Mostrando las entradas con la etiqueta leyenda. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta leyenda. Mostrar todas las entradas

jueves, septiembre 24, 2009

El águila mexicana

Patricia Galeana

Los símbolos son el crisol de la tradición y de la historia; identifican a los pueblos con su pasado, con sus orígenes. En torno a ellos se va creando la identidad de las naciones.

El águila mexicana nos remonta a la fundación de Tenochtitlán por los aztecas, cuando según la leyenda ancestral “divisaron el tunal y, encima de él, el águila con las alas extendidas hacia los rayos del sol…” Al verla los antiguos mexicanos le hicieron una reverencia "como a cosa divina. El águila los vio bajando la cabeza y ellos empezaron a llorar". Era la señal anunciada por sus dioses para establecerse; fue el fin de su vida nómada.

El águila ha sido considerada universalmente como símbolo celeste y solar. También en la cosmogonía azteca se le identificó con el sol, máxima divinidad creadora, símbolo de orgullo.

Las águilas de los mexicas aparecen solas sobre un tunal que brota de la roca o con un pájaro en la garra derecha de plumas resplandecientes de diversos colores. También aparece con los glifos del agua y del fuego que juntos constituyen el símbolo de la guerra, como figura en el monolito del teocalli. Pero no aparece devorando a una serpiente, ya que entre los antiguos mexicanos ésta era un ser extraordinario, misterioso y fascinante, mágico, a la que admiraron y divinizaron. Su culto se extendió a toda Mesoamérica antes de la Conquista. Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, fue una divinidad creadora de cultura y artes, de la rectitud del pensamiento. En cambio, en la cultura mazdeísta, y posteriormente en la cristiana, la serpiente representa al mal, por ello el águila, que simboliza el bien, la devora. Así las encontramos en las cruces procesionales españolas de los siglos XV y XVI (en el Museo Arqueológico de Madrid).

En el Códice de Fray Diego Durán se representaron ambas. Primero, el águila sola, después, con la serpiente. El tlacuilo que ayudó a Durán a ilustrar su obra, la representa en la primera lámina con el glifo de la guerra, pero Durán la relaciona con el águila cristiana que devora a la serpiente y así se la representa posteriormente en el mismo documento. De esta forma se dio la interpolación cultural, entre la tradición europea y la indoamericana, el sincretismo entre creencias de los antiguos mexicanos y del catolicismo español.

No obstante, el águila mexicana fue proscrita en la Nueva España por el obispo virrey Juan Palafox y Mendoza, quien en 1642 propuso al cabildo del ayuntamiento que se quitaran el águila, la serpiente y el tunal, que solían ponerse en el escudo de armas de la ciudad, y que se sustituyeran por imágenes religiosas de lealtad "al Dios y al Rey".

Aunque se quitó el águila hasta de la pila de la Plaza Mayor, el emblema no tardó en renacer. En el siglo XVIII la Virgen de Guadalupe se representó transportada por el águila mexicana. En la guerra de Independencia el estandarte de José María Morelos fue el Águila Mexicana, sin serpiente.

Fue en 1823 cuando se estableció que el escudo nacional sería el Águila "que usaba el Gobierno de los Primeros Defensores de la Independencia". Un águila sin corona para distinguirla de la del primer Imperio y también de las de otras naciones, "el águila de frente con la cabeza enhiesta mirando a lo alto". Se le representó con alas extendidas, y sobre el nopal, que afirma su mexicanidad, pero con la serpiente.

A lo largo del siglo XIX los artistas fueron cambiando su posición, la presentaron de perfil con gorro frigio, o nuevamente coronada durante el Segundo Imperio o afrancesada durante el porfirismo. Después de la Revolución, Venustiano Carranza inició su reglamentación, pero fue hasta el gobierno de Miguel de la Madrid que se estableció la Ley de Símbolos Patrios para que el escudo nacional tuviera siempre la misma representación.

jueves, marzo 19, 2009

Si non è vero

Chicas hermosas que hacen dedo y resultan espectros, sospechosos ingredientes en restaurantes y botellas, bebés cocinados en el horno, mascotas salvajes, mujeres que persiguen a músicos para atrapar el secreto de su magia: las leyendas urbanas que aparecieron a fines del siglo XIX han proliferado a lo largo del XX y estallado con Internet. Pero lo más curioso es el modo en que se repiten, con variaciones locales en los detalles, a lo largo y ancho de culturas disímiles e incluso incomunicadas. Por eso, Radar ofrece un racconto de las más comunes, las más exitosas, las más estrambóticas y las aportadas por nuestro país al imaginario mundial.

Por Sergio Kiernan

Una cosa que no hay que hacer en Moscú es comer comida georgiana. Es que los georgianos, se sabe, te sirven carne de rata y te dicen que es de pollo. Y una cosa que no hay que hacer en Berlín es comer en un restaurante turco: ratas por pollo. Y ni hablar de los restaurantes etíopes en Sudáfrica, los marroquíes en España o los chinos en la Argentina y Brasil: ratas, siempre ratas. Que es lo mismo que servían en Estados Unidos los restaurantes mexicanos, chinos y thai, dependiendo de la época.

En tiempos más amables, se hablaba mal de un tal Zeus, que se transformaba en toro para abusar de doncellas distraídas. Los griegos andarían mirando mal a los toros, y en las noches largas contaban chismes sobre Leda y su cisne, sobre las malas costumbres de los gigantes y las cosas que comían esos rubios cómicos del Norte. Así fueron naciendo las leyendas, que uno cree que se extinguieron.

Pero, como las brujas, las hay. Las leyendas hoy son urbanas, mitos de la modernidad y de las ciudades con escenarios nuevos y gran velocidad de circulación: los griegos tenían tiempo libre, pero no tenían Internet.

Las leyendas urbanas son tan comunes y tan universales que se repiten de cultura en cultura, con los cambios locales necesarios y con la única condición de que en el país haya ciudades. En el campo, y en los países todavía agrarios, el folklore sigue carriles más tradicionales y se asume más legendario. Pero una leyenda urbana es “una de esas historias bizarras, caprichosas, 99 por ciento apócrifas pero creíbles, que resultan siempre demasiado buenas como para ser ciertas”, al decir de Jan Harold Brunvand, una de las máximas eminencias en el tema y autor de, nada menos, una enciclopedia de leyendas que coteja versiones a lo largo del tiempo y a lo ancho del planeta. La condición, entonces, es creérselas realmente y pasarlas como información veraz, aunque la fuente sea el marido de la prima segunda de la mujer del vecino, o el legendario amigo de un amigo.

Las leyendas urbanas sirven para manejar ansiedades. Abundan en situaciones de viaje, en el cuidado de niños y en la adopción de mascotas. También traen de vuelta el viejo cuento de fantasmas, pero adaptado a la era de los medios masivos, y expresan el miedo de comer cosas que manufacturan desconocidos en grandes fábricas lejanas. Explotan en tiempos de crisis, de guerra o cambios sociales, y cada vez circulan a mayor velocidad. Según los folkloristas modernos, las leyendas urbanas empezaron orales, en el siglo XIX, saltaron a la prensa escrita a principios del 1900, proliferaron con el auge de la paranoia y estallaron con la creación de Internet.

