Juan Villoro La dramaturga Bárbara Colio logró una metáfora perfecta de la historia anquilosada. Su obra El día más violento, impecablemente dirigida por Mauricio Jiménez para la Compañía Nacional de Teatro, ocurre entre andamios. La protagonista es Carmen Serdán. Muchos años después de su muerte, regresa a una realidad donde los hechos de sangre sirven para erigir un confuso e interminable monumento. Así como algunas máscaras dicen más que el rostro en que se apoyan, en un país sin brújula los andamios pueden ser más expresivos que las construcciones. La Estela de Luz ha sido repudiada de tantos modos que ya merece el sobrenombre de Faro de las Lamentaciones. Desde el principio, el proyecto fue un despropósito monumental. La convocatoria invitó a diseñar un arco para conmemorar el bicentenario. Dejemos a un lado el reparo menor de que en la historia de las ciudades el arco se asocia con triunfalismos romanos y napoleónicos bastante alejados de la valoración de nuestra patria. Lo decisivo es que se propuso una forma concreta y numerosos arquitectos ofrecieron respuestas de interés. ¿Qué hizo el jurado? Premiar una torre. André Breton volvió a estar en lo cierto: México es el país donde el surrealismo ocurre en la vida diaria. Poco después, el arquitecto Miquel Adri escribió un valiente artículo en Reforma, criticando la resignación de su gremio para participar en un concurso animado por la futilidad ornamental. El proyecto ganador, a cargo de César Pérez Becerril, carecía no sólo de chiste sino de posibilidad de ser visto. Alineado junto a varios edificios (uno de ellos en construcción), no contaba con una perspectiva que pudiera realzarlo. Mathias Goeritz y Luis Barragán idearon las Torres de Satélite para que se alzaran al fondo del paisaje como un colorido espejismo. A medida que el entorno se volvió más abigarrado, perdieron su condición de isla fantástica, pero aún es posible advertir la original determinación que las colocó en ese lugar. No ocurre lo mismo con la Estela de Luz, que además se parece demasiado al Faro del Comercio, que el propio Barragán edificó en la Macroplaza de Monterrey. Pérez Becerril es ajeno a lo que ocurrió después, que fue lo peor. El costo de la Estela subió de 393 a más de mil 35 millones de pesos. De acuerdo con el Colegio de Ingenieros Civiles, debió haber costado la mitad. En un acto promocional del tráfico de influencias, el gobierno federal designó como responsable de la construcción a un empleado de Gutsa, la compañía que debía edificar la torre. En El cántaro roto, Heinrich von Kleist retrata a un juez encargado de investigar un crimen que él cometió. La trama parece una parábola del México del bicentenario. El gobierno federal se celebró a sí mismo con una obra que permitió el latrocinio. Si Barragán trabajó con aplanados y colores populares mexicanos, la Estela destinada a festejar nuestra identidad necesitó de cuarzo comprado en Brasil y cortado en Italia. Lo más mexicano del proyecto era la tierra en que se hundía (y cuya ductilidad fue mal calculada, obligando a excavar a mayor profundidad). Hay quienes piensan que la impuntualidad es típicamente mexicana. Incapaces de respetar virtudes patrias, los constructores respetaron ese prejuicio, con tal enjundia que el edificio quedó listo más de un año después de los pomposos festejos de septiembre de 2010. Esto obligó a una molesta comparación con el dictador Porfirio Díaz, que en 1910 inauguró a tiempo el Ángel de la Independencia y el nuevo alumbrado de la Ciudad de México. ¡Qué moderno parece nuestro pasado! Varios funcionarios han sido inhabilitados y seguramente habrá otras sanciones. Este impulso correctivo no anula lo fundamental: ¿vale la pena gastar tanto en un adorno que ni siquiera lo es? En estas mismas páginas, el caricaturista Calderón mostró con sagacidad que, una vez encendida, la Estela de Luz recuerda al monótono anuncio de zapatos Canadá que obligaba a entrecerrar los ojos al transitar por Insurgentes. En el Centro Cultural Universitario Tlatelolco, el artista Thomas Glassford ha creado una notable escultura lumínica, inspirada en el dios nahua de la renovación, Xipe Totec. El antiguo edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores, del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, adquirió otra piel. En la noche, el bloque vertical se transforma en un bulto de sombra iluminado por el tiempo, que lastima y regenera. La Estela de Luz no resiste la comparación con el espléndido Xipe Totec de Glassford. Prueba en piedra de la corrupción, fastuoso derroche en una nación donde la Auditoría Superior de la Federación informa que 50 mil escuelas no tienen agua potable, la Estela es un agravio de 104 metros. El día más violento, de Bárbara Colio, muestra que en un escenario donde las metas están en trámite y los resultados son intangibles, ningún monumento resulta más elocuente que un andamio. No hubo luz en el proyecto de Paseo de la Reforma. Felipe Calderón, presidente de un país con 50 mil muertos, inauguró una esquela. |
“México es paradisíaco e indudablemente infernal”, le escribe Malcolm Lowry a Jonathan Cape. A un amigo le confiesa: “México es el sitio más apartado de Dios en el que uno pueda encontrarse si se padece alguna forma de congoja; es una especie de Moloch que se alimenta de almas sufrientes”. JV.
sábado, enero 14, 2012
Esquela de luz
viernes, julio 09, 2010
Perder es cuestión de método
El verso de Bocanegra es uno de los más enigmáticos de la poesía cívica. El centro suele ser uno. ¿No suena a indecisión que un territorio tenga muchos centros? Los paleógrafos explican que Bocanegra entregó la letra del himno en manuscrito y la palabra “antros” se confundió con “centros”. La intención del poeta era lógica: la tierra retiembla en sus cavidades.
Hoy en día los antros aluden a otro problema. Clientes asiduos del Bar-Bar, el 13 de junio los miembros del Tri departieron con gran jolgorio en una cantina de Sudáfrica, según revelan las fotos subidas a Twitter por una de sus acompañantes, Bárbara Coppel. ¿Es lógico que atletas de alto rendimiento se entretengan como spring-breakers en Mazatlán? Sin entrar en detalles (el concurso de camiseta mojada, la ración de chelas, la desvelada épica), resulta evidente que los uniformes con escudo de la selección que los juerguistas llevan puestos no representan para ellos investidura alguna.
Total, que el Himno tenía razón: los centros y los antros de la tierra están que truenan con el tricolor.
Antes del Mundial, cuando la sensatez era más fuerte que la ilusión, los expertos pronosticaban que la selección no llegaría al quinto partido. El nivel del futbol mexicano es mediano.¿Qué sucede cuando se lucha para seguir en el mismo sitio? Sobreviene la frustración. ¿Qué sucede cuando eso ocurre entre agoreros de alto rating, profetas de la buena ventura y publicistas que anuncian que todo será distinto y vale la pena creer en los redentores de pantalón corto? La irritación se incorpora a la identidad nacional.
“Tres veces te engañé”, canta Paquita la del Barrio. Lo mismo podría decirse de México ante Argentina. El primer gol fue una injusticia, el segundo un regalo y el tercero un prodigio. Tres maneras de perder.
Todo venía de un desastre previo. Contra Uruguay, México ya se había librado de la inesperada costumbre de triunfar. Una victoria ante los charrúas nos hubiera llevado a jugar contra Corea del Sur y luego contra Ghana. Ganar no parecía descabellado: bajo la conducción de Hugo Sánchez México venció 3-1 a Uruguay en la pasada Copa América. Tampoco hubiera sido un desafío paranormal superar a Corea y Ghana, quedando entre los cuatro primeros. El juego contra Forlán y los suyos equivalía a tres posibles victorias, dosis desmesurada en un país que no encuentra el Dramamine emocional para el mareo de “dar el salto”.
Una imagen resume la derrota: el máximo responsable del turismo mexicano repartiendo insultos y manotazos al terminar el partido México-Argentina. Miguel Gómez Mont, director del Fonatur, hermano del secretario de Gobernación y amigo cercano del presidente Felipe Calderón, representó a México con el proselitismo de los golpes. Fue cesado, decisión loable pero insuficiente. ¿Cómo es posible que estuviera ahí, es decir, en el Mundial de Sudáfrica, en ese puesto público, en complicidad con los dos funcionarios más encumbrados del país? El desfiguro revela los límites de la impunidad en la era de YouTube. Si el agresor no hubiera sido captado en video, seguiría en su cargo. El futbol mexicano es un negocio que depende de la oscuridad en las decisiones y la falta de rendición de pruebas. Un espectáculo donde la parte visible es pobre (perdimos otra vez) y la parte oculta formidable (los dueños ganaron más que nunca).
Instrucciones para fracasar
A veces se requiere de mucho esfuerzo para estropear las cosas. El título de una novela de Santiago Gamboa parece el lema de nuestra selección: Perder es cuestión de método.
No es raro que, para debutar en un equipo, los jóvenes aspirantes le den dinero a los entrenadores. Ya en el vestidor, son recibidos por “colegas” que amenazan con fracturarlos si destacan demasiado. Hacen falta trabajadores sociales y psicólogos que ayuden a la integración de las distintas generaciones de futbolistas. Tal y como están las cosas, el “grupo” es una variante del patio de la escuela donde mandan los gallos peleoneros.
Una vez que el jugador comienza a ser valorado, descubre que sus posibilidades de ganar dinero no derivan de obtener títulos, sino de ser traspasado satisfactoriamente a otro club. En México, la compraventa de piernas produce más dinero que los campeonatos. Los fichajes generan comisiones para el promotor, el directivo, el entrenador y el propio futbolista. En esta bolsa de valores, un jugador “exitoso” se retira después de haber pasado por ocho o 10 equipos. Eso significa que ha vivido en otras tantas ciudades sufriendo desajustes y problemas de adaptación. La falta de regularidad del futbol mexicano se debe en gran medida a que los protagonistas son mercancías migratorias: destacar o fallar son, por igual, pretextos para el traspaso. Cuando el presidente Zedillo sugirió que no vendieran a Alex Aguinaga, convirtió en asunto de Estado un temor de los necaxistas: las buenas campañas del ecuatoriano lo hacían candidato al traspaso.
Sin asociación gremial que los proteja, los futbolistas carecen de derechos laborales. Es cierto que en el país de Elba Esther Gordillo el sindicalismo no siempre es una meta encomiable; sin embargo, también es cierto que los futbolistas carecen de condiciones laborales equivalentes a las de sus pares en Colombia o Chile, donde los derechos se regulan al margen de los directivos.
Basta ver la camiseta de una escuadra mexicana para saber que anunciarse ahí es más fácil que anunciarse en un periódico. Infamados por ocho o nueve logotipos, los uniformes denuncian los verdaderos colores que se defienden en el juego.
