Es una verdad universalmente aceptada que en México, casi nadie quiere pelearse con las televisoras. Casi nadie está dispuesto a alzar la voz para cuestionar el poder que han acumulado, los vetos que han ejercido, las leyes que ahora logran impulsar. Intelectuales y funcionarios y políticos y magistrados, asustados. Atemorizados. Agazapados. Cómplices involuntarios de un poder fáctico capaz de doblegar a los demás. Por temor a ser vetados en la pantalla y no aparecer en ella. Por miedo a ser linchados públicamente allí. Porque los medios ayudan a quien gobierna con ellos pero destruyen a quienes se rehusan a hacerlo.
Allí está el Goliat de los filisteos. Alto, fornido, imponente, desafiante. Con una armadura que décadas de contubernios con gobiernos pasados le han ayudado a forjar.
El poder que somete al Congreso y lo chantajea. Que desde sus despachos jurídicos diseña leyes -como la tan impugnada Ley de Radio y Televisión- y consigue su aprobación en menos de diez minutos, sin chistar. Que desde los noticieros nocturnos denota a sus adversarios -como Isaac Saba o General Electric o Alejandro Junco- para inhibir la competencia que podrían representar. Un poder real, de facto que se impone sobre los poderes formales, electos. Cercenando el ámbito de acción del Estado mexicano, acorralándolo.
Y en esta batalla por decidir quién gobierna en realidad, aparece de vez en cuando un David. Una directora valiente del IMER que toca a lo largo de todo un día la misma canción, recordándonos la visión monocromática del mundo que generan los monopolios. Un grupo de 47 senadores que cuestiona la constitucionalidad de la “Ley Televisa” y llama a su revisión. Un grupo de la sociedad civil que firma una carta abierta a la Suprema Corte, titulada “Por una radio y televisión sin privilegios ni exclusiones”. Una Comisión Federal de Competencia que insiste en la viabilidad y la necesidad de una tercera cadena. Todos ellos preguntando, como lo hiciera David: “¿Quién es este pagano filisteo, que reta a los ejércitos de Dios?”. A los ejércitos del Estado mexicano y a la capacidad regulatoria que -en nombre del interés público- deberían tener.
Porque en todo país moderno y democrático, el Estado contiene a los intereses privados. No se rinde ante ellos. Tampoco busca destruir a los concesionarios sino acotarlos. No pretende enemistarse con los dueños de los medios sino crear reglas para que comercialicen de manera adecuada un bien público en nombre de la sociedad. No pretende antagonizar a personas como los Azcárraga y los Salinas Pliego sino asegurar que no abusen. Y por ello, regula a los operadores del espectro radioeléctrico y determina condiciones para su uso. Y para eso existe -en teoría- la Comisión Federal de Telecomunicaciones, la Cofetel.
Pero en México, lamentablemente, el Estado ha ido cediendo su capacidad regulatoria y las televisoras se han apropiado de ella. Decisión tras decisión, evidencia de todo lo que el Estado pierde y los medios aprovechan. Todo lo que Marta Sahagún -sentada en una cabaña de Los Pinos- negocia. Todo lo que Vicente Fox por debilidad y auto-promoción cede. Todo lo que la pareja presidencial en un vuelo a China, acompañados por ejecutivos de Televisa, decide darles. El “decretazo” que elimina los tiempos de publicidad oficial en la televisión. La aprobación de la Ley Televisa sin modificarle una sola coma, a pesar de las audiencias públicas donde se exigía modificarla. El nombramiento de una Cofetel capturada por los propios intereses que debería regular. Batalla tras batalla que las televisoras ganan y la clase política ni siquiera se atreve a pelear.
Con la excepción de otro David reciente que alza la cabeza y la mano y la resortera con pequeñas piedras. Otro David -con la razón de su lado y ofreciendo confrontar al gigante- que habitan Rafael del Villar, subsecretario de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes y Gonzalo Martínez Pous, su director jurídico. Actualmente vilipendiados en la prensa, criticados en los medios, denostados por columnistas que trabajan para las televisoras y por ello, son presas del conflicto de interés. Designados comisionados de la nueva Cofetel por Vicente Fox, sólo para ser sacrificados. Sólo para ser objetados por el Senado en una acción jurídicamente inconstitucional y políticamente deleznable, orquestada por Ramón Muñoz. Porque eran incómodos, inconvenientes, estorbosos para los objetivos de Televisa/TV Azteca y la Cofetel a modo que querían armar.