Que estas leyendas son estrictamente urbanas y modernas lo prueba su mismo sujeto. Por ejemplo, la Coca-Cola, bebida sobre la que se jura en cuanto idioma exista en este mundo que sirve para aflojar tornillos, sacar calcomanías y remover óxido. La Coca, dicen las leyendas, disuelve dientes, es anticonceptiva y puede crear un apetito insaciable por la otra coca, la que viene en polvo. Como otros infinitos alimentos industriales, en cada país se dice que alguien –el famoso amigo del amigo– abrió una lata o botella y encontró un ratón ahogado.

La creación del turismo de masas disparó todo tipo de leyendas urbanas. Así, a partir de los años ‘60, cuando se inventó el turista japonés con cámara y sombrerito, en Japón se instaló la historia de la joven raptada en su luna de miel. La muchacha es secuestrada por un occidental, que la vende a un burdel asiático cuya ubicación varía de década en década, arrancando en Vietnam, pasando por Indonesia e instalado hoy en China. El desesperado novio la busca por años y finalmente la encuentra, desfigurada y monstruosa, en un circo freak de Filipinas.

Los profesionales del turismo también crearon sus leyendas. Una de pilotos, difundida a partir de los años ‘50 desde Europa, es la del perrito muerto. En su versión clásica, la tripulación de un avión recién aterrizado descubre horrorizada que un perrito se murió durante el vuelo dentro de su jaulita de viaje. Conmovidos, consiguen un perrito igual o parecido y lo reemplazan. En la cinta de equipajes, la dueña recoge la jaula, la abre y de ella sale un perrito moviendo la cola. La mujer se desmaya, horrorizada. Es que ella volvía de un viaje en el que había muerto su perrito, al que traía para enterrar en casa.

Y así como Leda, la griega legendaria, terminaba con su cisne, hoy circula la leyenda del viajero que terminó sin un riñón. La primera versión es de 1991 y norteamericana, pero el mito es parejo en cada meridiano: un hombre conoce a una chica en un bar de una ciudad en la que está de visita, por trabajo. Terminan en un hotel, muy borrachos, y él se despierta con resaca, desconcertado y dolorido. Al levantarse, descubre un largo tajo en el costado, con puntos frescos. El hombre llega a un hospital, donde le revelan que le sacaron un riñón, que el ladrón es un profesional y que su órgano ya debe estar en venta en el mercado negro.

Lo cual es tan verosímil como que una griega haga sus cositas con un cisne. Y tan creíble como son las leyendas.

jueves, abril 24, 2008

"No he resucitado, he regresado"

ENTREVISTA: JOSÉ SARAMAGO

JUAN CRUZ

El premio Nobel cuenta sus sensaciones después de la enfermedad que le puso al borde de la muerte y habla de su contradictoria relación con Portugal ahora que Lisboa acoge una exposición sobre su persona

Pocos de los que entonces, en diciembre último, le pudieron ver hospitalizado en Lanzarote hubieran pensado que el hombre que anoche asistía a la inauguración de una exposición sobre su vida era el mismo. En aquel momento, José Saramago, 85 años, premio Nobel de Literatura, se despedía de la vida; su mujer, Pilar del Río, su compañera desde 1986, la que le llevó a vivir a Lanzarote, se juramentó: "Ganaremos, ganaremos la primavera". Y en primavera, saludable ya aquel hombre entonces final, vuelve a Lisboa como si hubiera protagonizado una resurrección. No fue una resurrección, dice él, "más bien fue un regreso". Ayer, en la inauguración de la muestra (ya exhibida en Lanzarote) en el Palacio de Ajuda de Lisboa, a la que asistió el primer ministro portugués José Sócrates y el ministro de Cultura español, que llevó una carta de Zapatero al escritor, Saramago subrayó el emblema de su vida, que es una frase de Pessoa: "Para ser grande hay que ser entero". Antes, en su casa tranquila y chiquita de la capital portuguesa, contó la experiencia a la que ha sobrevivido.

Pregunta. ¿Cómo se siente?

Respuesta. En términos relativos, y teniendo en cuenta lo que he sufrido en los últimos meses, extraordinariamente bien. Hay un término de comparación: me veo ahora y recuerdo cómo estaba antes, incluso encuentro una cierta dificultad en comparar estas dos personas, la que yo he sido y ésta que está aquí y ahora. La diferencia es de tal magnitud que llego a pensar que todo aquello fue un sueño. Más bien una pesadilla. Estoy muy bien. Sigo con mi recuperación y estoy trabajando, estoy escribiendo.

P. Creímos que no lo iba a contar.

R. No llegué a pensar eso; pensé que estaba realmente malo, en un estado deplorable, pero tenía mucha confianza en mis médicos, en los que me cuidaron. Pero, en fin, en mis horas de soledad, que en el fondo eran casi todas, aunque Pilar siempre estaba a mi lado, admití como algo bastante natural que no saliera de aquello. O, peor, que saliera para irme al otro lado... Ahora bien, lo que para mí ha sido sorprendente ha sido la serenidad, la tranquilidad con que acepté sin miedo y sin angustias la hipótesis de no sobrevivir a la enfermedad. Y esa serenidad y esa tranquilidad no es que me haya reconciliado con la idea de la muerte, porque uno no ha de reconciliarse con la idea de la muerte, pero me ha ayudado a contemplar ese hecho como algo natural. Y además, ineluctable, no podía hacer nada contra ella. Puedes armarte de la fuerza que encuentras en ti para no ceder al pánico, al miedo, a la angustia de un posible final, y que además lo estés viviendo... Todo eso lo he vivido, pero como estoy bien ahora, no lo recuerdo como una situación que he pasado sino como una pesadilla. Y lo único que tenía que hacer era despertar de esa pesadilla. Me desperté.

P. ¿Qué vio al despertar?

R. No era como estar en la pesadilla de la que despiertas y luego recuerdas. Durante todo ese tiempo yo no era uno sino dos. Uno, que padecía una enfermedad, y otro que asistía a todo lo que le sucedía a ese enfermo. Yo estaba a la vez viviendo una pesadilla y asistiendo a ella.

P. Eso habrá creado una emoción muy fuerte dentro.

R. No lo sé. Yo me sentí en un estado de casi anestesia total. Es decir, lo vivía no con indiferencia, en absoluto, al contrario, pero podría incluso decirte que lo he vivido sin emociones. No recuerdo haber cedido al peso de cualquier sentimiento, de miedo, o de pena. No. Yo me examinaba a mí mismo con una frialdad casi científica. Desarrollé, eso sí, un sentido del humor muy activo, en las conversaciones con los médicos y con las enfermeras. Nunca he sido chistoso, pero ahí me mostré chistoso, hice bromas sobre lo que iba ocurriendo, desmitifiqué el drama. ¡Y yo nunca cuento chistes! Creo que eso me ha protegido de un sentimentalismo fácil, un poco llorón; nunca he sentido ese riesgo, pero en esta ocasión no lo padecí en absoluto. Jamás.

P. ¿Se siente rabia?

R. ¿Rabia por qué?

P. Por estar perdiendo la vida.

R. Pero la rabia es inútil si no se tiene un blanco. ¿Qué rabia sería? ¿Contra mí mismo? ¿Contra un poder superior que hubiera decidido que mi vida se acabara allí? Y aunque ese poder superior existiera, ¿cómo le llegarían los efectos de mi rabia? No, ninguna rabia. Morir, acabar, y sentir rabia, ¿para qué? ¿Quién se cree esa persona para sentir rabia? ¿Creía que tenía derecho a seguir viviendo? Yo creo que sí. Lo admito. Pero lo que me impresiona es la inutilidad de la rabia en circunstancias como ésas.