Llegamos al punto decisivo del repaso: la televisión. Televisa y Tv Azteca han destruido al futbol mexicano. En el mundo entero, el deporte es una oportunidad para vender zapatos y llenar la programación televisiva. La peculiaridad mexicana es la absoluta subordinación de los clubes a los designios de las televisoras. Para empezar, está el tema de los torneos cortos. Seleccionadores como César Luis Menotti, Manuel Lapuente, Hugo Sánchez y Javier Aguirre han coincidido en que se trabajaría mucho mejor si se regresara a las temporadas largas, que permiten experimentar con la cantera y trazar estilos de juego que se pueden definir sobre la marcha. Pero Televisa y Tv Azteca juzgan que el aficionado padece déficit de atención y sólo se interesa por los partidos a muerte de la liguilla. Cada año, el rating aumenta y la calidad zozobra.
La liguilla surgió en la temporada 1970-71 como un recurso para aportarle dramaturgia al campeonato. Eso era malo, pero no fatal. El asunto se agravó en 1996, cuando el torneo se acortó para celebrar dos campeonatos al año y, por lo tanto, dos rentables liguillas. Con esto, los triunfos se devaluaron. De los campeones pasamos a los microcampeones. En esas jornadas de la prisa, los técnicos se volvieron medrosos y resultadistas, pues tenían pocos partidos para demostrar su astucia. Además, el bazar de piernas se intensificó y las transferencias de fin de temporada se hicieron dos veces al año. Así se perfeccionó la inconsistencia del futbol mexicano. De 1996 a la fecha se han celebrado casi 30 torneos y sólo los Pumas de Hugo Sánchez han sido campeones dos veces seguidas. El campeón es un rey breve que se hunde en la siguiente temporada.
Como los cánticos de algunas “hinchadas”, los torneos cortos se copiaron de Argentina. Esto sirvió de excusa para argumentar que se pueden tener torneos de precipitación y, al mismo tiempo, buenos jugadores. Pero la comparación no se sostiene. El futbolista argentino tiene una cultura de emigración, no sólo por antecedentes familiares sino porque sabe que destacar significa irse: el futuro está en las ligas de España, Italia o Inglaterra. Jugar torneos cortos es una preparación útil para los grandes nómadas del futbol, no para los mexicanos. En este país de telenovela, donde un romance dura 100 episodios, el futbolista es condenado a vivir efímeras pasiones.
Televisa y Tv Azteca han decretado que el público carece de paciencia para seguir a su equipo al modo de los forofos del Real Madrid o los tifosos del Juventus. En consecuencia, fomentan la liguilla y suben el precio de sus anuncios.
Pero el daño no se detiene ahí. Que una cadena de televisión sea propietaria de un equipo crea conflictos de interés; que sea, como Televisa, propietaria de tres, enturbia más las cosas. Por disposiciones de la FIFA dos clubes no deben tener el mismo dueño. ¿Por qué no actúa el organismo internacional en el caso mexicano? Digamos que la FIFA es sibilina y algo acomodaticia (sólo así ha logrado tener más agremiados que la ONU). Su jurisprudencia es feudal: el rey del castillo sólo entra en acción si suficientes príncipes se quejan. En otras palabras, para que la FIFA intervenga en México debe recibir un reclamo de la mayoría de directivos de la Federación Mexicana de Futbol. ¿Es posible que eso suceda? Claro que no: los equipos no van a rebelarse contra el mago que los lleva a la pantalla.
Una vez que arruina el futbol como deporte, la televisión lo infla como mercancía. La campaña Iniciativa México demuestra que ciertos sabios no han vivido en vano. El patrioterismo surge cuando se acaban los argumentos racionales. Dos ilustrados del siglo XVIII entendieron el problema. En Inglaterra, el doctor Samuel Johnson dijo: “El patriotismo es el refugio de los canallas”. Por su parte, el físico y escritor alemán Georg Christoph Lichtenberg escribió. “Quisiera saber en nombre de quién se hacen las cosas que ocurren ‘en nombre de la patria’”. En la pantalla chica la patria sirve para vender un sándwich o pretender que los problemas se resuelven mostrando orgullo.
Siguiendo a Felipe Calderón, que culpa a los mensajeros de las malas noticias y propone “hablar bien” para vivir la ilusión de que ya todo se resolvió, Javier Aguirre contribuyó a inflar las expectativas. El sólido sentido común con que ha actuado en otras ocasiones, se transformó en bipolaridad: primero dijo “México está jodido” –derecho al juicio que muchos defendimos–; luego celebró la grandeza propagandística de la patria en un spot ante el Ángel de la Independencia. Es difícil que esta ambivalencia sea para “todo público”; o queda bien con unos o con otros.
Pero la falta de congruencia no afecta a las televisoras. Por una sencilla razón: las ventas continúan. En un artículo escrito para Enfoque, suplemento de Reforma, José Ramón Fernández informó que Tv Azteca y Televisa gastaron unos 100 millones de dólares en derechos televisivos. Al margen del destino de la selección, ganarán el doble.
Las canchas que se riegan en nuestro territorio están determinadas por un principio básico: jugar medianamente da mucho dinero. ¿Para qué complicar las cosas buscando calidad?
En tiempos recientes varios gobernadores han contribuido a enturbiar las aguas. No es raro que el balompié se convierta en promesa de campaña ni que se desvíen fondos del gasto público para comprar una franquicia. Si el Necaxa fue a dar a Aguascalientes, no sería raro que, si directivos mexicanos compraran el Boca Juniors, acabara jugando en la Patagonia, si el gobierno local les brindara garantías.
El desprecio a las pasiones de la gente y las tradiciones que se forjan poco a poco, soportando la lluvia y las tardes sin goles en los estadios, también se extiende al extranjero. Los aficionados más nobles y ultrajados del futbol mexicano son los paisanos que llenan los graderíos en Estados Unidos para ver los peores encuentros amistosos de la selección nacional. Su anhelo del “volver al país” es tan grande que pagan lo que sea por ver las formaciones experimentales de un equipo que sólo va ahí a cobrar dinero. En su proyecto for export, el Tri es un guacamole de tercera que se consume gracias al generoso apetito de quienes no tuvieron más remedio que arriesgar la vida para irse al otro lado.
Del Rebaño Sagrado
al chivo expiatorio
Después del futbol, el segundo deporte favorito del aficionado es el linchamiento. Hugo Sánchez salió de la selección como si hubiera ofendido a la madre naturaleza. De nada le sirvió haber sido el mejor futbolista mexicano de todos los tiempos. Es cierto que él mismo encendió la hoguera de las expectativas prometiendo logros que sólo hubieran podido llegar con el trabajo conjunto de Pelé y Simón Bolívar. De cualquier forma, el tercer lugar que obtuvo en la Copa América, siendo sólo superado por Brasil y Argentina, fue meritorio, sobre todo al tomar en cuenta que Sudáfrica 2010 confirmó la fuerza de los equipos sudamericanos. Es cierto que Hugo fracasó en la eliminatoria para los Juegos Olímpicos, pero con la selección mayor obtuvo resultados aceptables. En estas mismas páginas escribimos hace años que su sucesor no tendría mejor futuro. La razón es sencilla: no hay modo de arreglar desde el banquillo un país donde la impunidad reina en los vestidores, las televisoras, los directivos, las giras, las relaciones con los gobiernos locales y los funcionarios que van a dar bofetadas al Mundial.
Javier Aguirre es el entrenador mexicano con mayor experiencia en torneos internacionales. De salvador de la patria ha pasado a villano. Esta transfiguración carnavalesca es de sobra conocida. Vale la pena, por tanto, ensayar el exorcismo de la sensatez. El trabajo del técnico debe ser medido en las dos fases que enfrentó: la eliminatoria y el Mundial.
El Vasco no deseaba volver a la olla de grillos del futbol mexicano, pero la caída de Sven-Goran Eriksson lo sorprendió cuando no tenía equipo. Sudáfrica se presentó para él como la oportunidad de mantenerse activo en lo que se enrolaba con otro club de importancia (posiblemente en Inglaterra). Es una fortuna que haya sido así. Era el único bombero que podía salvar la situación. Aguirre enderezó una eliminatoria casi perdida.
Para lograrlo tuvo que contar con la asesoría de Mario Carrillo, que conoce mejor que él el futbol mexicano reciente. Nunca sabremos qué tanto influyó en las decisiones. Con los desaciertos de Sudáfrica surgió la hipótesis de dos visiones difíciles de conciliar. Lo cierto es que el cuerpo técnico careció del trabajo de años necesario para mejorar a una selección (el caso de Marcelo Bielsa al frente de Chile es el mejor ejemplo).
En cuatro años la selección tuvo cuatro técnicos. El dato es un certificado de inestabilidad. Además, el material humano no era entusiasmante. Los equipos mexicanos no destacaron particularmente en la Copa Libertadores y el único futbolista digno de la denominación de crack, Cuauhtémoc Blanco, había cumplido 37 años y no podía subir escaleras sin resoplar un poco.
Aguirre no podía inventar una realidad ajena a la suya. Ninguno de sus jugadores venía de ganar un torneo importante a nivel internacional. Por otra parte, los “europeos” pasaban por horas bajas. La mayoría había tenido una actuación intermitente en sus equipos (los casos de Vela, Moreno y Franco). Otros, como Márquez y Osorio, estaban en la banca. En lo que toca a Giovani, llevaba muy poco tiempo en el Galatasaray de Turquía y El Chicharito salió de Chivas rumbo a Inglaterra sin que su futuro se haya concretado. Sólo dos tuvieron buenas actuaciones en las pasadas temporadas: Andrés Guardado (después de superar una lesión difícil) y Carlos Salcido. Era lógico que la falta de ritmo se notara en el Mundial. Aguirre no podía prescindir de ellos porque se trata de los jugadores de peso, pero tampoco podía aguardar fuegos de artificio.
En la entrevista que concedió a Expansión, poco antes del Mundial, El Vasco dijo que había aceptado hacer anuncios que no le interesaban a condición de que los federativos no intervinieran en sus decisiones. ¿En verdad lo dejaron trabajar?
Sorprende la cantidad de jugadores que probó Aguirre en la fase preparatoria tanto como la ausencia de un cuadro básico. ¿Con la llamada a casi todo el Rebaño quería evitar ser el único chivo expiatorio? El reparto era demasiado amplio para una película que no pretendía representar la batalla de Puebla sino disponer de 23 jugadores para enfrentar a Francia.
Cuando Aguirre dejó al Tri por primera vez, después del Mundial de 2002, habló de la intromisión de los directivos. Lo mismo hizo Eriksson cuando se hizo cargo de Costa de Marfil y recordó su fallida etapa mexicana. Es difícil saber si la salida de Jonathan era más cómoda para Aguirre porque el Bar-ça no presiona a la selección como presionan los clubes mexicanos, deseosos de que sus jugadores suban de precio en el Mundial. Lo cierto es que no hubo mucha claridad en la toma de decisiones. En los días anteriores al último partido, Jorge Vergara, dueño de Chivas y directivo a cargo de selecciones en la FMF, dijo a los medios que El Bofo debía jugar. La sorprendente aparición de Adolfo Bautista en el cuadro titular contra Argentina, ¿fue una concesión a uno de los más importantes directivos del futbol nacional? Lo único reportable es que Vergara perjudicó a Aguirre al proponer al Bofo.