Porque Rafael del Villar es autor de una investigación sobre competencia en telecomunicaciones que incomoda a las “posiciones dominantes” en el sector. Porque ambos tienen fama de pensar que la competencia es buena para los consumidores y los monopolios son malos para el desarrollo económico. Porque ambos argumentan que ha llegado la hora de contener a los Goliats del capitalismo mexicano y obligarlos a pelear en condiciones de equidad. Y como creen eso, se ampararon ante el abuso de una autoridad arbitraria - el Senado - que no se dio siquiera el lujo de decir por qué los objeto. Hubiera sido demasiado obvio.
Mientras tanto, los amanuenses de las televisoras los han acusado de las cosas más disparatadas. Que quieren cobrar doble; que usan recursos públicos para pagar sus juicios; que atentan contra la “autonomía” de la Cofetel; que están retrasando la convergencia tecnológica; que le hacen daño al país. Argumentos tramposos que buscan distraer la atención de meollo del asunto. Ambos -Del Villar y Martínez Pous- recogen la resortera para impedir la conformación de una Cofetel comparsa, que inhibe la competencia en vez de fomentarla. Ambos deciden pelear contra una parte de la Ley Televisa, que debilita la capacidad regulatoria del Estado en vez de fortalecerla. Ambos merecen ser apoyados por ello.
Parecería que el Gobierno de Felipe Calderón está haciéndolo -aunque sea por la puerta trasera- y es crucial que actúe así. Durante la campaña presidencial, Calderón dejó que las televisoras le ataran las manos detrás de la espalda y necesita liberarse. Porque urge fortalecer al poder público ante el poder fáctico. Porque un supuesto “capricho” de dos funcionarios le da la oportunidad para rescatar parte del poder gubernamental que su predecesor entregó. Porque el presidente no podrá gobernar para bien de los mexicanos si queda atrapado en el cerco de las televisoras. El mismo, hoy, debería convertirse en un David como otros que quieren acompañarlo.
Quienes luchan porque es indispensable hacerlo y “para que toda la tierra sepa que hay solo un Dios en Israel”.
12/02/2007
Allí está el Goliat de los filisteos. Alto, fornido, imponente, desafiante. Con una armadura que décadas de contubernios con gobiernos pasados le han ayudado a forjar.
El poder que somete al Congreso y lo chantajea. Que desde sus despachos jurídicos diseña leyes -como la tan impugnada Ley de Radio y Televisión- y consigue su aprobación en menos de diez minutos, sin chistar. Que desde los noticieros nocturnos denota a sus adversarios -como Isaac Saba o General Electric o Alejandro Junco- para inhibir la competencia que podrían representar. Un poder real, de facto que se impone sobre los poderes formales, electos. Cercenando el ámbito de acción del Estado mexicano, acorralándolo.
Y en esta batalla por decidir quién gobierna en realidad, aparece de vez en cuando un David. Una directora valiente del IMER que toca a lo largo de todo un día la misma canción, recordándonos la visión monocromática del mundo que generan los monopolios. Un grupo de 47 senadores que cuestiona la constitucionalidad de la “Ley Televisa” y llama a su revisión. Un grupo de la sociedad civil que firma una carta abierta a la Suprema Corte, titulada “Por una radio y televisión sin privilegios ni exclusiones”. Una Comisión Federal de Competencia que insiste en la viabilidad y la necesidad de una tercera cadena. Todos ellos preguntando, como lo hiciera David: “¿Quién es este pagano filisteo, que reta a los ejércitos de Dios?”. A los ejércitos del Estado mexicano y a la capacidad regulatoria que -en nombre del interés público- deberían tener.