P. ¿Resignación tampoco?

R. No es resignación, es sencillamente una aceptación. Son dos movimientos distintos. Lo aceptas porque no tienes otra salida. La resignación es aceptación pero a la vez es renuncia. Y puede no haber renuncia en la aceptación.

P. Ahora esto es como una resurrección.

R. En cierta forma. Porque uno es testigo del despertar de un cuerpo dormido y ese cuerpo es tuyo. Los médicos están haciendo su trabajo, y el tuyo es el de ayudar a tu cuerpo, en ese proceso que se puede llamar de resurrección. Pero a mí me gusta más llamarlo proceso de regreso, es menos dramático y más claro. Estás regresando a ti mismo.

me quedé reducido a alguien que estaba allí y no tenía ánimo, fuerza ni ganas para la escritura. La única parte del cuerpo que no ha sufrido esa pérdida de tono creo que ha sido el cerebro, que demostró una actividad extraordinaria, que no puedo explicar. Nunca caí en esa soñolencia..., siempre estuve muy despierto, con capacidad de observación y de comentario. ¡Hasta de chistes!

P. Eso le salvaría.

R. Quizá sí... Y el estado excelente de mi corazón. Cuando el cuerpo parecía inclinado a renunciar, el corazón siguió peleando y ha ganado la batalla.

P. ¿Y la novela?

R. Era algo que podía terminar o no. O consigues salir y regresas a casa, o lo que estabas haciendo se queda inacabado. El viaje del elefante. Va marchando.

P. Muchos temimos que esta exposición que ahora se inaugura en Lisboa sería una exposición póstuma. ¿Cómo se siente en su propio pueblo asistiendo a ella?

P. Muy contento, muy feliz. No es que este viaje sea una especie de reconciliación con mi pueblo, no he estado nunca de espaldas al país donde nací. Siempre he vuelto; después de la enfermedad y de todo eso se dice que hay un reencuentro... Para un reencuentro se necesitan por lo menos dos, la patria y la persona, pero la patria es una abstracción, no se me presentó, ni ahora ni nunca, vestida no me imagino cómo, diciendo "yo soy la patria", pero uno pertenece a un lugar, a una historia, a un idioma, y yo creo que eso es la patria. Yo soy muy crítico con la situación social y política en Portugal, pienso que el ánimo de la gente está decaído, parece haber renunciado al futuro... Estamos muy aborregados, pero este es mi país, y punto. No es el más hermoso ni el más inteligente ni el más inventivo, pero es mi país. Hace años, me preguntaron por las relaciones con mi tierra. Y yo contesté: Me gusta lo que este país ha hecho de mí. Porque tú puedes protestar contra esto y aquello, pero lo que no puedes negar es que lo bueno y lo malo es lo que te ha hecho a ti, y luego decides si te gusta o no. Pero si te gusta confiésalo. En el fondo, la cosa es muy sencilla: yo puedo criticar a Portugal, pero hay una pregunta: ¿Y quién sería si no hubiera nacido en este lugar del mundo?

P. ¿Y la respuesta es...?

R. ¿Sería más inteligente, habría escrito una obra más importante, sería reconocido por la gente en la calle, pondrían mi nombre a calles o a institutos? No lo sé. Se es lo que se es y punto.

jueves, agosto 23, 2007

Sacco y Vanzetti

Howard Zinn*

Cincuenta años después de la ejecución de los inmigrantes italianos Sacco y Vanzetti, el gobernador Dukakis de Massachusetts instauró un panel para juzgar la justicia de dicho proceso, y la conclusión fue que a ninguno de estos dos hombres se les siguió un proceso justo. Esto levantó en Boston una tormenta menor. John M. Cabot, embajador estadunidense retirado, envió una carta donde declaraba su “gran indignación” y apuntaba que la sentencia de muerte fue ratificada por el gobernador Fuller luego que “tres de los más distinguidos y respetados ciudadanos hicieran una revisión especial del caso: el presidente Lowell, de Harvard; el presidente Stratton, del MIT, y el juez retirado Grant”.

Esos tres “distinguidos y respetados ciudadanos” fueron vistos de modo muy distinto por Heywood Broun, quien en su columna de New York World escribió inmediatamente después que los invitados distinguidos del gobernador rindieran su informe. Y decía: “No cualquier prisionero tiene a un presidente de Harvard University que le prenda el interruptor de corriente… si esto es un linchamiento, por lo menos el vendedor de pescado y su amigo el obrero podrán sentirse ungidos en el alma pues morirán a manos de hombres con trajes de etiqueta y togas académicas”. Heywood Broun, uno de los más distinguidos periodistas del siglo XX, no duró mucho como columnista de New York World.

En el 50 aniversario de la ejecución, el New York Times informó que “los planes del alcalde Beame de proclamar el martes siguiente como el ‘día de Sacco y Vanzetti’ fueron cancelados en un esfuerzo por evitar controversias, dijo un vocero de la municipalidad ayer”.

Debe haber buenas razones para que un caso de 50 años de antigüedad, hoy ya de 80 años, levante tantas emociones. Sugiero que esto ocurre porque hablar de Sacco y Vanzetti inevitablemente remueve asuntos que nos perturban hoy: nuestro sistema de justicia, la relación entre la guerra y las libertades civiles, y lo más preocupante de todo: las ideas del anarquismo: la obliteración de las fronteras nacionales y como tal de la guerra, la eliminación de la pobreza y la creación de una democracia plena.

El caso de Sacco y Vanzetti revela, en los más descarnados términos, que las nobles palabras inscritas en los frontispicios de nuestras cortes “igualdad de justicia ante la ley”, siempre han sido una mentira. Esos dos hombres, el vendedor de pescado y el zapatero, no lograron obtener justicia en el sistema estadunidense, porque la justicia no se imparte igual para el pobre que para el rico, para el oriundo que para el nacido en otros países, para el ortodoxo que para el radical, para el blanco o la persona de color. Y aunque la injusticia se juegue hoy de maneras más sutiles y de modos más intrincados que en las crudas circunstancias que rodearon el caso de Sacco y Vanzetti, su esencia permanece.

En su proceso la inequidad fue flagrante. Se les acusaba de robo y asesinato, pero en la cabeza y en la conducta del fiscal acusador, del juez y del jurado, lo importante de ambos era, como lo puso Upton Sinclair en su notable novela Boston, que eran wops, bachiches (es decir “italos mugrosos”), extranjeros, trabajadores pobres, radicales.

He aquí una muestra del interrogatorio policiaco.

Policía: ¿Eres ciudadano?
Sacco: No.
Policía: ¿Eres comunista?
Sacco: No.
Policía ¿Anarquista?
Sacco: No.
Policía ¿Crees en el gobierno de nosotros?
Sacco: Sí. Algunas cuestiones me gustan de modo diferente.

¿Qué tenían que ver estas cuestiones con el robo de una fábrica de zapatos en South Braintree, Massachusetts, y con los disparos que recibieron el pagador de la fábrica y un guardia?

Sacco mentía, por supuesto. No, no soy comunista. No, no soy anarquista. ¿Por qué le mintió a la policía? ¿Por qué habría de mentirle un judío a la Gestapo? ¿Por qué habría de mentir un negro en Sudáfrica a sus interrogadores? ¿Por qué necesitaba mentir un disidente en la Unión Soviética a la policía secreta? Porque saben que no existe la justicia para ellos.