La rumorología ha alcanzado niveles conspiratorios. El promotor del Guille Franco también lo es de Javier Aguirre. ¿Explica esto la insistencia del entrenador en alinear a un eje de ataque infructuoso? No necesariamente. Un escritor puede elogiar desinteresadamente a un autor con el que comparte agencia literaria. Sin embargo, ante la falta de claridad del futbol mexicano, cualquier coincidencia se vuelve fatalidad.
La selección nacional es un problema colectivo. Los responsables de que no avance son muchos. Mi momento favorito del Mundial 2010 fue el siguiente. Carlos Salcido –brillante entre la medianía– lanzó un tiro que pasó a un lado del poste. En las gradas, un mexicano de gran sombrero lo atrapó con enorme habilidad. ¿Quién era ese paisano desconocido? ¿Qué sacrificios hizo para ver a los suyos en Sudáfrica? Imposible decirlo. Sólo sabemos que merece un mejor equipo. Si el futbol fuera más importante, tal vez desataría un movimiento social para mejorarlo. Hasta ahora no hemos tenido revueltas populares para garantizar el nivel del entretenimiento, pero nunca se sabe.
Por otra parte, el asesinato del doctor Rodolfo Torre Cantú, candidato del PRI al gobierno de Tamaulipas, ubicó la importancia del futbol en su justa dimensión. Un país atravesado por la metralla no se mejora con goles. Osorio regaló un balón, error pequeño en comparación con el presidente que nos regaló una guerra.
sábado, mayo 16, 2009
Máscara azul
Los mexicanos tenemos tantos problemas que ignoramos las buenas noticias por temor a que luego sean mentira
La ciencia nacional ha descifrado los componentes del genoma mexicano. Por desgracia, esta aportación decisiva se festeja menos de lo debido. Y no sólo eso, algunos sospechan que el mapa genómico les complicará la vida. Fue lo que me dijo Carlitos Lascurain. "¿Te imaginas que sepan todo de ti por una gota de saliva?". Nos vimos durante la semana de la alarma por el virus porcino. Él llevaba el cubrebocas arrugado en el cuello como otros llevan la corbata aflojada.
No pude hablarle de la diabetes o el cáncer que la ciencia podrá prever a partir del genoma. Con una sinceridad que cuesta trabajo agradecer, habló de las intimidades que le puede descubrir un microscopio. No incurriré en la falta de respeto de comunicarlas. Lo decisivo es que mi amigo cree que su vida íntima es delictiva. Una historia clínica le parece una declaración preparatoria.
Y aquí llega un dato esencial: Carlitos tiene una vida mucho menos complicada de lo que cree. Es cierto que respeta poco las normas, comenzando por el tormento de ser puntual, pero carece de méritos para escandalizar. No me gusta escuchar sus confesiones por la sencilla razón de que toda historia demasiado íntima se convierte en consulta.
En la familia de Carlitos hay cinco diabéticos acreditados. Lógicamente, su esposa no lo deja comer azúcar. Una de las cosas más personales que me ha revelado es la combinación de su portafolios. Me intrigaba que lo llevara a todas partes y una vez lo olvidó en mi casa. Llamó para decir que necesitaba un número telefónico de su agenda. No le quedó más remedio que darme la combinación del portafolios. Al abrirlo, encontré pocos papeles y un surtido de chocolates. Así son sus secretos. Si el médico lo analiza, sabrá lo que yo ya sé.
Durante unos días le di vueltas al asunto. Carlitos nunca ha sido vanidoso. Me sorprendió que se atribuyera una vida secreta llena de tremendas irregularidades.
El miércoles de dominó jugamos en equipo y me ahorcó la mula de seises. Su mente estaba en otra parte. El cubrebocas seguía retorcido en su cuello. Si acaso su mirada se cruzaba con la mía, la desviaba de inmediato, como si yo conociera su genoma.
Insistió en llevarme a mi casa, aunque vive en dirección opuesta. Entendí que quería hablar a solas. En el trayecto repitió que no soportaba que se supiera todo de todos. "Los mexicanos no somos así", señaló la calle, donde un vendedor de camotes representaba al resto de la población. "¿Cómo somos?", cometí el error de preguntar. "¡No nos gusta la claridad, ni la transparencia, ni rendir cuentas!", dijo exaltado: "Si alguien dice ahorita es que se va a tardar siglos, si alguien te dice mi jefe es que quiere propina, si alguien dice se descompuso es que rompió un aparato, si alguien dice con todo respeto es que te va a ofender". "¡Vivimos para negar la verdad!", gritó. "Cada quien tiene su guardadito", sus cejas se alzaron en picos significativos.
"Si México evita el lenguaje directo, ¿por qué nuestro genoma tiene que ser tan franco?". Le recordé que él se había sincerado conmigo. "Por culpa del genoma", dijo con desconsuelo. "Los mexicanos vivimos de la simulación; nos definimos como demócratas, fieles en la cama, católicos en la iglesia, responsables en el trabajo, devotos de las leyes, alegres en todas partes. ¿Quién es así?". Hizo una pausa y continuó: "De la Madrid: acusó a Salinas y luego se retractó. Aquí sólo sueltan toda la sopa los que no salen del fango, como Ahumada". "No es posible que estés tan paranoico: tu vida no tiene interés", dije para tranquilizarlo. "No soy yo, es el país". "El genoma no es mexicano, es científico", contesté. Entonces me vio como si yo le hubiera ahorcado la mula de seises.
Guardamos un silencio incómodo. Él encendió la radio para aliviar la tensión. Oímos un anuncio incomprensible. Una maraña de palabras "enseñaba" a hacer un cubrebocas casero. El locutor hablaba a toda velocidad, como si el virus A H1N1 lo persiguiera por un pasillo; dijo el nombre de una tela rara y medidas para niños y adultos, añadió algo con geométrico alarde y pidió que consiguiéramos "60 centímetros de resorte tubular para colocarlo en los bordes doblados". ¿Quién podía seguir esas instrucciones? Se necesitaba una retentiva absoluta, no digamos para entenderlas, sino para repetirlas. "¿Qué es el resorte tubular?", pregunté.
"¿Te das cuenta?", dijo Carlitos con entusiasmo: "¿Dime cómo se hace el cubrebocas?". Quise ser irónico y comenté: "Tal vez los científicos que descifraron el genoma puedan explicarnos las instrucciones".
Mi amigo frenó el coche. Habíamos llegado. "Vivimos de gestos: ese anuncio no ayuda nada, pero da a entender que la Secretaría quiere ayudar. Somos barrocos", mientras más hablaba mi amigo, más creía yo en el genoma mexicano. "Detrás de los enigmas hay algo horrible: la realidad", añadió: "No somos un país de verdades, sino de máscaras".
Carlitos Lascurain se puso el cubrebocas.
viernes, marzo 13, 2009
"¡A mí que me clonen!"
Una inesperada polémica intelectual ha alterado el terso transcurrir de la vida en Barcelona. En el prólogo a su más reciente libro de poemas, Miquel de Palol afirma que el catalán literario "desafina" y se somete con progresiva docilidad a las austeras normas de la televisión. Un idioma de frases cortas y vocabulario austero. De acuerdo con Palol, este encogimiento conlleva la pérdida de una figura retórica esencial a la literatura, la hipotaxis, que garantiza la circulación de las oraciones subordinadas. Los estilos de Proust, Mann o Bernhard resultan inconcebibles en el catalán de hoy.
La situación no deja de ser paradójica: por criticar el influjo de los medios el poeta ha tenido una insólita repercusión mediática, una lluvia de artículos de adhesión o rechazo, todos cuidadosamente provistos de hipotaxis.
Como apenas domino los rudimentos del catalán estoy condenado a presenciar la polémica sin tomar partido, pero esto no disminuye la fascinación del asunto. Es como asistir a un torneo de escolástica donde la sutileza de la argumentación relega a un plano inferior el motivo de la discordia.
También sorprende que tantos ánimos puedan caldearse con el fuego de una módica estufa. Por lo visto, en tiempos de bienestar y rebajas en los almacenes, el idioma literario puede ser un problema agudo.
En México las discusiones no pasan por un tamiz tan selectivo. Es posible que en nuestra vernácula adaptación de las costumbres practiquemos el secuestro en hipotaxis, consistente en raptar la atención del interlocutor con cláusulas que no tienen que ver en el asunto y revelan nuestra irrenunciable tendencia al cantinflismo, pero, la verdad sea dicha, aún no nos damos el lujo de pelearnos por rencillas gramaticales.
Falta mucho para que la lengua se convierta en asunto de seguridad nacional, como llamamos en México a las cosas de interés. Y tampoco estamos para espesas polémicas por escrito. Lo nuestro son las encuestas telefónicas, con una fundamental disyuntiva: "¿Está usted seguro de ser hombre?"
En diciembre, dos encuestas rápidas revelaron el gusto por lo esencial de nuestra cultura. Ambas ocurrieron en Canal 2, sismógrafo del alma que se convierte en rating. Confieso que no reparé en su significado ni en su vinculación profunda hasta no ser instruido al respecto por Fabrizio Mejía Madrid, elocuente autor de Pequeños actos de desobediencia civil. La primera pregunta lanzada a la nación era: "¿Es usted feliz?"; la segunda: "¿Le gustaría ser clonado?"
El resultado encierra enigmas sin fin. En el país del relajo y la algarabía con cohetes, la felicidad perdió la encuesta. Sería interesante precisar el grado de nuestra desdicha: "¿Está usted... sentido, bocabajeado, ardido, chípil?" Por el momento disponemos de una certeza empírica: los tristes son mayoría (al menos los que expresan su esencia por teléfono).
Poco después llegó la segunda pregunta. ¿Cómo respondió un pueblo insatisfecho de sí mismo a la invitación a ser clonado? ¡Con entusiasmo abrumador! Estar fregado no impide duplicarse. ¿Dónde está el Kierkegaard capaz de explicar la ambigüedad existencial de la nación que inventó el sabor múltiple y contradictorio del chamoy? No es éste el sitio para agotar un tema de suprema ontología. Con todo, la declarada intención de los televidentes de repetir en otro cuerpo su melancolía invita a aventurar algunas hipótesis. En primer lugar, hay que tomar en cuenta nuestro gusto por la proliferación y el extraño orgullo que nos provoca que en México hasta los pandas se reproduzcan en cautiverio. "¡Somos un chingo y seremos más!", gritamos, como si aumentar en número fuera intrínsecamente positivo. En cualquier convite o jolgorio, hay una amenaza de desolación si no somos demasiados.
La pasión por alcanzar el exceso estadístico explica en parte que queramos repetirnos aunque no nos gustemos mucho. A esto se agrega nuestro muy autocrítico sentido de la venganza: que surjan copias "pa' que vean lo que se siente".
Es posible que el afán de ser clonado también derive de nuestra fascinación por las soluciones experimentales. El mismo impulso que nos lleva a enfrentar una explosión con un globo lleno de agua permite creer en toda clase de remedios de feria, entrañables por precarios y accidentales. La clonación sería aún más convincente para nosotros si en el proceso interviniera un mecate.
