas como subsecretario, llegó a casa de sus padres para celebrar en la intimidad su triunfo. Otra vez estuvieron presentes parte de la familia y los viejos amigos, pero la cena se ordenó a un restaurante japonés.

La sorpresa de la noche fue el regalo que Lucio les llevó a sus padres y del que les hizo entrega al comenzar su discurso: "Parece que fue ayer el día en que recibí mi titulo de doctor". Macario quiso repetir la broma que años atrás le había ganado aplausos, pero no llegó más allá de las primeras palabras: "Lo único que lamento es que mi hijo no haya elegido la medicina...", porque todo el mundo estaba ávido de escuchar al subsecretario: "En aquella memorable ocasión prometí que la sidra rosada con que brindamos entonces se convertiría en champaña, y ¡aquí la tienen!"

Lucio levantó la botella de Veuve Cliquot como si se tratara de un cinturón de campeonato. Hubo exclamaciones, aplausos y besos en las mejillas del triunfador. "¡Que la abra, que la abra, que la abra!", pidió la concurrencia. Lucio se dispuso a complacerla: "Les propongo que brindemos por los dos grandes ausentes: mis abuelos". Conchita se opuso: "No, quiero guardar esta botella como recuerdo de la noche más hermosa de mi vida. En este momento, si Dios lo ordenara, moriría tranquila y satisfecha". Los invitados se pusieron de pie y guardaron un minuto de silencio sin apartar los ojos de la Veuve Cliquot.

Consciente de sus nuevas responsabilidades, Lucio se despidió temprano. Todos los acompañaron a la puerta. Conchita lo bendijo varias veces, como si el subsecretario fuera a emprender un viaje al espacio y le prometió no importunarlo llamándolo por teléfono: "Mejor cuando tengas tiempo, nos hablas tú". Macario le hizo una petición: "Tu primo José está sin trabajo. Me pidió que te preguntara si podrías..." Lucio estrenó su perfil magnánimo: "Hombre, claro. Dile que pase a verme a la oficina. Voy a necesitar otro chofer".

Los invitados regresaron a la casa, pero sin la estrella de la noche la reunión decayó y pronto se despidieron. Sobre los muebles quedaron los sushis y los tempuras intocados, en el centro de la mesa la botella de champaña ante la que derramaron lágrimas los dos padres orgullosos de su hijo: "Todo un doctor, todo un subsecretario. Y tal vez mañana..."

Aunque era tarde Conchita decidió ponerse a ordenar la casa: le parecía que la confusión de platos, copas y servilletas no cuadraba con la elegancia de la Veuve Cliquot. Las protestas de Macario fueron inútiles y no tuvo otro remedio que ayudarla hasta que al fin sólo quedaron en la mesa el arreglo floral de aves del paraíso y la champaña.

Aunque fuera el sitio más visible de la casa, la Veuve Cliquot no podía quedarse allí. El matrimonio pasó buena parte de la noche buscándole un lugar adecuado a la que ya era una reliquia. Macario propuso ponerla en una vitrina especial. Encontrarla les llevó dos días. Su colocación implicó varios cambios en el decorado: removieron las fotos de los abuelos, las dos marinas que los custodiaban y el reloj en forma de pez, sólo así quedarían juntos la botella de champaña y el título de Lucio.

III

Atrapado en sus muchas responsabilidades Lucio espació las visitas a la casa de sus padres y las llamadas telefónicas. Conchita y Macario satisfacían su necesidad de contacto mirándolo ocasionalmente en la tele y en los periódicos y contemplando la vitrina donde resplandecía la botella de champaña.

Parientes lejanos y amigos olvidados empezaron a visitar al matrimonio. En otras circunstancias la irrupción de tanta gente les habría parecido gravosa, pero ahora los alegraba porque les permitía hablar de su hijo entre tazas de café soluble y galletas "tipo danés". Macario siempre se las ingeniaba para repetir su viejo chiste acerca de la medicina y explicar el valor de la Veuve Cliquot, que ya era parte de la familia.

Una noche, a deshoras, recibieron la visita de Lucio. Se veía exhausto y malhumorado. Estaba regresando de un viaje y a punto de emprender otro, así que no podría quedarse mucho tiempo. Sus padres lo agobiaron a preguntas que él respondió con vaguedades: "¿Cómo es la oficina del Presidente?" "Cuando asistes a un banquete, ¿no te haces bolas con tantos tenedores?" "¿Tienes novia? ¿Cuándo nos las presentas?" "¿Podrás llegar pronto a secretario?"

Lucio declaró que por el momento no tenía tiempo para mujeres y en cuanto a sus posibilidades de ascender respondió con una sonrisa enigmática, conspirativa. Al despedirse miró hacia la botella: "Se ve rara y no me gusta que hayan quitado los retratos de mis abuelos. ¿Por qué no ponen la Veuve Cliquout en el trinchador?".
Conchita, que sólo aspiraba a complacer a su hijo, en cuanto él se fue acató la sugerencia: las fotos, la marina y el reloj volvieron a su sitio original; en cambio copas y platones salieron del trinchador para dejarle todo el espacio a la Veuve Cliquot. Todo parecía perfecto, excepto el hueco dejado por la vitrina en la pared. Reconocieron que se veía horrible y acordaron llamar a un albañil.