¿Alguna vez ha habido justicia en el sistema estadunidense para los pobres, las personas de color, los radicales? Cuando los ocho anarquistas de Chicago fueron sentenciados a muerte en 1886 tras el motín de Haymarket (un motín policiaco, por cierto), no fue porque existiera alguna prueba de conexión entre ellos y la bomba que alguien arrojó en medio de la policía, no había ni un jirón de evidencia. Los condenaron por ser los líderes del movimiento anarquista de Chicago.

Cuando Eugene Debs y otros mil fueron enviados a prisión durante la Primera Guerra Mundial, de acuerdo con la Ley de Espionaje, ¿fue porque eran culpables de espionaje? Eso es muy dudoso. Eran socialistas que hablaban en voz alta contra la guerra. Cuando se emitió la sentencia de diez años para Debs, el magistrado de la Suprema Corte, Oliver Wendell Holmes, quiso dejar muy claro que Debs debía ir a prisión: Y citó un discurso de Debs: “La clase de los patrones siempre ha declarado las guerras, y la clase sometida siempre ha peleado en las batallas”.

Holmes, muy admirado como uno de los grandes juristas liberales, dejó claro los límites del liberalismo, las fronteras que le fijaba el nacionalismo vindicativo. Después de agotadas todas las apelaciones de Sacco y Vanzetti, el caso llegó ante el propio Holmes, en la Suprema Corte, quien se rehusó a revisar el caso, y dejó que el veredicto quedara en pie.

En nuestro tiempo, Ethel y Julius Rosenberg fueron enviados a la silla eléctrica. ¿Fue porque eran culpables, más allá de cualquier duda razonable, de pasarle secretos atómicos a la Unión Soviética? ¿O fue porque eran comunistas, como dejó claro el fiscal con la aprobación del juez? ¿No fue también porque el país estaba en medio de una histeria anticomunista, cuando los comunistas tomaban el poder en China, había guerra en Corea, y el peso de todo eso había que imputárselo a dos comunistas estadunidenses?

¿Por qué fue sentenciado en California a diez años de prisión George Jackson, por un robo de 70 dólares, y luego fue asesinado a tiros por los guardias? ¿No fué porque era pobre, negro y radical?

¿Puede hoy un musulmán, en la atmósfera de “guerra contra el terror” confiar en una justicia equitativa ante la ley? ¿Por qué sacó la policía de su carro a mi vecino del piso de arriba, si no había violado ningún reglamento de tránsito y luego fue cuestionado y humillado? ¿Acaso fue porque es un brasileño de piel morena que podría parecer un musulmán de Medio Oriente?

¿Por qué los dos millones de personas en las cárceles y prisiones estadunidenses, y los seis millones que están bajo fianza, vigilancia o libertad condicional son fuera de toda proporción gente de color o pobres? Un estudio muestra que 70 por ciento de la gente que está recluida en las prisiones de Nueva York proviene de siete barrios de la ciudad conocidos como zonas de pobreza y desesperación.

La injusticia de clase corta transversalmente todas las décadas, todos los siglos de nuestra historia. En medio del caso de Sacco y Vanzetti, en el poblado de Milton, Massachusetts, un hombre rico le disparó a otro que recogía leña en su propiedad y lo mató. Pasó ocho días en la cárcel, luego se le dejó salir con fianza, y no fue procesado. Una ley para los ricos, una ley para los pobres; esa es una característica persistente de nuestro sistema de justicia.

Pero ser pobres no fue el crimen principal de Sacco y Vanzetti. Eran italianos, inmigrantes, anarquistas. No habían pasado siquiera dos años desde el fin de la Primera Guerra Mundial. Habían protestado contra la guerra, se habían negado al reclutamiento. Vieron cómo crecía la histeria contra los radicales y los extranjeros, observaron las redadas que emprendían los agentes del procurador general Palmer, del Departamento de Justicia, que irrumpían en mitad de la noche a los hogares sin órdenes judiciales, mantenían a las personas incomunicada y las golpeaban con garrotes y cachiporras.

En Boston 500 fueron arrestados, los encadenaron y marcharon con ellos por las calles. Luigi Galleani, editor del periódico anarquista Cronaca Sovversiva, al cual estaban suscritos Sacco y Vanzetti, fue detenido y deportado de inmediato.

Había ocurrido algo más aterrador. Un compañero de Sacco y Vanzetti, también anarquista, un tipógrafo llamado Andrea Salsedo, que vivía en Nueva York, fue secuestrado por agentes de la FBI (uso el término “secuestrado” para describir la abducción ilegal de una persona), y se le mantuvo en las oficinas del piso 14 del Park Row Building. No se le permitió hablar con su familia, ni con sus amigos o abogados, y fue interrogado y golpeado, según otro prisionero. Durante la octava semana de su encierro, el 3 de mayo de 1920, el cuerpo de Salsedo, aplastado y desfigurado hasta quedar hecho un amasijo, fue encontrado sobre el pavimento cercano al Park Row Building, y la FBI anunció que Salsedo se había suicidado brincando de la ventana del piso 14, justo del cuarto donde lo tenían retenido. Esto ocurrió tan sólo dos días antes de que Sacco y Vanzetti fueran arrestados.

Hoy sabemos, como resultado de los informes del Congreso en 1975, de un programa de contrainteligencia de la FBI conocido como Cointelpro (Counter Intelligence Program) en el cual los agentes de dicha dependencia irrumpían en casas y oficinas, implantaban micrófonos ilegalmente, se involucraban en actos de violencia hasta el punto del asesinato y en 1969 colaboraron con la policía de Chicago en el asesinato de dos líderes de los Panteras Negras. La FBI y la CIA han violado la ley una y otra vez. No hay castigo para ellos.

Hay muy pocas razones que nos hagan tener fe en que las libertades civiles en Estados Unidos puedan protegerse en la atmósfera de histeria que siguió al 11 de septiembre de 2001 y que continúa hasta el día de hoy. En el país ha habido redadas de inmigrantes, detenciones indefinidas, deportaciones y espionaje doméstico no autorizado. En el extranjero se cometen matanzas extrajudiciales, tortura, bombardeos, guerra y ocupaciones militares.

Así también, el proceso contra Sacco y Vanzetti comenzó inmediatamente después del Memorial Day, año y medio después de que terminara la orgía de muerte y patriotismo que fue la Primera Guerra Mundial, mientras los periódicos seguían vibrando con el redoble de los tambores y la retórica jingoísta.

Doce días después de comenzado el juicio, la prensa informó que los cuerpos de tres soldados habían sido transferidos de los campos de batalla en Francia a la ciudad de Brockton, y que toda la población había salido a celebrar una ceremonia patriótica. Todo esto se hallaba en los periódicos que el jurado podía leer.

Sacco fue interrogado por el fiscal Katzmann:

Pregunta: ¿Amó usted a este país durante la última semana de mayo de 1917?
Sacco: Eso es muy difícil de expresar en una sola palabra, señor Katzmann.
Pregunta: Son dos las palabras que puede usted usar, señor Sacco, sí o no. ¿Cuál es la palabra?
Sacco: Sí.
Pregunta: Y para poder mostrarle su amor a este país, Estados Unidos de América, cuando estaba a punto de llamarlo para que se hiciera usted soldado, ¿se fue usted corriendo a México?