Por último, me atrevo a suponer que el mejor motivo para apoyar esta expansión científica es no saber de qué se trata. Nada nos frena tanto como la molesta información. En el rincón de una cantina, ante el temor y el temblor existencial, un arrebato oscuro e irreversible nos lleva a exclamar: "¡A mí que me clonen!"
¿Hay mayor integrismo que el de un pueblo infeliz que busca repetirse? A fin de cuentas, estamos ante una muestra de aceptación sufrida pero contundente. Que otros pueblos se preocupen por la situación de su hipotaxis. Nosotros, más básicos y arriesgados, estamos mal pero queremos estarlo por partida doble.
martes, septiembre 16, 2008
El grito... de qué?
Juan Villoro ¡Qué nacionalistas son ustedes!", me dijo una azafata colombiana mientras despegábamos de México un 16 de septiembre. La noche anterior había visto la ceremonia de El Grito y estaba sorprendida de nuestra capacidad de expresar amor a la patria con cornetas y lluvias de confeti. Su comentario no era crítico sino admirativo. En vísperas del Bicentenario de la Independencia, ¿qué estado de salud guarda nuestro sentido de la identidad? Por principio de cuentas habría que considerar que el nacionalismo hecho en México no es defensivo ni reivindicativo como la mayoría de los movimientos étnicos o culturales que subdividen Europa en tiempos de globalización. Se trata de un nacionalismo fiestero. Cuando gritamos "¡Viva México!" no pensamos en reconquistar Texas ni expulsar a los argentinos que ocupan puestos en las pasarelas de la moda o la delantera de la Selección nacional. Nos entregamos a la ceremonia para preservar la muy mexicana costumbre de estar juntos y de preferencia apretujados. Aunque las banderas tricolores de tamaño S, M, L o XL vengan de Hong Kong, sirven de eficaz salvoconducto para lanzar cohetes, comer esquites, tomar las plazas. Sólo el 15 de septiembre la vida pública se interrumpe por frenesí. Ser patriota en esa noche significa aplastar un cascarón de huevo relleno de confeti en la nuca de tu compadre y que él sonría, agradecido por el guamazo fraternal. La dimensión del suceso es íntima, del todo ajena a la conducta del Producto Interno Bruto, los precios del petróleo o la actuación del presidente. No se festeja el estado de la patria sino nuestro gozo de gritar en nombre de la patria. El 15 de septiembre nos fundimos en un tejido articulado por el agua de horchata; las pepitas atenazadas entre el índice y el pulgar; los hules que la lluvia convierte en una segunda piel; el olor agrio de la multitud matizado por vapores ricos en cilantro y epazote; las exclamaciones de "¡no empujen!" seguidas de las de "¡Mé-xi-co, Mé-xi-co!" (que sirven para empujar); la olla providente de los tamales y el silbido náutico de los camotes; las demasiadas chelas; el urgente uso de suelo que permite orinar a la intemperie; la inconfundible presión de un palito de elote en las costillas; el zumbante rehilete tricolor; el merolico que anuncia "llévese su máscara de Salinaaaaaaas"; el esplendor de la piratería (en el ojo del huracán humano, alguien vende pilas para cámaras digitales o mini calcetines para proteger el iPod); el gran bazar de la quincalla y la bisutería; los muchos objetos -todos ellos provisionales- que nos permiten reconocernos como parte de la tribu. Al igual que las concentraciones del Ángel de la Independencia, la grey del 15 llega al Zócalo, las embajadas mexicanas en el extranjero y las plazas movida por el entusiasmo. Sin embargo, en este caso no está respaldada por una insólita victoria deportiva ni por haber conseguido un esforzado empate (variante local del triunfo épico). En la noche de El Grito, la patria puede atravesar su peor momento, competir con Irak en índice de secuestros y periodistas asesinados, sin que eso detenga las serpentinas. No celebramos la excepción, el mérito inaudito, sino la norma, ser como somos, o como semos, que no es lo mesmo. Los requisitos del 15 de septiembre son sentimentales; la remota promulgación de un derecho hace que nos suba la bilirrubina. Nadie revisa con rigor histórico lo que pasó en 1810 ni lo que habría sucedido si Hidalgo hubiera tomado la capital cuando pudo hacerlo. El motivo original -los insurgentes de patilla egregia-se borra ante las necesidades del presente, consagradas a echar relajo. Para participar en el convite no se requiere de otra seña de identidad que la estruendosa carcajada ni otro pasaporte que pronunciar "chiquitibum". No es necesario conocer la letra del Himno ni estar enterado de quién fue el Pípila. En ese momento se es mexicano con la sencilla y afrentosa naturalidad con que se agita una matraca o se usa un sombrero de un metro de diámetro. El linaje no depende del jus soli o el jus sangui sino del derecho a echar montón, a ser uno con los muchos otros. Una figura esencial del desmadre mexicano es el colado. En la fiesta de El Grito abundan los que no son de aquí, pero se naturalizan con buches de tequila y alaridos de triple impacto. ¿Importaría que un despistado gritara "¡E-cua-dor!" en medio del coro vernáculo? La verdad, no nos daríamos por enterados, o volveríamos a escuchar "Mé-xi-co", la palabra que es como el bombo de la batería, la base sonora de la noche, el tam-tam que se oye más con el estómago que con los oídos, por encima del reggaeton, la quebradita tex-mex, el estallido ponchis-ponchis, los ritmos híbridos incapaces de acallar la sangre devota que cita en sus latidos a Ramón López Velarde. Al fragor de las cornetas de plástico, los talismanes nos congregan mejor que los héroes. Aldama, Mina y Allende importan menos que el penacho azteca, la melena afro tricolor y el jorongo de chiles serranos que identifican a Pedro, María y Juan como protagonistas de la jornada. Noche del disfraz y la artesanía, del exvoto y el souvenir, el 15 de septiembre sigue el decurso del carnaval sin sus implicaciones religiosas o esotéricas. La gente se conoce y desconoce, se pinta las mejillas de verde, blanco y colorado, accede a arrebatos pánicos, llega a la catarsis de los fuegos de artificio sin otra causa que la pasión republicana. ¿No es raro estar frenético en nombre de la ley? El mismo país que ignora la Constitución y refuta la normatividad convierte un principio jurídico, un acto de soberanía, en causal de gran pachanga. A diferencia de las muchas ceremonias nacionales que alternan el cristianismo con la sensualidad pagana y justifican tesis sobre el sincretismo religioso, el 15 de septiembre es carnavalesco de un modo cívico, sin pedir el apoyo de los mitos. No incluye otro rito de paso que gritar los apellidos de los héroes. Su protocolo es el de la juerga aderezada con lo que juzgamos nuestro, del ponche al mariachi loco. Si el pretexto de la fiesta es un decreto que puede olvidarse pasada la medianoche, su cumplimiento involucra a los cinco sentidos en una apropiación privada, orgánica, de lo público: la Constitución es el evanescente motivo para probar el agua de jamaica y el agradable escalofrío de los toques eléctricos. En la intensidad sensorial de la noche se producen los gestos unitarios del faje rápido y la manita de puerco, el pisotón y el albur, la caricia entibiada por el jarrito de atole, la espalda de junto que sirve para limpiar el agua que cayó del cielo y tal vez era de riñón. El festejo es inquebrantable por la forma en que lo íntimo se vuelve compartible. ¿Qué identidad cristaliza ahí? Hace mucho que el paisaje dejó de ser homogéneo. Las plazas se llenan de mexicanos tatuados, mexicanos torcidos, mexicanos rubios (oxigenados, o no, o nomás tantito), mexicanos con piercing, mexicanos pirata, mexicanos jodidos, mexicanos gallones, mexicanos alienígenas, mexicanos exprés, mexicanos de siempre, mexicanos de exportación, mexicanos típicos, mexicanos raros, mexicanos de calendario, mexicanos hartos de ser mexicanos, mexicanos de dibujos animados, mexicanos como no hay dos, los muchos modos que tenemos de ser La Raza, cuya única estadística se expresa así: "¡Somos un chingo y seremos más!". La macroeconomía, es decir, el virreinato La variopinta multitud del día 15 sabe que la gesta tuvo un origen remoto, pero lo que se conmemora a través del gozo sólo depende del instante. Acaso el Bicentenario obligue a repasar las cosas con más calma, no durante la noche de los cohetes, sino antes o después de quemar la pólvora. Los países de América Latina que hace 200 años decidieron correr su propia suerte son hoy un teatro de las paradojas. Con ánimo bolivariano, los equipos de futbol de la región se unieron en la liga Libertadores. De acuerdo con los tiempos que corren, el empeño ha recibido patrocinio español. La justa se ha rebautizado como la copa "Santander-Libertadores" para honrar a la entidad bancaria que la hace posible. Tal vez en el futuro cristalicen otros proyectos que apelen de manera simultánea a la independencia y la dependencia, como el "Hotel Soberanía Nacional-Meliá", el "Museo de la Patria-Corte Inglés" o la cadena de comida rápida "Albóndiga de Granaditas-Ybarra". Que el futbol latinoamericano dependa de un banco español podría ser un detalle baladí. Por desgracia, es la metáfora perfecta de países donde algunas de las empresas más rentables se llaman Repsol, Gas Natural, Endhesa, Telefónica, Iberia, Caja Madrid o Mapfre. Los tres principales grupos editoriales que operan en la región son españoles y el principal periódico del idioma es español. La Torre del Bicentenario, que estuvo a punto de erigirse en la Ciudad de México con apoyo de la compañía española Zara, hubiera aportado otra ironía al festejo. ¿Virtud de ellos o culpa nuestra? No se le puede regatear méritos a una sociedad democrática como la española, que supo erradicar la pobreza, combatir la corrupción y unir su destino al europeo. Por desgracia, mientras España se convertía en un próspero país de clase media, México se dividía en 40 millones de pobres, una casta de empresarios impunes que operan con dinámica de monopolio y, en medio de ellos, una vacilante población que paga impuestos. Doscientos años después de la Colonia es más barato comprar en España un paquete turístico a la Riviera Maya que hacerlo en México, y una llamada telefónica de Madrid al DF cuesta lo mismo que el IVA de una llamada en sentido inverso. ¿Qué ha pasado? El retorno de la dependencia peninsular llega a reforzar la que ya tenemos de Estados Unidos. Las calles del México independiente son escenarios donde prosperan uno, dos, tres Starbucks. ¿Llegaremos a la utopía de Los Simpson en la que toda una cuadra sea ocupada por cafeterías Starbucks? ¿Basta mantener los límites de la geografía política y las 200 millas de derecho marítimo para impedir que se desnacionalice un país? El maíz, origen del hombre en las cosmogonías prehispánicas, es la planta nacional que ahora importamos de Estados Unidos, donde se utiliza para hacer etanol (quizá por eso Speedy González corre tanto) y donde viven los paisanos cuyas remesas mantienen a flote nuestra economía. ¿Qué tan independiente es un país donde el dinero circulante proviene en su mayoría de los migrantes, el narcotráfico y el subsuelo que, tarde o temprano, dejará de dar petróleo? No sólo la