sábado, enero 27, 2007

El Pescado Original

Patricio

En estos días se está realizando el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza. Dos mil 400 hombres y mujeres líderes del mundo de los negocios, la empresa, la tecnología, inforomación, la política y la sociedad se reúnen para reflexionar sobre la situación mundial y las perspectivas futuras del planeta. Paralelamente —esta vez tocó en África— hombres y mujeres que representan a los menos importantes en el mundo de los negocios, la empresa, la tecnología, la información, la política y la sociedad —y en el mundo a secas— se reúnen para reflexionar y tratar de adivinar si habrá para ellos un lugar, en este planeta, en el futuro

Con una sagacidad digna de mejor foro —no por nada han llegado hasta la cúspide misma del éxito—, los ricos y famosos se han dado cuenta de que el esquema de desarrollo por el que ha optado el ser humano —más bien algunos seres humanos que se han tomado la molestia de optar por todos los demás— pudiera tener sus bemoles y pudiera —sólo pudiera— representar algunos problemillas en un futuro próximo. Nadie mejor que Klaus Schwab, el fundador del foro, para ponerlo en pocas pero deslumbrantes palabras:

"Un mundo esquizofrénico nos enfrenta. Éste es cada vez más complejo y cada vez más difícil de comprender. El bien y el mal se mezclan, riqueza y pobreza, crecimiento y exceso, excelencia y desigualdades, no existe ninguna política que no tenga sus contra efectos, ningún crecimiento que no tenga sus contrapartes…"

Veloces como el rayo y con unos reflejos de shortstop de Grandes Ligas, los exclusivos asistentes a Davos han concluido —a 40 años de que nos quedemos sin hielo en los polos y a un paso de la debacle ecológica— que ya va siendo tiempo de hacer algo al respecto del calentamiento global y del cambio climático. De no hacerlo —consideran— la humanidad enfrentaría serios problemas: los más pobres padecerían hambrunas y mortandad provocadas por la pérdida de tierras fértiles y escasez de agua, mientras que los más ricos —ellos para más señas— se quedarían sin sus resorts para practicar el esquí alpino, y muchas de sus propiedades en la playa acabarían bajo dos metros de agua —cuando menos las que se encuentren en los primeros pisos—, lo que los obligaría a tener que practicar el esquí acuático.

Y aunque todos parecen estar de acuerdo en que hay que hacer algo y que ese algo es reducir las emisiones de carbono causantes del efecto invernadero, no parece sin embargo haber un consenso sobre quién lo tiene que hacer. Por un lado, los países ricos quieren aplicar la gustada fórmula conocida como "Hágase la voluntad de Dios en los bueyes de mi compadre", exigiendo a los países emergentes, que representan un desafío, que hagan un esfuerzo para reducir sus emisiones de CO2 —para los davosianos los países no tan pobres se llaman países emergentes y los problemas se llaman desafíos—. China, India, Brasil y Rusia —que juntos suman cerca de 40 por ciento del crecimiento económico de todo el planeta—, trepados en su macho se niegan a seguir siendo los bueyes de nadie, no quieren saber nada ni de dios ni del compadre, culpan a los países ricos del problema, reivindican su derecho a soñar —Bejarano dixit— y advierten que no harán nada al respecto a menos que les proporcionen dinero y tecnología para ello:

"Nosotros, mil millones de personas, vamos a consumir muchos bienes y servicios que crearán emisiones. Necesitaremos tecnología (…) y dinero", dijo el empresario indio Sunil Bharti Mittal.

A pesar del debate y a pesar de todos los pesares, no ha habido hasta ahora un compromiso de los países ricos para aumentar su nivel de reducción de emisiones o para ayudar a los países en desarrollo a disminuir las suyas.

Mientras, en África —Nairobi, Kenia—, continente devastado por la miseria y la enfermedad, en donde se localizan 34 de los 50 países menos avanzados, tiene lugar la séptima versión del Foro Social Mundial, que reúne a lo más granado de los seres humanos que no han emergido ni tienen para cuando emerger. Ahí, los olvidados de la globalización discuten temas tan poco glamorosos como seguridad alimentaria, lucha contra el sida, defensa de los derechos de las mujeres, oposición a los organismos genéticamente modificados (OGM), derecho al agua, derecho a la tierra, protección del medio ambiente, propuestas para controles fiscales más justos, combates para un comercio mundial más equitativo y promoción de la democracia. Ellos no tienen ni el dinero ni el poder ni las influencias ni la tecnología para cambiar este mundo, pero cuando menos no producen mucho dióxido de carbono, que es más que lo que hacen los asistentes al Foro de Davos. Y eso se agradece.

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