Al principio del juicio, el juez Thayer (que hablando con un conocido con el que jugaba al golf se refirió a los acusados como “esos anarquistas mal nacidos”) dijo al jurado: “Los conmino a que brinden este servicio, al que se les ha llamado a que presten aquí, con el mismo espíritu de patriotismo, coraje y devoción al deber como el que exhibieron nuestros muchachos, nuestros soldados, del otro lado de los mares”.

Las emociones evocadas por una bomba que estalló en la casa del procurador general Palmer durante el tiempo de la guerra –al igual que las emociones desatadas por la violencia del 11 de septiembre– crearon una atmósfera de ansiedad en la cual las libertades civiles se pusieron en entredicho.

Sacco y Vanzetti entendieron que cualquier argumento legal que sus abogados pudieran haber invocado no prevalecería contra la realidad de una injusticia de clase. Sacco dijo a la corte, al escuchar la sentencia: “Sé que la sentencia será entre dos clases, la de los oprimidos y la de los ricos… Es por eso que estoy aquí ahora, en el banquillo de los acusados, por pertenecer a la clase de los oprimidos”.

Tal punto de vista parece dogmático, simplista. No todas las decisiones en las cortes pueden explicarse así. Pero, a falta de una teoría que encaje en todos los casos, el punto de vista simple, fuerte de Sacco, es con seguridad una mejor guía para entender el sistema legal que aquel que asume que hay una competencia entre iguales basada en una búsqueda objetiva por averiguar la verdad.

Vanzetti sabía que los argumentos legales no los salvarían. A menos que un millón de estadunidenses se organizaran, él y su amigo Sacco morirían. Palabras no, lucha. Apelaciones no, exigencias. Peticiones al gobernador no, toma de fábricas. No se trataba de lubricar la maquinaria de un supuesto sistema legal justo para que funcionara mejor, sino de una huelga general que detuviera la maquinaria.

Tal cosa nunca ocurrió. Miles se manifestaron, marcharon, protestaron, no sólo en Nueva York, Boston, Chicago y San Francisco; también en Londres, París, Buenos Aires y Sudáfrica. No fue suficiente. La noche de su ejecución, miles se manifestaron en Charlestown, pero un enorme contingente de policías los mantuvo alejados de la prisión. Fueron arrestados muchos manifestantes. Las ametralladoras estaban emplazadas en las azoteas y los reflectores barrían el escenario.

Una gran multitud se juntó en Union Square el 23 de agosto de 1927. Unos minutos antes de la medianoche, las luces de la prisión se atenuaron en el momento en que los dos hombres fueron electrocutados. El New York World describió la escena: “La multitud respondió con un sollozo gigante. Las mujeres se desmayaron en 15 o 20 lugares. Otras, sobrecogidas, se tumbaron en las banquetas y hundieron la cabeza entre los brazos. Los hombres se apoyaban en los hombros de otros hombres y lloraban”.

Su crimen máximo era su anarquismo, una idea que aún hoy nos desconcierta como un relámpago debido a su verdad esencial: todos somos uno, las fronteras nacionales, los odios nacionales deben desaparecer, la guerra es intolerable, los frutos de la tierra deben compartirse, y mediante la lucha organizada contra la autoridad, puede advenir un mundo así.

Lo que nos llega a hoy del caso de Sacco y Vanzetti no es sólo la tragedia, también nos llega la inspiración. Su inglés no era perfecto, pero cuando hablaban se volvía una especie de poesía. Vanzetti dijo de su amigo: “Sacco es un corazón, una fe, un carácter, un hombre; un hombre que ama la naturaleza y a la humanidad. Un hombre que lo dio todo, que lo sacrifica todo a la causa de la libertad y a su amor a la humanidad: el dinero, el descanso, la ambición mundana, su propia esposa, sus niños, él mismo y su propia vida… Ah, sí, puede que sea yo más ingenioso y más parlanchín que él, pero muchas, muchas veces, al escuchar cómo resuena en su voz valerosa una fe sublime, al considerar su sacrificio supremo, al recordar su heroísmo, me he sentido pequeño, pequeño en presencia de su grandeza, y me he sentido empujado a no dejar que me invadan las lágrimas, a dominar el corazón que se me agolpa en la garganta para no llorar ante él; ante este hombre al que se le llama capo, asesino y maldito”.

Lo peor de todo es que fueran anarquistas, lo que significaba que tenían alguna loca noción de democracia plena donde no existiría la extranjería ni la pobreza, y que pensaran que sin esas provocaciones la guerra entre las naciones terminaría para siempre. Pero para que esto ocurriera los ricos debían ser combatidos y sus riquezas confiscadas. Esa idea anarquista es un crimen mucho peor que robar una nómina y por eso hasta el día de hoy Sacco y Vanzetti no pueden ser recordados sin gran ansiedad.

Sacco escribió esto a su hijo Dante: “Así que, hijo, en vez de llorar, sé fuerte, de modo que seas capaz de consolar a tu madre… llévala a una larga caminata por el campo en silencio, junten flores silvestres aquí y allá, descansen a la sombra de los árboles… pero recuerda siempre, Dante, en este juego de la felicidad no te sirvas a ti mismo únicamente… ayuda a los perseguidos y a las víctimas, porque son ellos tus mejores amigos… en esta lucha de vida hallarás más amor y serás amado”.

Sí, fue su anarquismo, su amor por la humanidad, lo que los condenó. Cuando Vanzetti fue arrestado, tenía en el bolsillo un volante que anunciaba una reunión que debía ocurrir cinco días más tarde. Es un volante que podría distribuirse hoy, en todo el mundo, de modo tan apropiado como el día de su arresto. Decía: “Han combatido en todas las guerras. Han trabajado para todos los capitalistas. Han recorrido todos los países. ¿Han cosechado los frutos de sus fatigas, el premio de sus victorias? ¿Acaso el pasado les da consuelo? ¿El presente les sonríe? ¿El futuro les promete cualquier cosa? ¿Han encontrado un pedazo de tierra donde puedan vivir como seres humanos y morir como seres humanos?

Sobre esas cuestiones, sobre estos argumentos de la lucha por la existencia, Bartolomeo Vanzetti hablará en esa reunión”.

Ese encuentro nunca tuvo lugar. Pero su espíritu existe hoy en la gente que cree y que ama y que lucha en todo el mundo.

Traducción: Ramón Vera Herrera

*Tomado del nuevo libro de Howard Zinn: A Power Governments Cannot Suppress, City Lights Books, San Francisco, 2007. Este libro será publicado en fecha próxima por La Jornada.

lunes, julio 02, 2007

El quinto Sol, el Sol del movimiento

Destruido el universo cuatro veces consecutivas por las pugnas de los dioses, se preocuparon estos por poner fin a tanta desgracia. Fue entonces cuando se reunieron en Teotihuacan para dirimir sus diferencias y dar principio a una nueva edad, la quinta de la serie, en la que habían de nacer los hombres actuales .Esta quinta edad, que recibio el nombre de sol de movimiento fue el resultado de la intervención y el sacrificio de varios dioses.

El primer empeño de los dioses fue cimentar de nuevo a la tierra. Trajeron para esto a la que llegaría a ser la diosa de la tierra. Era una especie de monstruo lleno por todos lados de bocas y ojos. Transformándose en serpientes dos de los Tecazlipocas, circundaron a la diosa de la tierra, apretándola con tal fuerza que la partieron en dos. De una de sus mitades hicieron la superficie de la tierra y de la otra la bóveda celeste. Hecho esto para compensar de algún modo el daño que le causaron, dispusieron los dioses que de ella nacieran todas las cosas. De sus cabellos se originaron los árboles, las flores y las hierbas. En su piel brotaron las hierbecillas. De sus múltiples ojos se originaron las fuentes y las cavernas pequeñas. De su boca nacieron los rió y las cavernas grandes. Las montañas y los valles provinieron de su nariz y sus espaldas. Así de la diosa fue surgiendo todo lo que existe.