autosuficiencia económica, sino la soberanía misma parecen estar en entredicho. Por eso la polémica sobre el futuro del petróleo ha despertado tanto interés y tanto encono. Estamos acostumbrados a definirnos de manera reactiva ante los extraños, no a partir de lo que somos sino de lo que ellos nos deben o de la forma en que nos molestan: hemos sido botín de los españoles, los gringos y los extraterrestres (a juzgar por nuestro récord de avistamientos de ovnis). Provenimos del mestizaje, las ciudades más "típicas" de México tienen un casco colonial (Zacatecas, Oaxaca, Guanajuato, Morelia) y el nombre más común del país no es Ilhuicamina sino José Hernández. Sin embargo, en las escuelas la Independencia se sigue enseñando como un extraño regreso a las esencias: éramos mexicanos puros, dejamos de serlo en la conquista y volvimos a serlo cuando sonó la campana de Dolores. La visión patriotera del origen ha tenido una función ideológica compensatoria para explicar el fracaso: la NASA no está en México porque Pedro de Alvarado degolló a los astrónomos vernáculos. En el discurso oficial, la conquista ha servido de pretexto para justificar un presente empantanado. En su libro Mis tiempos, el presidente López Portillo señala que sintió toda la fuerza de su poder cuando ordenó destruir una manzana de edificios coloniales en el DF para explorar las ruinas del templo mayor. La solución ecuménica hubiera sido hacer una arqueología subterránea, respetando ambas culturas, pero esto habría impedido la demoledora exhibición del Ejecutivo y su gesto de supremacía identitaria, es decir, su extraña modernidad prehispánica. Al establecer contacto con un esplendor pretérito, el nuevo emperador azteca buscaba, a un tiempo, encarnar la tradición y recordar que los agravios del pasado justifican la crisis del presente. Aceptar las mezclas de las que estamos hechos pertenece a la misma operación política y cultural que enfrentar el colonialismo contemporáneo. En El laberinto de la soledad, Octavio Paz planteó el desafío de reconocer la identidad para vencer complejos. Al propio autor, ese enfoque le pareció esquemático y lo matizó en Posdata: "El mexicano no es una esencia sino una historia". Abierto al tiempo, se somete a nuevas realidades. En La jaula de la melancolía, Roger Bartra cerró el tema de la identidad vista como algo unívoco e inmanente. Somos mixtos y no siempre lo somos del mismo modo. Sólo desde la seguridad de lo nuestro -la cambiante pluralidad que nos conforma- podemos distinguir lo ajeno. "Lo Cortés no quita lo Cuauhtémoc", dice el dicho que hace falta poner en práctica. En su obra de teatro Dirección gritadero, el dramaturgo francés Guy Foissy propone la creación de un espacio donde la gente se desahoga con alaridos. No estaría mal que tuviéramos un lugar así para los días hábiles, un Gritadero cívico donde verter nuestras propias inconformidades. Nadie nos escucharía, por supuesto, pero al menos nos serviría de terapia. Por ahora disponemos de una fecha incontrovertible para unirnos en el desfogue y transfigurar las ganas de tantas cosas en jolgorio y hedonismo. El 15 de septiembre no ha perdido brío ni lo perderá. El entusiasmo en que se basa se alimenta de sí mismo y no requiere de más evidencia histórica para ocurrir que el calendario. No hay modo de mermar nuestra íntima noción de pertenencia. Sin embargo, en la cruda del 16 de septiembre convendría revisar qué le pasó a un país donde la Independencia se celebra con banderas hechas en China, donde compramos mole en Wal-Mart y donde pagamos los tragos y las botanas de El Grito con una tarjeta BBVA. |
sábado, abril 12, 2008
Inspector Carcoma
Siempre me ha sorprendido la forma en que los fumigadores se mimetizan con sus enemigos. Hace años, un hombre con cara de ratón llegó a la casa a combatir roedores. Revisó los cuartos, se retorció sus tensos bigotes y habló maravillas de las ratas.
No se dedicaba a exterminarlas porque le parecieran una plaga sino por admiración hacia esos formidables adversarios, capaces de huir por el hueco más pequeño y rechazar los venenos más apetitosos.
Pocas veces se había enfrentado cuerpo a cuerpo contra el esquivo objeto de sus fatigas. Las ratas no son agresivas y sólo atacan por desesperación y desconsuelo. El choque directo va en contra de la medrosa naturaleza del hombre y del ratón.
Aprendí tanto de la disciplinada conducta de los invasores que estuve a punto de pedirle al fumigador que me dejara rodeado de esos animales cuyo ejemplo había sido incapaz de emular. Un resabio del comprensible asco ante el bicho con cola de lombriz (¡qué diferencia con la esponjosa cola de la ardilla!) me impidió educarme entre las ratas.
Recordé esta escena hace unos días en Barcelona. Todo empezó con la serenidad de una película de terror. En un momento de absoluta normalidad apareció lo extraño. Una nube de aserrín cayó sobre un libro. Revisé la repisa y descubrí montoncitos de madera pulverizada aquí y allá. Fui por una silla y me asomé a la parte alta del librero. Lo que vi me escalofrió. Entre libro y libro había líneas de aserrín, parecían preparadas para que las inhalase un adicto a la madera. Levanté los volúmenes y encontré cadáveres de insectos y la bulliciosa vida de una especie devoradora de repisas.
Fui de inmediato a la farmacia. No esperaba encontrar ahí un veneno, pero el farmacéutico oye mucho; es un barman para sobrios que se entera de todo. Le dije que tenía termitas y puso cara de espanto. Me pidió que describiera al enemigo y suspiró aliviado. Los seres diminutos que comían los libreros pertenecían a una plaga más benévola: la carcoma. Me envió a la droguería donde me vendieron una solución para sádicos: un spray con un tubito que debe ser introducido en los huecos de la carcoma. Luego hay que embarrar una pasta para impedir que salgan.
Apliqué spray hasta que el índice me dolió como si hubiera tomado todas las fotos de Robert Capa. Pero mi guerra estaba perdida. Al día siguiente, el único intoxicado era yo. El aserrín seguía juntándose.
Hablé con amigos y supe que la carcoma es un problema muy común en Barcelona. Todos los expertos estaban ocupados, pero en Vic había una opción. Como se trata de una ciudad pequeña, su matacarcomas tiene más tiempo disponible.
Buscarlo fue como dar con un sheriff en una tierra sin ley. Finalmente, una mujer me informó que el hombre de Vic tenía una liquidación en Barcelona y podía verme el miércoles, a las cinco de la tarde.
Llegué tarde a la cita. Cuando lo alcancé en la entrada del edificio, me vio con recelo: mientras el enemigo hacía de las suyas, yo abandonaba el campo de batalla.
Sus ojos, de un azul acerado, brillaban en su rostro sin darle vida. Llevaba el cráneo afeitado con escrúpulo y olía a un extraño linimento. "¿Dónde están?", preguntó en cuanto abrí la puerta. Le mostré las horadaciones. Ante cada agujerito sus ojos me vieron con lumbre azul. ¿Cómo era posible que yo hubiera permitido que el mal prosperara en tantos frentes? Le dije que acababa de llegar a ese sitio y suponía que la empleada doméstica anterior era baja de estatura y sólo limpiaba los anaqueles inferiores, dejando los altos al arbitrio de más ágiles especies. "¿La empleada doméstica anterior?", reflexionó con seriedad: "¿Es usted la nueva empleada doméstica?", soltó una carcajada extravagante. Tal vez en el mundo de los insectos eso es divertido.
Para dármelas de enterado dije: "Por lo menos no son termitas".
"En eso lleva razón", comentó. "La termitas destruyen en colectividad. La carcoma es un ser solitario, muy suyo, que trabaja aislado y no se entera de lo que pasa alrededor. Cava hacia lo más hondo, de espaldas a la luz y la realidad. No busca el sol. Vive y crece rodeado de madera. A veces, encuentra otra carcoma pero no se lleva bien con ella. Se aparta y busca soluciones por su cuenta".
¿Había descrito la vida de una carcoma o la de un solitario detective que fuma en una esquina sin nadie, vive en un departamento sin más compañía que su sombra y recorre las calles en busca de pistas de una realidad escapadiza? El inspector se identificaba con ese ser escindido que exploraba sin confiar en otro principio que su instinto.
"¿Quiere que acabe con ellos?", preguntó, guardando un silencio expectante. Yo quería que salvara a todas las carcomas del mundo, tan parecidas a los autores que escriben en soledad, de espaldas al entorno, encapsulados en su diferencia, ajenos a la cotidianidad y sus interrupciones. Mi identificación era tan firme como la del inspector. Además, los libros están hechos de madera.
El visitante se dio cuenta del impacto moral de sus palabras. Era un investigador privado del género duro. Si una rubia atribulada se presentara en su oficina para pedirle que resolviera un caso, él le contestaría como un héroe de novela negra: "¿Estás preparada para esto, muñeca?" Averiguar es peor que saber a medias.
Me explicó que la plaga acabaría con la casa en unos meses. Había que actuar con gases y con un gel que cubre la madera durante años. Derrotado por la carcoma, acepté la severa justicia de mi liberador.
Durante cinco días nadie podrá entrar al departamento. Pregunté cuánto costaba la aniquilación y él respondió: "Ya se enterará", como si se refiriera a una deuda con el destino.
La naturaleza sólo es apacible cuando no sabes lo que pasa. Cierra los ojos y escucha: eso que no suena es el trabajo de la mente que cava hacia sí misma, o de la carcoma que devora el mundo.
viernes, abril 04, 2008
Romance en la India
La globalización produce cambios de identidad que afectan la forma en que la gente se enamora. Acabo de compartir un tren con un pasajero que me contó un romance digno de estos tiempos.
Viajamos de Barcelona a Alicante. A unos asientos de nosotros un perturbado gritaba por celular dramas agropecuarios. Mi vecino y yo entablamos conversación para contrarrestar la cháchara donde estallaban palabras como "porcino" y "fiambre", referidas a un comerciante de la competencia.
Resultó que el viajero de junto y yo éramos mexicanos, y sobrevino esa complicidad que sólo ocurre lejos de la patria. El paisano (a quien llamaré Edgar) me confió algo que en México hubiera ameritado 10 tequilas: estaba muy enamorado. No es común que alguien del país de José Alfredo se abra de ese modo, al menos no antes de describir los atributos rigurosamente externos de su amada. Sorprendido por ese brote de interioridad, le pedí el cuento completo.
"Soy de Autlán, Jalisco", informó. Su origen tenía que ver con lo que había pasado, pero yo tardaría en saberlo. Como Edgar no acostumbra contar historias, saltó de modo abrupto al presente, donde ofrece "ventanas de oportunidades". Para alguien ajeno a la economía, ciertas expresiones suenan esotéricas. No le pedí que se explayara porque temí que tuviera la amabilidad de responderme. Me bastó saber que operaba en una zona elevada de las finanzas, donde hay ventanas por las que unos se suicidan y otras (las de oportunidades) que se abren a paisajes increíbles.
Aunque la mayoría de las transferencias se hacen por computadora, los diplomáticos del dinero recorren el mundo para garantizar la parte humana de las transacciones.