IV

El matrimonio se pasaba las horas ante el televisor viendo noticieros o recortando fotografías que a Conchita le resultaban pequeñas comparadas con el talento de su hijo. Una mañana, al recoger el periódico, se alegró al ver que la imagen de su Lucio abarcaba un cuarto de la primera plana. Su alegría desapareció enseguida: "Subsecretario investigado por malos manejos".

Incapaz de continuar, le entregó a Macario el periódico. Su sonrisa también se desvaneció desde que empezó a leer el artículo donde el reportero aludía a la prepotencia de Lucio y a su afición por restaurantes de lujo, donde era famoso por su abundante consumo de vinos Vega Sicilia y champaña.

Conchita lloró por las que consideraba calumnias. Macario la tranquilizó explicándole que de seguro se trataba de un golpe bajo para impedirle a Lucio el ascenso a la secretaría. Varias semanas sostuvo su defensa frente a los vecinos que llegaban para mostrarles los diarios.

Un viernes por la tarde vieron en un periódico de nota roja la foto de Lucio a plana completa bajo el encabezado: "¡Otro que se nos pela!" Líneas más abajo: "El subsecretario Alcántara Hernández desapareció. Seguirán las investigaciones hasta sus últimas consecuencias. Hay pistas". Macario y Conchita leyeron el resto de las noticias en privado. Al final estuvieron de acuerdo en que su hijo no merecía semejantes calumnias y en previsión de que alguien fuera a su casa para interrogarlos mudaron la botella de Veuve Cliquot al clóset. Allí sigue junto con los recortes que documentan el meteórico ascenso de Lucio.

martes, junio 26, 2007

Rumor de mar

Cristina Pacheco

"Hay cosas que no se hicieron para nosotros". Con esa frase lapidaria mi padre quería evitarnos la frustración de no poseer ni disfrutar lo que otros niños tenían. Para liberarnos de semejante condena, mi madre afirmaba: "No les digas eso. Las cosas llegan tarde, pero llegan".

Tenía razón. Nunca faltó la prima que, harta de su impermeable, nos lo obsequiara en pleno invierno, cuando no caía ni una gota de lluvia. Veíamos una película meses después de que su estreno había causado sensación en el cine Roble o en el Metropólitan. Comprábamos pan dulce sólo cuando el panadero lo distribuía en las charolas señaladas con el aviso: "Pan de ayer".

En relación con la otra parte de la humanidad íbamos siempre fuera de tiempo, aunque la obsesión de mi tío Rafael -nuestro permanente huésped- fuera la exactitud de reloj. Al volver de su trabajo lo primero que hacía era sintonizar el radio en la XEQK, la estación de la hora, para asegurarse de que nuestro Westclox marchara a tiempo. Excepto las naranjas y los plátanos, el resto de las frutas estaban en la lista de las cosas lejos de nuestro alcance.

Para mi madre era inexplicable que, cuando nos mandaba al mercado, mi hermana Ligia y yo nos tardáramos horas. Nunca le confesamos que todo ese tiempo lo dedicábamos a mirar las frutas inalcanzables -higos, mangos, peras y cerezas- y a imaginarnos su sabor.

II

El término "vacaciones" resulta fundamental en la lista de experiencias que "no eran para nosotros". Cuando terminaban las clases, mientras nuestros vecinos se iban de viaje, mi hermana y yo cambiábamos la rutina de la escuela por la doméstica: "Lavar, verbo de la primera conjugación; barrer, de la segunda"...

Como no teníamos tarea, por las tardes, nos convertíamos en el azote de "Pacífica", la colonia vecina a nuestro barrio. Allí abundaban las casas de una sola planta con jardincitos frontales, rejas blancas y timbres que oprimíamos con saña para después echarnos a correr, satisfechas de nuestra estúpida travesura, indiferentes a las amenazas que nos lanzaban los colonos.

De la "Pacífica" sólo respetábamos la casa del doctor Leopoldo Sánchez. La placa metálica junto a la puerta era el escudo que la protegía de nuestras impertinencias. Un domingo, a punto de que terminaran las vacaciones, encontramos a un hombre en cuclillas podando un rosal del jardín. Nos miró de reojo: "Conque se dedican a tocar timbres, ¿eh?... Las he visto y me da lástima que no se les ocurra hacer algo menos tonto y más divertido".

Ligia y yo quedamos petrificadas. El hombre se levantó y se quitó el sombrero para abanicarse: "Aunque esté pardo, el sol de invierno quema; pero si se va uno a la sombrita se muere de frío... O será que estoy viejo". Permanecimos calladas; él se acercó y nos tendió la mano: "Soy Darío. Ustedes, ¿cómo se llaman?" Huimos sin contestarle.

Al llegar a la casa le contamos a mi madre nuestra aventura. Nos recordó su prohibición de hablar o recibir dádivas de extraños, y nos hizo prometerle que jamás volveríamos a la "Pacífica". Tranquilizada respecto a nosotras, la asaltó otra inquietud: que Darío no fuera jardinero, sino ladrón. En tal caso iba a denunciarlo ante la policía.