Restaurada la tierra, los dioses reunidos en la ciudad de Teotihuacan, se preocuparon por formar de nuevo el sol, la luna y los se res de humano, y su alimento de estos últimos. Aun era de noche, no había todavía ni luz ni calor. Tales son las palabras con las que se introduce el mito de la creación del sol en Teotihuacan. Cuatro días estuvieron allí reunidos los dioses alrededor del fogón divino .Estuvieron deliberando acerca de quien habría de arrojarse al fuego para convertirse en el astro que alumbra el día. Hubo dos candidatos: el arrogante Tecuciztecatl, “Señor de los caracoles”, y el modesto Nanahuatzin,”el bubosillo”. El primero de ellos buscando la solemnidad y la gloria, hizo ofrendas con espinas de oro y plumajes de quetzal. Nanahuatzin en cambio practicó su penitencia ritual, como la que más tarde habrían de adoptar los sacerdotes del México antiguo.

Llego por fin el momento de la prueba. Tecuzistecatl se dispuso a lanzarse al fuego para convertirse en sol, a la vista de todos los dioses. Pero el arrogante Dios lo intento cuatro veces y otras tantas tuvo miedo a las brazas encendidas. Los dioses consideraron que era ya tiempo que el humilde Nanahuatzin probara a su vez. Nanahuatzin, escuchando la invitación de los Dioses cerro los ojos y se arrojo al fuego, en el que bien pronto se consumió. Al ver esto Tecuziztecatl, lleno de vergüenza, tardíamente se arrojo también al fuego. El humilde dios bubosillo que fue el primero en arder, apareció al fin convertido en sol. Tecuzistecatl temeroso y tardío, solo logro transformarse en la luna. Sol y Luna aparecieron en el firmamento. Pero con el asombro de todos los dioses no se movían, fue necesario que los dioses allí reunidos aceptaran someterse al sacrificio de la muerte, para que el sol y la luna se movieran al fin, uno durante el día y la otra durante la noche.

Así fueron restaurados y puestos en movimiento el sol y la luna, gracias al sacrificio de los dioses .Quedaba en el mito, la semilla que mucho más tarde habría de fructuar en el ritual de los sangrientos cultos religiosos aztecas. Si por el sacrificio de los dioses se hizo posible la vida y el movimiento del sol, tan solo por el sacrifico de los hombres, que desempeñaran en la tierra el papel de los dioses, podrá preservarse su vida y movimiento evitándose así el cataclismo que como en las edades antiguas podría poner fin a este sol y a este tiempo que viven los seres humanos. De igual modo que para crear el sol y la luna, así también para reestablecer a los hombres en la tierra, volvieron deliberar los Dioses. Esta vez fue Quetzacoatl, símbolo de la sabiduría divina, quien acepto ir a la región de los muertos en pos de los huesos preciosos de los hombres de otras edades. Acompañado tan solo por su nahual ,especie de doble de Quetzacoatl, desciende éste al mundo de los muertos, donde tiene que hacer frente a una serie de pruebas y dificultades que le pone Miclatencutli” Señor de la región de los descarnados”. Al fin Quetzacoatl reúne los huesos de hombre y mujer y los lleva al mítico lugar de Tamoanchan. Allí una vez más se reúnen los dioses y, después de moler los huesos en un barreño precioso, Quetzacoatl sangra sobre ellos para comunicarles la vida. Una vez más el sacrificio sangriento. Vuelve a ser el origen del movimiento y de la vida. Los hombres, como se refiere el mito, fueron llamados macehuales, que quiere decir los merecidos, porque con el sacrificio de Quetzacoatl fue posible su existencia en esta quinta edad.

http://zasepretdile119.blogspot.com

viernes, junio 29, 2007

Recordar..... ¿es volver a vivir?

Octavio Rodríguez Araujo

Estamos a un año de las elecciones federales más competidas en la historia contemporánea de México. A un año de que los mexicanos todavía queríamos creer en las instituciones y en la democracia. A un año de que, ingenuamente, pensábamos que si bien habían querido acabar con López Obrador (desde la táctica del desafuero hasta la guerra sucia de los medios en su contra), no lo habían logrado y que el 2 de julio en la noche estaríamos celebrando el principio del fin de las políticas neoliberales y entreguistas tanto de los panistas como de los priístas empanizados por obra y gracia de Salinas de Gortari, principalmente.

Las instituciones se traicionaron a sí mismas, y sus titulares, tanto en el IFE como en el tribunal electoral, demostraron lo que eran: peones del Poder Ejecutivo, es decir, del presidente en turno de la República. El fraude es lo que recibimos a cambio de muchas esperanzas e ilusiones. Un balde de agua fría del tamaño de las cataratas del Niágara nos cayó encima y Felipe Calderón, resguardado (todavía) por las fuerzas castrenses del país, se hizo del poder negándose a que se contaran los votos para despejar las dudas que no han desaparecido. Es fecha en que las boletas electorales no pueden ser contadas y cualquier día nos enteraremos de que ya fueron destruidas para ocultar el cuerpo del delito de esa lamentable elección que nunca debió haber sido como fue.

No nos desgarremos las vestiduras, simplemente recordemos lo que ocurrió, aunque sea para entender mejor por qué todos los días hay asesinatos gracias a la "guerra contra las drogas" declarada por Calderón, por qué la Ley del ISSSTE, por qué las reformas fiscales que nos quieren imponer, por qué Mario Marín y Ulises Ruiz siguen siendo gobernadores, por qué tantas cosas suceden al mismo tiempo que millones de mexicanos no ven cumplidas las promesas de campaña de quien se presenta como Presidente de México.

Mucho se ha escrito sobre el proceso electoral del año pasado y todavía aparecen nuevos libros, y seguirán otros probablemente. El tiempo transcurrido habrá servido, supongo, para reflexionar sobre lo sucedido y, para millones de mexicanos, persistirá la duda sobre los resultados, y la única respuesta que no se da, y que revelaría si hubo o no fraude, es la autopsia del cadáver, es decir, contar los votos emitidos hace un año, si es que ese cuerpo del delito no ha sido manipulado ya por médicos forenses sin escrúpulos.

A siete meses de la accidentada y caricaturesca toma de posesión de Calderón se entiende mejor por qué los panistas que llegaron al poder con Fox -y que no tienen nada que ver con quienes dirigieron su partido hasta mediados de los años 70 del siglo pasado- no querían soltar el poder. Si había alguna duda, ésta se ha despejado con toda claridad. Lejos de servir a los intereses nacionales han demostrado, comenzando con la "guerra contra el narcotráfico", su subordinación a los intereses estadunidenses para América Latina y México en particular, pero también a los intereses de quienes han querido convertir al país en enormes beneficios para unos cuantos sin importarles el resto, precisamente como actúa cualquier empresario en relación con sus trabajadores. Un añadido: los del sexenio pasado se sirvieron con la cuchara grande, y había que cubrirles las espaldas -como hacían antes los priístas-, y los actuales siguen haciendo de las suyas implicándose cotidianamente en negocios que nada tienen que ver con el libre mercado que supuestamente defienden.