Edgar parecía suficientemente afable para poner buena cara ante un desfalco. No era extraño que tuviera éxito en su giro de trabajo, que yo aventuro como un incierto sistema de creencias donde los dioses se devalúan y cambian de divisa.
Por fin me contó de su flechazo, que de acuerdo con los tiempos fue telefónico. Edgar llamó a una aerolínea para reservar un boleto y una voz fantástica se presentó como Nancy. Luego de los trámites de rigor, él se animó a preguntar otras cosas. Nancy era de Florida y vivía a unas cuantas millas de la universidad donde Edgar estudió finanzas y cortejó a una porrista del equipo de futbol americano. Hablaron de la región y sus mosquitos. Edgar colgó con la sensación de haber perdido la oportunidad de su vida.
Pero la rueda del cosmos se movió en su favor. En la siguiente ocasión en que reservó un boleto fue atendido por Nancy. La señal de la diosa Fortuna era tan clara que él se animó a hablar hasta de los pantanos de Florida. Iniciaron así una relación telefónica que subió de intensidad hasta que, varios meses después, llegó una amarga revelación: Nancy no era una nueva versión de la porrista que él codició en sus tiempos universitarios. Se llamaba Kali y vivía en la India. La empresa le había asignado una falsa identidad para que los clientes se sintieran tratados por una típica estadounidense. Había recibido un curso para pulir su acento y datos para hablar de Florida como una lugareña. Ganaba un sueldo de hambre y no había salido de la India. "Lo siento", dijo en forma desoladora.
Según me explicó Edgar, cada vez es más común que los negocios estén deslocalizados. Al hablar a una empresa con sede en Europa responde alguien desde un país del tercer mundo. Sin embargo, el cliente debe sentir que es atendido en Londres o Nueva York. Edgar se avergonzó de haberse enamorado de un prejuicio, pero no pudo traicionar sus emociones. A pesar de su nombre de diosa, Kali no era para él.
Curiosamente, esa experiencia lo llevó a un curso de meditación, clases de yoga y una dieta rica en yogures y tés aromáticos.
Estaba parado de cabeza cuando una mujer le habló con voz de sítara: "¡Devadip!". Aun en su posición invertida, Edgar juzgó que aquella mujer era bellísima. Se incorporó pero no tuvo tiempo de presentarse. "Devadip soy yo. ¿Tú eres Bety?", dijo un pelirrojo. La chica, en efecto, era Bety y puso la cara de quien encuentra una molestia materialista entre las alfombras del espíritu.
El pelirrojo era un gurú telefónico. La mejor amiga de Bety le había recomendado una hotline donde sale baratísimo perder el karma negativo. Durante meses, Bety recibió acertados consejos de Devadip. Llegó un momento en que quiso conocer al hombre que la había llevado a un plano superior. En forma apropiada, él la citó en un centro donde impartía un curso de arte tántrico. Al entrar, ella vio a un apuesto indio de cabeza. Ese elástico espécimen no era su anhelado gurú sino Edgar, el ejecutivo que abre ventanas de oportunidades.
Bety odió que el maestro que le respondía por teléfono con acento del Punjab fuera un pelirrojo de la colonia Narvarte. Salió de ahí sin creer en la reencarnación.
Edgar la siguió a la salida, donde tuvo una inspiración cósmica: "No soy Devadip, pero soy de Autlán". La frase resultó suficientemente rara para que Bety escuchara lo que seguía: Devadip era el nombre espiritual de Carlos Santana, oriundo de Autlán, Jalisco.
Edgar se decepcionó de que su amada fuera de la India y Bety se decepcionó de que su amado no fuera de la India. El destino no siempre es ortodoxo: ellos estaban predestinados.
Vi a mi compañero de asiento. Con una camisa naranja parecería un actor de Bombay. Me mostró una foto de Bety: la perfecta Miss Florida.
En un mundo ideal, el pelirrojo habría viajado a la India para casarse con Kali, pero la cuota de sufrimiento es enorme y ellos sólo sabrán que están predestinados si leen este relato.
El hombre de las crisis porcinas se había dormido. La vida parecía agradable.
"¿Has leído el Rig Veda?", me preguntó Edgar.
"¿Es una ventana de oportunidades?", pregunté.
Edgar sonrió como un gurú globalizado: "puedes salir de la realidad, pero no de la India".
viernes, marzo 28, 2008
Contra la extinción
Al mismo tiempo, obra póstuma de Susan Sontag, ofrece una oportuna síntesis de los intereses que recorrieron su vida: la fotografía como testimonio indeleble de la época, la traducción de lenguas y culturas, la responsabilidad ante las palabras, las significativas voces de los disidentes, la oposición a la política imperial de Estados Unidos, el gozo ante la escritura.
Prologado por su hijo David Rieff, el libro entrega algunos de los mejores ensayos de una novelista, cuentista y cineasta que ante todo se distinguió por sus reflexiones acerca de los otros. La curiosidad fue su signo vital. Recuerdo una cena que compartimos en el restaurante La Luna, de Bogotá, en la que nos preguntó a Rodrigo Fresán y a mí acerca de dos escritores que admiraba: Javier Cercas y Roberto Bolaño. Conocía sus libros y alguien le había dicho que se habían distanciado. Su ambición por saberlo todo ("algo más siempre está sucediendo", fue uno de sus lemas) la llevaba de las obras a los entretelones en que ocurrían.
Prologuista de Juan Rulfo y Peter Nadas, comentarista de Victor Serge y Leonid Tsipkin, se adentró en las más diversas literaturas en un momento en que la mayoría de sus paisanos cedían a la comodidad de considerarse en el centro del mundo y servirse del inglés como lingua franca de la modernidad.
Conocí a Sontag a mediados de los años noventa, cuando Carlos Fuentes la invitó a México a un coloquio de novela contemporánea. En una de las comidas de ese encuentro, el azar me situó a su lado y recordé el máximo temor de Kurt Vonnegut: tener que demostrar ante Susan Sontag que uno es inteligente. Por suerte, su lucidez incluía la hospitalidad y su carácter era básicamente celebratorio (conducta que rara vez se asocia con el rigor intelectual). Aunque escribió sobre la enfermedad, la saturnina inteligencia de Walter Benjamin y la angustia de contemplar el dolor ajeno, su inteligencia fue una forma del placer. Los ensayos de Sontag pertenecen al modo admirativo. A contrapelo de una época sumida en la banalización y el consumo, destaca lo que vale la pena.
En la novela El amante del volcán, Sontag contrasta la pasión con la reflexión. Ubicada en Nápoles, en el siglo XVIII, cuando el Vesubio parece a punto de arrasar la ciudad con una nueva erupción, la trama refleja el raro estímulo que surge del peligro y la forma en que el entendimiento se ve nublado por los impulsos. Aun al suponer que el fin es inminente -o acaso por eso mismo- el gozo se vuelve necesario.
Incluso su compromiso político con Yugoslavia estuvo revestido de un gesto estético. Mientras trataba de comprender la disolución de un país, montó en un teatro cercado por la metralla una gran metáfora de la posposición: Esperando a Godot.
El magnetismo intelectual de Susan Sontag era difícil de superar. Como Carlos Fuentes, poseía el recurso fundamental de Naphta, protagonista de La montaña mágica: "mientras hablaba, tenía razón". Es posible que horas más tarde o al día siguiente se pudiera pasar a la no menos estimulante tarea de discrepar de sus juicios, pero mientras argumentaba todo parecía certero.
En una ocasión coincidimos en Barcelona y fuimos a cenar después de su conferencia. Le gustaba pedir platos pesadísimos y el restaurante Casa Leopoldo, favorito de Vázquez Montalbán, le permitió dudar sobre un par de guisos que hubieran indigestado a un apetito menos aventurero. Después de decidirse por unos riñones, propuso que cada quien dijera en qué época le habría gustado vivir. En forma previsible, ella escogió el Siglo de las Luces. Luego recapacitó: "La verdad, cada día me gusta más que el anterior". Esta adecuación con la época parece rara en alguien que tantas veces sostuvo verdades incómodas, y sin embargo define perfectamente a Sontag; es difícil encontrar un pasaje de sus obras que no transmita el íntimo gusto con que fue escrito.
Uno de sus temas recurrentes fue la oposición entre la verdad y la justicia. Hay ocasiones en que tememos las consecuencias de nuestras ideas: "Muchos de los escritores más notables del siglo XX, en su actividad de voces públicas, fueron cómplices en la ocultación de la verdad para promover lo que consideraban (y eran, en muchos casos) causas justas".
La literatura depende de la capacidad de matizar y ejercer los beneficios de la duda. El relativismo de Sontag se resume en una frase de Henry James, citada en Al mismo tiempo: "No tengo la última palabra acerca de nada".
En sus ensayos sobre temas genéricos ("La literatura es la libertad" o "Un argumento sobre la belleza"), Sontag destaca más en el planteamiento que en las conclusiones, en interrogar la realidad que en ofrecer un corolario definitivo. No es difícil dar con la razón: Sontag prefería indagar que responder: "La verdad del novelista -a diferencia de la verdad del historiador- permite la arbitrariedad, el misterio, la falta de motivación".
En el prólogo a este libro excepcional (notablemente traducido por Aurelio Major), David Rieff recuerda lo que Auden dijo a la muerte de Yeats: "se convirtió en sus admiradores". La lectura de su obra ya forma parte de la admiración que ella logró comunicar: leer es oponerse a la extinción.
Enemiga de las simplificaciones, se interesó en la proliferación de los detalles (de ahí su interés en la fotografía, relato siempre fragmentario) y recordó que todo juicio es provisional. No se consideró una autoridad moral sino una entusiasta de lo que vale la pena destacar.
Resistir fue para ella una forma del placer: "Como expresó el cardenal Newman: 'En un mundo más elevado será de otro modo, pero aquí abajo vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado a menudo'. Y qué entiendo por la palabra 'perfección'. No intentaré explicarlo, sino más bien intentaré decir que la Perfección me hace reír. No de modo cínico, me apresuro a añadir. Con alegría".
viernes, marzo 21, 2008
Los pasos del sonámbulo
En 1968 yo tenía 12 años y caminaba dormido. Mi conciencia crítica se reducía al hecho de despertar en sitios imprevistos. Aunque el desplazamiento no era traumático -o no me lo parecía-, me dejaba una sensación de soledad y abatimiento.
Mi abuela rezaba para que yo perdiera el vicio de ser sonámbulo y mencionaba la previsible causa de esa excentricidad: el divorcio de mis padres. A mí el tema me preocupaba porque me impedía ir de campamento con los Amigos del Bosque.
Alguien sugirió que me ataran una campanilla para despertar a los demás si abandonaba la tienda de campaña, pero el catastrofismo familiar concibió una escena incontrovertible: yo era capaz de caminar con los brazos extendidos por el parque nacional de La Marquesa hasta ser arrollado en la autopista México-Toluca.
1968 también fue mi último año de voracidad por lo dulce. Un genio de la química inventó un postre a la altura de su nombre, el flantástico, que permitía combinar el flan de coco con aderezo de chocolate. Me administré festivales de tres flantásticos hasta que me enteré de otro gusto de los tiempos: los gordos no son apetitosos.