Porque en todo país moderno y democrático, el Estado contiene a los intereses privados. No se rinde ante ellos. Tampoco busca destruir a los concesionarios sino acotarlos. No pretende enemistarse con los dueños de los medios sino crear reglas para que comercialicen de manera adecuada un bien público en nombre de la sociedad. No pretende antagonizar a personas como los Azcárraga y los Salinas Pliego sino asegurar que no abusen. Y por ello, regula a los operadores del espectro radioeléctrico y determina condiciones para su uso. Y para eso existe -en teoría- la Comisión Federal de Telecomunicaciones, la Cofetel.
Pero en México, lamentablemente, el Estado ha ido cediendo su capacidad regulatoria y las televisoras se han apropiado de ella. Decisión tras decisión, evidencia de todo lo que el Estado pierde y los medios aprovechan. Todo lo que Marta Sahagún -sentada en una cabaña de Los Pinos- negocia. Todo lo que Vicente Fox por debilidad y auto-promoción cede. Todo lo que la pareja presidencial en un vuelo a China, acompañados por ejecutivos de Televisa, decide darles. El “decretazo” que elimina los tiempos de publicidad oficial en la televisión. La aprobación de la Ley Televisa sin modificarle una sola coma, a pesar de las audiencias públicas donde se exigía modificarla. El nombramiento de una Cofetel capturada por los propios intereses que debería regular. Batalla tras batalla que las televisoras ganan y la clase política ni siquiera se atreve a pelear.
Con la excepción de otro David reciente que alza la cabeza y la mano y la resortera con pequeñas piedras. Otro David -con la razón de su lado y ofreciendo confrontar al gigante- que habitan Rafael del Villar, subsecretario de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes y Gonzalo Martínez Pous, su director jurídico. Actualmente vilipendiados en la prensa, criticados en los medios, denostados por columnistas que trabajan para las televisoras y por ello, son presas del conflicto de interés. Designados comisionados de la nueva Cofetel por Vicente Fox, sólo para ser sacrificados. Sólo para ser objetados por el Senado en una acción jurídicamente inconstitucional y políticamente deleznable, orquestada por Ramón Muñoz. Porque eran incómodos, inconvenientes, estorbosos para los objetivos de Televisa/TV Azteca y la Cofetel a modo que querían armar.
Porque Rafael del Villar es autor de una investigación sobre competencia en telecomunicaciones que incomoda a las “posiciones dominantes” en el sector. Porque ambos tienen fama de pensar que la competencia es buena para los consumidores y los monopolios son malos para el desarrollo económico. Porque ambos argumentan que ha llegado la hora de contener a los Goliats del capitalismo mexicano y obligarlos a pelear en condiciones de equidad. Y como creen eso, se ampararon ante el abuso de una autoridad arbitraria - el Senado - que no se dio siquiera el lujo de decir por qué los objeto. Hubiera sido demasiado obvio.
Mientras tanto, los amanuenses de las televisoras los han acusado de las cosas más disparatadas. Que quieren cobrar doble; que usan recursos públicos para pagar sus juicios; que atentan contra la “autonomía” de la Cofetel; que están retrasando la convergencia tecnológica; que le hacen daño al país. Argumentos tramposos que buscan distraer la atención de meollo del asunto. Ambos -Del Villar y Martínez Pous- recogen la resortera para impedir la conformación de una Cofetel comparsa, que inhibe la competencia en vez de fomentarla. Ambos deciden pelear contra una parte de la Ley Televisa, que debilita la capacidad regulatoria del Estado en vez de fortalecerla. Ambos merecen ser apoyados por ello.
Parecería que el Gobierno de Felipe Calderón está haciéndolo -aunque sea por la puerta trasera- y es crucial que actúe así. Durante la campaña presidencial, Calderón dejó que las televisoras le ataran las manos detrás de la espalda y necesita liberarse. Porque urge fortalecer al poder público ante el poder fáctico. Porque un supuesto “capricho” de dos funcionarios le da la oportunidad para rescatar parte del poder gubernamental que su predecesor entregó. Porque el presidente no podrá gobernar para bien de los mexicanos si queda atrapado en el cerco de las televisoras. El mismo, hoy, debería convertirse en un David como otros que quieren acompañarlo.
Quienes luchan porque es indispensable hacerlo y “para que toda la tierra sepa que hay solo un Dios en Israel”.
12/02/2007
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