El supuesto triunfo de Calderón ha significado, al margen de anécdotas reales e inventadas, la consolidación de un régimen político que iniciara con titubeos y pocos aciertos Miguel de la Madrid y que perfilara, "para los próximos 24 años", Salinas de Gortari. Me refiero a un régimen antiestatista, liberal sólo de nombre, tecnocrático en el peor sentido del término y, por supuesto, a favor exclusivamente del capital, tanto nacional como extranjero (más a favor de este último).

Los mexicanos ahora sabemos, por si hubiera habido alguna duda en el pasado, que todo se quiere privatizar salvo aquello que todavía no es negocio para los ávidos particulares que ya gozan de privilegios, que tales privatizaciones tienden a restar soberanía a la nación y apoyo social a los ya de por sí desprotegidos habitantes del país, a los que forman la mayoría.

El mexicano ordinario suele aceptar su situación de manera resignada o evadiéndose en la cotidianidad de la lucha individual por sobrevivir. Los que se organizan para luchar colectivamente por lo que les es común se enfrentan invariablemente al desdén cuando no a la represión ejercida por los poderosos, es decir, lo mismo de siempre; pero ahí están, como héroes sin estatua de un valor que no conocen los del poder: la dignidad.

Mucha gente -incluidas ciertas izquierdas que viven en el pasado o del cuento- no quiso entender que, pese a sus errores (que los hubo), López Obrador significaba terminar con el régimen político que la derecha (priísta y panista) estaba construyendo y que ahora se nos ha impuesto por la vía del fraude y el engaño.

Recordar lo ocurrido antes, durante y después de las elecciones no es flagelación por la "derrota" impuesta, sino un motivo más de reflexión y balance entre lo que tenemos y lo que hubiéramos tenido.

martes, junio 19, 2007

A propósito de Dylan y... que es martes

Blowin' in the Wind
(Dylan y Santana)

Dylan, el otoño del profeta

Roberto Ponce

Creador de Blowing In The Wind, himno de la protesta juvenil y por la paz en los años sesenta que en México se conoce como “La respuesta está en el viento”, Bob Dylan es el primer artista estadunidense en conquistar el premio Príncipe de Asturias 2007 en el rubro de las Letras. Sus viejos fans lo dotaron de un halo santo que elude al Dylan real, machista, inalcanzable.

Este otoño promete ser uno de los más felices en la vida de Bob Dylan: irá a Oviedo para recibir el premio Príncipe de Asturias de las Artes 2007, como anunció la comisión dictaminadora del premio el pasado miércoles 13 en aquella zona montañosa de España.

Las razones del acta difundida por el jurado de 20 expertos hispanos que preside José Lladó Fernández-Urrutia para otorgar dicho lauro a “Robert Allen Zimmerman, Bob Dylan, mito viviente en la historia de la música popular y faro de una generación que tuvo el sueño de cambiar al mundo”, fueron desglosadas así (www.fpa.es):

“Austero en las formas y profundo en los mensajes, Dylan conjuga la canción y la poesía en una obra que crea escuela y determina la educación sentimental de muchos millones de personas.”

Desde su origen en 1981, cada año el Príncipe de Asturias Felipe de Borbón y Grecia entrega los premios de la fundación que lleva su nombre, en ocho rubros del conocimiento y la cultura.

La familia real hispana se puso en contacto con “el revolucionario músico” para comunicarle la concesión del premio, dotado de 50 mil euros y una escultura de Joan Miró que recibirá “posiblemente en octubre”, según el diario español El País, al considerar que Dylan fue “ignorado por España” en el sentido de que su primera presentación data de 1984, en el madrileño estadio del Rayo Vallecano.

En estricto honor a la verdad, su sello marcó al movimiento de la nueva canción catalana (Raimón, Lluis Llach, Joan Manuel Serrat) y otras voces populares como Paco Ibáñez, fuego que sigue encendido para la nueva generación gracias a un Kiko Veneno, quien este siglo grabó su propia versión al castellano en flamenco rock de Atascado con el blues de Memphis. El compendio de 478 páginas armado por Manuel Vázquez Montalbán, Cien años de canción y Music Hall (Seix Barral/Difusora Internacional, Barcelona 1974), capta cómo España atendía a El jefe Dylan:

“Nacido para la música junto al movimiento de la folk song, Dylan evolucionó después hacia la singularidad y hacia un tipo de canción ‘poemática’ planteada como solución de continuidad a la vieja poesía. Un hombre que gusta de falsificar los datos de su vida, incluso su propio nombre, aporta en cambio una gran verdad testimonial mediante sus canciones, a veces se basa en ‘hechos’ concretos, y otras, se limita a traducir un talante de revulsión ante un mundo que se pudre entre viejos pañales y sus insuficientes talcos.”

Esta máscara de Dylan fomentó el carácter fascinante de su propia leyenda, bien establecida en 1974; aquel muchacho de Minnesota llegó en 1961 para debutar en el Carnegie Hall de Nueva York y en pocos años había creado su mejor obra. Más de 400 libros se han acumulado tratando de ordenar la biografía del Dylan “definitivo”; él mismo, cuando en 1999 produjo su último aliento de genialidad artística con el disco Time Out, en sus memorias Chronicles One se guarda de revelar aspectos incómodos como su afición a las drogas, provocando que escatológicos fans hurgaran en los cestos de basura algún resto de sus adicciones.

–¿Qué piensa de las drogas?
–Sólo una vale la pena y se llama Brigitte Bardot.

Al periodista en turno que cuestionaba su cambio de apellido le reviraba una contestación alucinada, distinta cada vez:

“¡Dylan!, siempre me pensé que sería mi nombre y no el verdadero que tengo, Knezelvits, pero quería despistar a esos tipos que se acercaban para pedirme boletos de mis conciertos y ondas así… Tengo un tío que se llamaba Dylon y cambié la letra ‘A’ porque suena mejor...

“No lo tomé de Dylan Thomas, que quede claro… Si creyera que es un poeta tan pero tan grandioso, mejor habría cantado sus poemas y me llamaría Thomas… Es puro cuento eso de que me cambié el apellido en honor a Dylan Thomas, yo he hecho más por Dylan Thomas de lo que él por mí, no me extrañaría que él use mi nombre con fines publicitarios…”

Apocalipsis Dylan

La mentira como arma para seducir le funcionó.

“Mi signo es Géminis y no por darme demasiada importancia, pero hay una escisión; todo Géminis posee dos torrentes, ardiente y frío.”

Le gritaron “¡Judas traidor!”, cuando electrificó su sonido folk en 1963, así que Dylan intuía lo que le deparaba la fama cuando se vestía de camaleón; podía manipular a quien fuera, la prensa o los fans, los señores del dinero. Peor, las mujeres serían víctimas de su misoginia:

Dices que esperas por alguien
que te proteja y te defienda
en las buenas y en las malas,
uno siempre fuerte y jamás débil
pero yo no soy ése, nena, lárgate…

Alguna que otra oveja descarriada entre su séquito se ha atrevido a brincar la montaña sagrada, y habrá quien piense que el Dylan real sólo es accesible hoy a la mirada objetiva de las nuevas generaciones.