Acababa de descubrir que la vida tenía sentido porque una niña, que en el pudor de la memoria llamaré Marina, se sentaba en el pupitre anterior al mío. Padecía una alergia que la hacía estornudar a cada rato. Cada vez que se agitaba, yo percibía el fresco olor de su cabello. La idolatré sin atreverme a decir lo que mi cara hacía evidente hasta que la mejor amiga que nunca falta me informó que Marina no se interesaba en los barrigones.
En 1968 apelé por vez primera a la fuerza de voluntad. Quise ponerme a dieta y sublimé mis carencias pensando que pronto serían las Olimpiadas.
Mi padre se había mudado al edificio Aule, en la esquina de Insurgentes y Xola. En su condición de divorciado tenía estupendos platos de cartón. El lujo de su departamento estaba en el escritorio: unos boletos con tamaño de toallas para manos y el logotipo de "México 68". Nuestro pasaporte olímpico.
Algo parecía a punto de suceder pero los primeros signos de cambio no fueron halagüeños. Mi abuela materna, cuyo lema de vida era "piensa mal y acertarás", me informó que mi padre se había vuelto comunista. La culpa de todo la tenía mi madre, por fumar tanto. Su lógica era inflexible: mi padre se había cansado de los aires de independencia que se daba mi madre, expresados en las volutas de humo que mandaba al techo. Eso lo había llevado al divorcio y al comunismo.
Mi casa se convirtió en un país aparte, donde nada de lo que se decía coincidía con la prensa o la televisión. Mi padre daba clases en la universidad y pertenecía a la Coalición de Maestros, que respaldaba al movimiento estudiantil. Yo no tenía la menor claridad sobre estos temas. La primera noticia de que algo sucedía me llegó por los compañeros de clase: después de invadir Checoslovaquia, los rusos querían impedir que México celebrara las Olimpiadas y habían infiltrado la universidad con comunistas. No me atreví a contradecirlos: la gordura ya me volvía bastante impopular para además ser disidente.
Mi madre fumaba más de la cuenta porque tenía información sobre arrestos de profesores. Habló con mi padre y le pidió que se fuera de México, pues tenía derecho a un sabático. "Vamos a ir a las Olimpiadas", contestaba él, como si los boletos le otorgaran extraña inmunidad.
Un día vimos tanques en las calles, el teléfono empezó a sonar a todas horas, alguien nos dio un ejemplar de la revista ¿Por qué?, con fotos de estudiantes muertos o detenidos, un testimonio insólito, diferente a lo que decían los demás medios. En el patio del colegio se culpaba de todo a los universitarios. Yo no me atrevía a decir nada. Veía a Marina y pensaba en dulces intangibles.
Cuando varios amigos de mi padre fueron a dar a la cárcel de Lecumberri, el "castillo negro", mi madre le insistió en que se fuera. Él habló de "convicciones". Pensé que así se le decía a tener muchas ganas de ver las Olimpiadas.
La ciudad había sido tapizada con el emblema de una paloma blanca. El gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz deseaba la paz a las naciones del mundo. En las mañanas, la paloma amanecía teñida de sangre.
Sólo me enteré de la trama del movimiento estudiantil y la matanza de Tlatelolco años después, por Los días y los años, de Luis González de Alba. Mi padre quiso protegerme y no dijo nada. Fue su doméstica versión de la manifestación del silencio la prueba sin palabras de que algo se había roto.
Poco antes de las Olimpiadas vimos un entrenamiento de waterpolo en Ciudad Universitaria. Una pelota salió fuera del agua y se estrelló en la cara de un juez. Un hombre pálido se acercó a mi padre y le dijo: "Estás en la lista negra". Él respondió con la exagerada cortesía con que agradece lo que no le interesa.
Nunca supimos qué casualidad lo salvó de la cárcel. En la inauguración de los XIX Juegos Olímpicos oímos el abucheo a la delegación soviética que propagaba el comunismo internacional. A los pocos días descubrí un segundo amor platónico: la gimnasta rusa Natasha Kuchinskaya. Una noche, en el estadio de Ciudad Universitaria, los corredores de Estados Unidos subieron al podio de premiación con guantes negros. Todo tenía que ver con la política pero yo apenas lo advertía. Vi saltar a Natasha Kuchinskaya y juré comer menos azúcar.
Mi padre quería cambiar el mundo en 1968. Perdió algo decisivo en una época en que se repartían medallas e incluso México ganaba nueve. Ignoro lo que pensaba cuando me llevaba a las tribunas. Estuvimos juntos y es lo que importa.
La memoria carga de significado los días perdidos. Al comprender el riesgo que él corría me siento tentado a darle otro valor a su compañía. Pero ya entonces sirvió para cambiar la parte del mundo en la que podía intervenir: no volví a caminar dormido.
viernes, marzo 14, 2008
Opciones del sol
El próximo domingo el PRD celebra elecciones internas. Siete millones de militantes han sido convocados a las urnas y se espera que participen al menos unos cuatro. Tan sólo por estas cifras se trata de un acontecimiento decisivo en nuestra vida democrática.
La izquierda se valorará a sí misma por vez primera luego de las elecciones de 2006. El conflicto postelectoral confirmó que el PRD cuenta con notables energías para la movilización. También, que su capacidad de impugnar suele ser superior a su capacidad de proponer, y que puede ceder al sensacionalismo golpeador de un vocero (Fernández Noroña) que parece diseñado por el peor enemigo de sus causas.
Sobran razones para explicar la desconfianza de muchos militantes de la izquierda en los procesos democráticos, desde el fraude cibernético de 1988 hasta las irregularidades de 2006, señaladas por el propio Tribunal Federal Electoral (que sin embargo se declaró incompetente para sancionarlas).
La larga sombra del 2 de julio se ha extendido sobre buena parte de los pronunciamientos de la izquierda. La actividad de legisladores, gobernadores y presidentes municipales del PRD ha ocurrido en una especie de tiempo de prórroga, una zona enrarecida en la que se desconoce al gobierno con el que, pese a todo, se negocian leyes y presupuestos.
La Presidencia de Felipe Calderón es un hecho constitucional sujeto a crítica pero ya insoslayable. El PRD, opción política que gobierna centenares de municipios, no puede reducirse a una estrategia de desconocimiento del principal adversario. Las elecciones del domingo representan la ardua y estimulante oportunidad de idear un nuevo rumbo sin olvidar agravios.
En 2006 el PRD se convirtió en la segunda fuerza política en la Cámara de Diputados y ganó elecciones decisivas en el Distrito Federal y Chiapas; sin embargo, perder la Presidencia por tan poco margen y en condiciones tan hostiles hizo que quienes deseábamos una alternancia de izquierda cayéramos en una sensación de fin de mundo: atravesamos a nado el océano para morir en la orilla.
Resulta difícil refundar la esperanza ante una derrota que se percibe como injusta. Tal es el mayúsculo reto del PRD. La paradoja es que nada será tan importante como la actitud del perdedor. El PRD tiene el compromiso de diferenciarse de lo que ha criticado y demostrar que puede valorarse con solvencia a sí mismo. Hace cerca de un año, Felipe González publicó en El País un artículo en el que señalaba que el juego democrático depende de la "aceptabilidad de la derrota". Si el vencido reconoce la validez de su caída, el proceso carece de fisuras. Es la oportunidad que encara el PRD. De acuerdo con Lucio Magris, histórico colaborador de Il Manifesto, un partido político de izquierda debe prefigurar en su seno la sociedad por la que lucha.
No se trata de que el PRD asuma la servil disciplina de partido que los miembros del PRI han mostrado ante proyectos rotativos y contradictorios. Su elevado desafío consiste en alcanzar un acuerdo en la pluralidad.
Dos candidatos de relevancia se enfrentan el domingo. Jesús Ortega ha consolidado un discurso autocrítico, incluyente, enemigo del caudillismo, el mesianismo y el pensamiento único. Varias veces se ha referido al ejemplo de Nelson Mandela para considerar que los adversarios son interlocutores válidos, incluso aquellos que en otro tiempo han impedido que la discusión exista.
Alejandro Encinas fue un hábil jefe de Gobierno sustituto. Sin embargo, sus irregateables dones de carisma y simpatía le sirvieron de poco en la noche triste de su gestión, cuando el plantón en Reforma lo obligó a decidir entre gobernar la ciudad por el bien de todos o militar en un partido, y optó por lo segundo.
Aunque la postura de Ortega se acerca más a la deseable modernización del PRD, lo decisivo no es tanto el relevo de liderazgo sino que la contienda evite la crisis de credibilidad de otros comicios internos del partido, manchados por acusaciones recíprocas, intolerancias y brotes fanáticos. Con demasiada frecuencia esas descalificaciones han sido más acres que las críticas a los representantes de otros partidos.
Pensar distinto no es traicionar; buscar el diálogo no significa abjurar de las convicciones. Estos axiomas del trato democrático no siempre están presentes en un partido acostumbrado a hacer de la confrontación una estrategia.
La necesidad de la izquierda es indiscutible en un país con 40 millones de pobres, una élite de megamillonarios y una exigua y evanescente clase media, donde las principales fuentes de circulación del dinero son el narcotráfico, las remesas de los migrantes y las ventas petroleras. ¿Cuál puede ser la especificidad de ese proyecto? Lejos de ofrecer un paliativo asistencialista, la izquierda moderna debe ampliar el mercado interno y la clase media. Combatir los monopolios y las mafias sindicales -crear más posibilidades de participación económica- son asignaturas para la izquierda. El bienestar colectivo no puede concebirse como una dádiva populista sino como un desarrollo equitativo que involucra la eficiencia.
Pero la desigualdad que padecemos no sólo es económica. Una sociedad rota, determinada por la discriminación racial, sexual y de acceso a la cultura, requiere de opciones más incluyentes.
El principio de convivencia comienza en la propia casa. Las diversas corrientes del PRD pueden demostrar que tienen razones para reunirse en la misma mesa y suficiente sentido de la variedad (e incluso de la discrepancia) para que eso sea interesante.
El PRD resignificó sus objetivos al desechar los emblemas ortodoxos de la izquierda -la hoz y el martillo- y optar por un símbolo a un tiempo atávico y novedoso: el sol azteca.
El próximo lunes sabremos si el sol amanece o se eclipsa en la necesaria casa de la izquierda.
viernes, febrero 01, 2008
Un maestro
Juan Villoro![]()
La UAM-Iztapalapa acaba de rendir homenaje a uno de sus fundadores, el profesor Ángel Federico Nebbia, que a los 86 años sigue vinculado al Departamento de Sociología que contribuyó a perfilar.
No nos veíamos desde que egresé de esa carrera, hace cerca de 30 años, pero su presencia se mantenía constante en mis recuerdos. Como a los maestros les gusta corregir, me dijo después del acto: "Usted casi nunca habla de la UAM". Tiene razón. Quienes salimos de una carrera que no ejercemos, nos ocupamos tan poco de nuestra alma máter como ella de nosotros.