Mi madre actuaba movida por el agradecimiento: un Jueves Santo sufrió un desmayo. Como la farmacia estaba cerrada mi padre tuvo que llevarla al consultorio del doctor Sánchez. Estaba en el jardín trasero de su casa. El médico le recetó a mi madre -y de paso a toda la familia- un puñado diario de nueces o de pepitas con azúcar.

Surgió un dilema: esperar a que mi padre regresara o presentarse de una vez en casa del doctor Sánchez. La pérdida de tiempo podría ser fatal, así que mi madre optó por lo último y diseñó una estrategia: "Haremos como que pasamos por allí. Con verlo sabré qué clase de gente es el tipo ése". Su ingenuidad todavía me conmueve y aún la celebro.

III

Desde la esquina vimos a Darío metiendo puñados de hojas secas en un costal. Lo llevó a la puerta, miró hacia ambos lados de la calle y entonces nos reconoció: "Estoy esperando el camión de la basura. Ojala venga antes de que regrese el doctor, porque si no pensará que me dediqué a perder el tiempo, como otras... ¿Son sus niñas?".

Mi madre no le dio tregua: "Disculpe, ¿usted trabaja con el doctor Sánchez?" Darío se levantó el ala del sombrero: "Directamente con él no, pero lo conozco del hospital. El atiende enfermos en Huipulco y nos tratamos desde hace años. Como el jardinero se fue de vacaciones a su pueblo, el doctor me pidió que viniera a cuidarle la casa. Ya que sé algo de jardines, me puse a limpiarle el suyo para que cuando vuelva lo encuentre limpio y precioso. Es bonito, ¿no le parece? A sus niñas les gusta".

Mi madre nos hizo un gesto de reproche: "Estas criaturas que luego no sabe uno ni dónde se meten... Bueno, pues con permiso". Darío le cortó el paso: "Váyase tranquila. No soy lo que pensaba: un ratero que se metió a la casa del doctor... Señora, por Dios, así como están los tiempos ¿usted cree que un ladrón va a disfrazarse de jardinero? ¡No! Se lleva lo que puede y se larga".

Ligia y yo apenas pudimos contener la risa. El rostro de mi madre se encendió: "Como estas niñas me dijeron... Bueno, usted comprende: el doctor Sánchez fue muy bueno conmigo y no quise que nada malo sucediera en su casa". Miró a través de la reja con expresión infantil: "Ha de ser muy bonita". "¿Quieren conocerla?" Darío no esperó la respuesta y nos abrió la puerta.

Entrar en una casa como la del doctor Sánchez era una experiencia más escrita en la lista de cosas que no estaban hechas para nosotras; pero en aquel momento se nos brindó la oportunidad de torcer el que parecía nuestro único destino.

IV

El salón era ovalado. Al centro, en una mesa cubierta con un tapiz, había un platón lleno de esferitas rojas como cerezas. Contra las paredes estaban las vitrinas de madera oscura. Cristales biselados protegían las colecciones que el doctor Sánchez había formado con objetos traídos de sus viajes: el mundo entero se concentraba allí.

Una a una Darío fue abriendo las puertas de las vitrinas. Al alcance de nuestra mirada, intocables, estaban alineados infinidad de objetos de una misma especie, pero hechos con diversos materiales: porcelana, madera, cristal, resina, felpa, plumas, pétalos.

Mi madre permaneció largo tiempo ante la colección de muñecas vestidas a la usanza de cada país. Juntas le recordaron la única muñeca que tuvo y de la que jamás nos había hablado: "Su carita y sus manos estaban hechas de cera. Su vestido amplio, de encaje color de rosa, me hacía verla como una reina. Yo imaginaba que era la princesa a su servicio y que un día las dos, volando en una alfombra mágica, llegaríamos al mar donde estaba su trono". Mi madre quiso esconder su emoción tras una carcajada: "Un día... Sí, cómo no... Ni siquiera conozco el mar. Hay cosas que no son para nosotros".

Darío cerró esas puertas y nos abrió otra vitrina. No reprimimos nuestra sorpresa al ver la colección de tarros y caracolas con entrañas brillantes y nacaradas. Darío retrocedió para dejarle todo el espacio a nuestro asombro: "En los frascos hay arena de todas las playas; las caracolas guardan el rumor de los mares, según me explicó el doctor. Y sí, es verdad, yo he oído varias veces el canto de las olas".

Mi madre se volvió hacia Darío: "Mis hijas tampoco conocen el mar. ¿Les permite que lo oigan? Le aseguro que tendrán mucho cuidado". El jardinero accedió y al final le entregó a mi madre una caracola: "Escuche usted también, para que no le cuenten".

Aquella rara experiencia de la que nunca hablamos con nadie fue maravillosa. Nos produjo la ilusión de que habíamos destruido la lista de cosas que no eran para nosotros; para siempre seríamos dueñas de todos los rumores del mar concentrados en una caracola.