Dylan cuenta con la plana mayor de Rolling Stone como semillero de sus acólitos y críticos más preparados, donde se le considera el segundo mejor artista del rock después de Los Beatles. De las crónicas en Rolling Stone a raíz de su gira de 1974 con The Band recopiladas en Knockin’ On Dylan’s Door (Pocket Books, Nueva York), destaca la de Ellen Willis, Dylan and Fans: Looking Back, Going On:

“Dylan siempre ha tenido la tendencia de discriminar a las mujeres, de clasificarlas como diosas para ser idolatradas o perras que puede tirar a la basura sin piedad.”

Es uno de los vasos comunicantes por donde Richard Goldstein cortó frutos para acercarse al verdadero Dylan, como escribió el 15 de mayo de 2006 en su artículo Satellite Dylan (The Nation):

“¿Existe algún gran artista que atraiga solamente a un sexo? Esto pudiera parecer incidental para nuestra discusión de Dylan, pero no lo es. Aun cuando hay críticos que han señalado su mancha sexista, no ha existido un examen profundo de sus políticas sexuales ni su importancia con las demás. La hostilidad hacia las mujeres es un motivo recurrente en las canciones de Dylan, desde Como una piedra que rueda a Viento idiota. Sus canciones abundan en la sumisión femenina, como en la balada Infieles (1983), que dice:

¿Qué hace un bombón como tú
en este lupanar?
Bien sabes que deberías de encerrarte
en casa,
ahí es el sitio de tu pertenencia,
para cuidar al que te ama de verdad
y nunca te haría daño…

“¿Qué pensaría una mujer de esta porquería? No podemos saberlo, ya que en el rock impera el dominio masculino, pero es fácil responder cuando vemos que su público está diseminado en un espectro donde se exalta el poder sexual masculino. El motivo de esto yace en Dylan como gran personaje y héroe.

“Tomemos su proverbial manera de escapar y eludir las cosas: el yo está enmascarado; nada se nos revela. Este disfraz es reflejo de un machismo que permea la cultura norteamericana y siempre ha estado allí. Pensemos en todos aquellos superhéroes con máscaras, o los chicos de películas en el cine negro cuyos ojos brillan en la oscuridad. En el hijo Noé sobre el que cae la maldición por ver a su padre desnudo. Dylan es protagonista de sagas así. Es quien preserva la flama del patriarcado.

“Consideremos este prejuicio en sus canciones: sospecha de las mujeres de mundo y, por tanto, del mundo mismo; rechazo al modernismo, especialmente cuando amenaza los valores tradicionales; rígida religiosidad, quemándose por los infiernos del pecado; la falsa sociedad; la corrupción del amor y, en última instancia, la perversión del orden divino. Son valores que resuenan con tendencia paranoide en el machismo.”

Cuando era muy joven, escribe Goldstein, Dylan templó su poder contra la opresión del poder “ejercido por el hombre blanco”, pero ahora dirige sus pilas para evitar el resquebrajamiento de los mandamientos de Dios y “las jerarquías que amenacen”, rebelándose ahora contra “el ambiente infame” como entona en The World Gone Wrong (“El mundo ha ido mal”, de 1993).

“O sea, no es el esclavo en la granja de Maggie (como en su canción Maggie’s Farm), él habita en ella. Sin pretender decir aquí que el machismo lo determina (¡hay mucho más en Dylan!), tendré que decir en cambio que ha llegado a cierta edad y le pasa lo que a muchos que pisan esos terrenos. Esconde su ambivalencia entre enarbolar la igualdad sexual y la insistencia de que se le reconozcan sus intereses como de un sexo definido, proponiendo demandas en insulto a los fundamentalistas. Los liberales no aceptan su mensaje retrógada cuando va cubierto de políticas conservadoras y esto es justamente lo que brindan las canciones campiranas tan a menudo.

“Pero el hecho de que Dylan sea un crítico de la injusticia, al tiempo que de la liberación, lo hace perder sus limitaciones. Y si nos acercamos nada más a sus textos, es posible que olvidemos que su mística descansa sustancialmente en sus políticas sexuales. Se supone que es el más liberal de los liberales.”

Goldstein, quien comenzó este análisis con la polémica surgida en 1999, cuando el poeta de la beat generation Allen Ginsberg convenció a Dylan para postularlo al premio Nobel de Literatura en cuanto a si el jefe Dylan cuenta con las credenciales suficientes para el galardón sueco, entra a la recta final y más cruda del Dylan que tanto conoce:

“Sentir nostalgia por el patriarcado parece ser un atributo que acosa a muchos hombres en el otoño de sus vidas, pues son como sus padres que envejecieron y murieron. En Dylan se trata de una plegaria que grita: La mano de hierro no checa con la vara de hierro, como canta en When He Returns (Cuando regrese). La vara del tiempo a la que él se aferra –y la que besan sus apóstoles– es un falo. Para mí, es la llave del culto a Dylan. Es el escribano evangelista en liturgia fálica. Por ello ha inspirado tanta decodificación e interpretación de sus letras crípticas y el porqué sus canciones han sido tratadas como textos sagrados. Son parábolas en la voz de su profeta.”

Sus seguidores son guardianes de su verdad y salvación contenida en sus palabras, una especie de “Biblia según Dylan”, y la religión que difunden es la “Dylanología” (términos del estudio Dylan’s Visions of Sin, “Visiones del pecado” de Christopher Ricks).

Por tanto, Richard Goldstein asegura que las nuevas generaciones son a las que Dylan se les revela tal cual en su verdadero resplandor y no es dios; su virtud es ser como es, un ser humano falible. Al acercarse el Apocalipsis, los dioses saben que habrán de morir y de ahí la importancia de otorgarle al Dylan legendario el premio Príncipe de Asturias 2007.

Ya no es el muchacho chicho, el héroe de nuestra historia que nació el 21 de mayo de 1941 en el seno de una familia judía de comerciantes de Duluth, sino el veterano compositor de 66 años de edad que ha recibido homenajes en el mundo entero; sólo le falta algo cuando este otoño acuda a Oviedo y sea feliz en Asturias, la España que espera cantar para él.

Y así enseñarnos que la felicidad de ser él mismo es la lección final. Al reír, los dioses también ríen. Dylan, por fin, estará contento en España por el resto de sus días.

lunes, junio 18, 2007

Conejo en la luna

Quetzalcóatl, el dios grande y bueno, se fue a viajar una vez por el mundo en figura de hombre. Como había caminado todo un día, a la caída de la tarde se sintió fatigado y con hambre. Pero todavía siguió caminando, hasta que las estrellas comenzaron a brillar y la luna se asomó a la ventana de los cielos. Entonces se sentó a la orilla del camino, y estaba allí descansando, cuando vio a un conejito que había salido a cenar.
-¿Qué estás comiendo?, -le preguntó.
-Estoy comiendo zacate. ¿Quieres un poco?
-Gracias, pero yo no como zacate.
-¿Qué vas a hacer entonces?
-Morirme tal vez de hambre y sed.
El conejito se acercó a Quetzalcóatl y le dijo:
-Mira, yo no soy más que un conejito, pero si tienes hambre, cómeme, estoy aquí.
Entonces el dios acarició al conejito y le dijo:
- Tú no serás más que un conejito, pero todo el mundo, para siempre, se ha de acordar de ti.
Y lo levantó alto, muy alto, hasta la luna, donde quedó estampada la figura del conejo. Después el dios lo bajó a la tierra y le dijo:
-Ahí tienes tu retrato en luz, para todos los hombres y para todos los tiempos.

Leyenda mesoamericana