Ingresé a la UAM-Iztapalapa en 1976. Los edificios estaban a medio construir, en un yermo interrumpido por plantíos. No había tiendas ni fondas en las inmediaciones. Si uno buscaba café, grano esencial para la vida académica, tenía que ir hasta la siguiente delegación política.
Temeroso de que la carrera de Letras convirtiera una pasión en un matrimonio por conveniencia, entré a Sociología, disciplina ideal para los indecisos.
La vida en ese campus donde los alumnos plantábamos los primeros árboles era menos tumultuosa e intensa que la de la UNAM; sin embargo, la lejanía de las zonas concurridas de la ciudad -la sensación de estar en la orilla de la nada- permitía una excepcional convivencia con los maestros. "Somos pocos pero sectarios", decía un compañero.
El profesorado venía de lugares muy disímbolos, empujado por la causa común del exilio. Se trataba de inconformes que habían perdido su guerra en otro sitio, pero no deponían sus ideas ni se resignaban a bajar la temperatura de sus exposiciones. El brasileño Ruy Mauro Marini impartió un seminario sobre Teoría de la Dependencia, tema en el que ya era célebre; el argentino Jorge Padua nos adentró en los laberintos de la metodología; el uruguayo Juan Odone, que había padecido la tortura, nos demostró la importancia histórica del azúcar.
La expresión decisiva de aquellos años era "marco teórico" y el dominante era el marxista, en sus dos versiones básicas: la ortodoxa, que exigía comenzar la lectura de El Capital por el capítulo de la acumulación originaria, y la gramsciana, que ponía el acento en el Capítulo VI (inédito) sobre la división entre trabajo manual y trabajo intelectual.
En esa abigarrada colmena se hablaba con el fin de tener razón. No estudiábamos Sociología para pasar un examen, sino para cambiar el mundo. El marco teórico era la antesala de la aurora socialista.
Este clima de exaltado proselitismo era observado a prudente distancia por un argentino de esmerada educación y humor agudo, un hombre de traje verde claro, que prefería el ejercicio de la duda al rápido privilegio de imponer su opinión. Se trataba de Ángel Federico Nebbia. Había estudiado en Nueva York y Harvard, y conocía como nadie la obra de Talcott Parsons, que entre nosotros tenía una condición legendaria gracias a que el marxismo lo criticaba mucho.
Nebbia cuestionaba la realidad en forma crítica, pero se oponía a las conclusiones fáciles y celebraba la complejidad y el matiz. En un tiempo en que la cátedra pactaba con la militancia, él volvía a Durkheim, exponía el funcionalismo sin ánimos proselitistas, se adentraba con soltura en Max Weber y la Escuela de Frankfurt. Su talante universalista desconcertaba a alumnos habituados a que el profesor tomara partido y dictara instrucciones exprés para cambiar la realidad.
Su método de exposición también era distinto: siempre escribía su clase. Lo recuerdo de pie, pasando los papeles de una mano a otra, leyendo una caligrafía de trazos amplios en la que casi no había tachaduras. El esmero con que preparaba sus exposiciones no parecía provenir del esfuerzo, sino del refinado placer de la precisión. Cuando tratábamos de sacarle una respuesta esquemática, su rostro mostraba la sonrisa diagonal de los escépticos y nos invitaba a desconfiar de las prenociones y los dogmatismos. La frente despejada y la expresión irónica hacían pensar en un politólogo renacentista.
El modo incluyente en que Nebbia exponía ideas propias y ajenas fue una lección moral en una época con tendencia a las simplificaciones efectistas. "No es la conciencia la que determina al ser sino el ser social el que determina la conciencia", recitábamos esta frase de Marx como un coro adiestrado en una penitenciaria. Nebbia respondía con suavidad, invitándonos a salir del pensamiento único y la cárcel del determinismo.
Como el resto de mis compañeros, al entrar a la carrera hice del marxismo un artículo de fe. Poco después, encontré en el heterodoxo Nebbia una forma más estimulante y menos beata de leer el pensamiento de la izquierda. Él dirigió mi trabajo final sobre el concepto de enajenación y me animó a frecuentar a István Metzaros, Jürgen Habermas, Anthony Giddens y otros prolongadores críticos de Marx.
Su cubículo siempre estaba abierto para hablar del tema que fuera. Recuerdo su entusiasmo por la novela Lolita, de Vladimir Nabokov. Para Nebbia, la ironía era un elevado atributo intelectual. Nada más lógico que se interesara por el prestidigitador con el que además compartía un parecido facial y rasgos biográficos como el exilio y la prolongada estancia en universidades norteamericanas.
Borges celebró que entre las aportaciones de Grecia a la cultura se encontrara una rareza que no siempre interesó a los hombres: el diálogo. Gracias a esos precursores, los argumentos se convirtieron en algo capaz de ser matizado, pospuesto, refutado. La conversación reveló la utilidad ética de la discrepancia.
Para los alumnos de Teoría Sociológica, Nebbia fue el profesor dialogante. Su enseñanza rebasó con mucho el campo de sus estudios. En tiempos donde oír ideas enemigas (o simplemente ajenas) era visto como una claudicación, propuso un atrevimiento: aplazar el juicio, tener curiosidad por lo que piensan los demás, respetar los derechos de los argumentos que no compartimos. Agudo y tolerante, fue un maestro para siempre.
Es posible salir de la universidad, pero es imposible dejar de ser su alumno.
viernes, enero 25, 2008
Una vela para Jorge
Juan Villoro
Gracias a lo que el viento le hace a la Compañía de Luz escribo estas líneas desde la redacción de Reforma. En mi casa no hay agua, gas ni electricidad. A condición de que me bañara antes en otro sitio, recibí la hospitalidad de mi periódico.
Esto ocurrió al día siguiente de que un grupo de compañeros desayunáramos con Marcelo Ebrard y le preguntáramos sobre el incierto suministro de electricidad. Como no está en sus facultades intervenir en la Compañía de Luz, el jefe de Gobierno contó que ha iniciado la construcción de subestaciones paralelas. Una vez más se toman medidas de emergencia y se pone de manifiesto que el Ejecutivo y el gobierno local encaran los problemas como dos equipos en pugna. Debilitados entre sí, procuran mejorías que pongan en evidencia al acérrimo rival. ¿Es necesario que vivamos de este modo?
Dejemos para otro día el panorama político y abordemos la enigmática relación entre el aire y la corriente eléctrica. Hay ciudades cuya fama deriva de sus vientos y en las que se vive sin necesidad de usar quinqués (pienso en Chicago, pero también en Pachuca, envidiable metrópoli donde los interruptores no son de temporal). La semana pasada estuve en Zacatecas y en la parte alta de la ciudad sentí que alguien me empujaba por la espalda. No se trataba de un fantasma surgido de la Mina El Edén, sino del viento que ahí sopla como si aún acompañara a la División del Norte. A propósito de este tema, una amiga me contó que de niña recorría las faldas del Cerro de la Bufa con piedras en los bolsillos para que no se la llevara el viento.
Quiso la casualidad que el apagón del miércoles me sorprendiera en Coyoacán mientras tomaba un café con el escritor zacatecano Gonzalo Lizardo. Le pregunté si en su tierra se iba la luz como en este paraje castigado por las sombras. Gonzalo evocó con nostalgia el paraíso donde el aire no apaga las computadoras.
Las palabras con que se eclipsó Goethe son las que pronuncia el chilango al despertar: "¡Más luz!". Desde hace años, los aficionados al Necaxa buscamos una razón para el calvario de que nuestro club se haya ido a Aguascalientes. Una de las conjeturas es que resulta inverosímil que los Electricistas (más tarde bautizados Rayos) jueguen en el Distrito Federal.
Por más nombres raros que se usen para describir el fenómeno atmosférico que hace dos días se abatió sobre la capital, resulta inconcebible que tengamos que vivir a tientas.
El tema viene de tan lejos que conviene recordar lo que el insuperable Jorge Ibargüengoitia escribió en Excélsior el 14 de diciembre de 1971: "Últimamente y por las noches, me ocurre con frecuencia que la realidad se transforma súbitamente y veo todo en una penumbra crepuscular. Al principio creí que este fenómeno era producto de un estado anímico, 'es que estoy deprimido', me dije, y 'todo lo veo negro'; después lo atribuí a auras epilépticas y por último, a la edad. Ahora ya sé que ninguna de estas tres suposiciones fue acertada. Lo que pasa en realidad es que estamos pasando por una crisis de electricidad". Treinta y seis años después la crisis no ha acabado.
Resulta inevitable pensar en lo que Ibargüengoitia hubiera podido escribir acerca de este valle crepuscular de no haber muerto en 1983 en un accidente aéreo. Esta semana habría cumplido 80 años bajo los trémulos focos del Distrito Federal.
El sentido del humor de Ibargüengoitia fue el instrumento más certero para diagnosticar los desastres nacionales y practicarles "autopsias rápidas". Las calamidades de la patria se han preservado tan bien que el sarcasmo del cronista no ha perdido actualidad.
Adiestrado en los chismes que sus tías contaban en Guanajuato y en la lectura de los grandes ironistas ingleses, Ibargüengoitia escribió crónicas en tono de secreto compartido. Con él, la vida cotidiana entró, disparatada y tumultuosa, en las páginas del periódico.
De 1969 a 1976 Ibargüengoitia escribió dos veces a la semana en Excélsior. Llegó ahí a los 40 años, recién jubilado como dramaturgo y cuando sólo había publicado una novela, Los relámpagos de agosto, que desacraliza la Revolución Mexicana.
El estilo del autor de Misterios de la vida diaria proviene de habilidades no siempre afines a la literatura. Ibargüengoitia fue un consumado excursionista, estudió ingeniería y durante años atendió el rancho de unos parientes. No es extraño que haya aportado a su escritura notables dosis de sabiduría práctica. Su humor deriva de actuar con sensatez en un entorno absurdo. Vistas con objetividad, la mayoría de nuestras costumbres son insostenibles. En su gozosa antropología, Ibargüengoitia aplica la lógica en sitios donde no tiene derecho de suelo; de ahí el efecto cómico: un ingeniero calcula extravagancias.
En un texto decisivo ("Humorista: agítese antes de usarse"), Ibargüengoitia aborda la incomprensión con que una cultura solemne vio a su mayor autor picaresco. Si en la tradición inglesa resulta difícil encontrar a un clásico desprovisto de ingenio, en la mexicana el humor es un ave exótica que llama la atención pero carece de la admirable importancia del águila.
En su condición de columnista excéntrico, el autor de Instrucciones para vivir en México se ocupaba de asuntos ajenos a las noticias, desde las vacaciones de su sirvienta Eudoxia al arte de tocar el claxon. Sus crónicas en rigurosa primera persona creaban una ilusión de espontaneidad. Aunque sus efectos eran calculados, caían con la sencillez que impone la franqueza.
De seguir entre nosotros, Ibargüengoitia habría tenido que festejar su cumpleaños en un apagón, sirviéndose de una linterna de sus tiempos de boy scout y el cirio pascual que sirvió "para ayudar a bien morir a la difunta abuela".
En cierta forma, que no haya luz en la que fue su casa es un acto de justicia poética. La realidad sigue igual de lastimosa, pero su flama está encendida.