miércoles, marzo 21, 2007

Arthur Schlesinger

Comentario preliminar:
Me parece que Fuentes se vió tibio y hasta condecendiente con Bush padre y Clinton...
Carlos Fuentes

Frágil, lúcido, irónico y cargando la totalidad de la historia norteamericana como un caracol su caparazón, Arthur Schlesinger murió en la ciudad de Nueva York el 1º. de marzo del 2007. A lo largo de ochenta y nueve años, Schlesinger ejerció la inteligencia crítica y cuando así lo juzgó necesario, el apoyo -crítico también- a la Presidencia de los USA. Publicó La era de Jackson (1945) a los veintisiete años de edad, ganando su primer premio Pulitzer y el segundo, en 1966, por Los mil días del Presidente Kennedy en la Casa Blanca. Entre 1951 y 1960, dio a conocer su monumental obra en tres tomos sobre la presidencia de Franklin D. Roosevelt y en 1978 su historia de Robert Kennedy y su tiempo.En 1973, alarmado por la deriva de la administración Nixon, publicó La Presidencia Imperial, una severa advertencia sobre los límites del Poder Ejecutivo y una confirmación de la fe en que la democracia sabe corregirse a sí misma. Esta misma convicción guía a Schlesinger en su obra final, La Guerra y la Presidencia Norteamericana (2005) donde precisa la peligrosa desviación de la política exterior de los USA durante la presidencia de George W. Bush. Medio siglo de Guerra Fría determinó una política norteamericana de contención y disuasión frente al poder soviético. Terminado el enfrentamiento bipolar, Bush padre y Clinton, en grados diversos, ejercieron políticas de prudencia, tanteo y aspiración multilateralista.El actual Presidente Bush, afirma Schlesinger, le ha dado una fatal orientación unilateralista a los USA, repudiando la estrategia que le permitió a Washington ganar la Guerra Fría, a favor del ataque preventivo con o sin pruebas de amenaza exterior. En efecto, Bush ha proclamado el derecho a la guerra preventiva como un derecho reservado sólo para los USA, en función de su hegemonía global.El artero ataque del 11 de septiembre de 2001 le ofreció dos avenidas a la Casa Blanca. La primera, responder atacando a los atacantes: Osama bin Laden, el Talibán y sus bases en Afganistán. Esta respuesta contaba con el apoyo de las instituciones y de la comunidad internacional y era una extensión lógica, y aun mejor fundada, de la intervención colectiva auspiciada por la OTAN en Yugoslavia. La otra opción -innecesaria, infundada y al cabo, fracasada- consistía en dejar de lado la huidiza autoría terrorista y regresar a la guerra tradicional contra un estado constituido, para el caso, el Irak de Sadam Hussein, totalmente ajeno al ataque del 11/9.Todos recordamos las justificaciones para invadir Irak. Todas fueron cayendo porque eran mentiras, invenciones de paja para una política de acero. Sadam, razón primera, no tenía las celebradas armas de destrucción masiva. Al desaparecer la razón inicial, se invocó la naturaleza tiránica del régimen de Sadam, hijo, en gran medida, de la política anti-iraní del Presidente Reagan. La pregunta obligada fue y es: ¿por qué Sadam y no otro de los numerosos y numerables dictadores de la región y el mundo?Schlesinger no acepta las razones que comúnmente se expresan para dar respuesta a esta pregunta. Irak, escribe, no es una guerra iniciada a partir de promesas irrefutables de que un ataque enemigo era inminente. Pero tampoco es una guerra para beneficio de la Halliburton, para agradar a Israel o para vengar a Bush padre. Al contrario: recordemos que el primer presidente Bush, victorioso en la Guerra del Golfo, escribió en 1998 que "el intento de eliminar a Sadam hubiese tenido un costo humano y político incalculable". Los USA habrían tenido que ocupar Bagdad y gobernar a Irak: "de haber seguido el camino de la invasión -continúan Bush Padre y su co-autor, el general Brent Scowcroft- "aun hoy seríamos un poder de ocupación en un país amargamente hostil". (Un mundo en transformación, 1998).¿Por qué razones freudianas no atendió el hijo los consejos del padre? ¿Por desatender al padre o por vengarlo? Hace poco, vi en Londres la representación teatral de la obra de David Hare, Stuff Happens. Los personajes son George Bush, y su gabinete. El título, una frase del deplorable secretario de la defensa Donald Rumsfeld explicando los abusos de Abu Ghraib: "son cosas que ocurren". La sorpresa, el tratamiento de Bush hijo como un hombre frío, distanciado, observador de colaboradores a los que acaba manipulando cínicamente. Imagen muy lejana a la del vaquero texano que se cae de las bicicletas, se atraganta con "pretzels" y masacra la sintaxis.¿Cómo conciliar la imagen de Bush el bobo y Bush el Maquiavelo? Schlesinger aproxima una respuesta: estamos ante el primer presidente agresivamente religioso de la historia norteamericana. Ni George Washington (protestante episcopálico) ni Thomas Jefferson (deísta anticlerical) ni John F. Kennedy (católico) ni Richard Nixon (cuáquero) ni siquiera Jimmy Carter (bautista) manipularon la fe con propósitos políticos. George W. Bush, en cambio, actúa, según su propia confesión, guiado por la mano de Dios. "Mi misión", le declara al periodista Bob Woodward, "es parte del plan maestro de Dios". Y a su asesor Karl Rove: "estoy aquí por una razón", añadiendo, "no consulto a mi padre. Sería el padre equivocado. Yo apelo a un padre más alto". (Acaso, observa Schlesinger, el mensaje de Dios a Bush sea confuso: el Papa Juan Pablo II, que tenía su propio teléfono privado con la divinidad, se opuso a la guerra de Irak).Lo interesante de esta situación es que a partir de la fe del converso, Bush haya sido capaz de movilizar una victoriosa (aunque por escaso margen) alianza electoral con Wall Street, las compañías petroleras, las corporaciones multinacionales, el complejo militar-industrial (denunciado por Eisenhower), la derecha religiosa y los nacionalistas extremistas. Se trata, concluye Schlesinger, de un hombre "seguro de sí mismo, disciplinado, decisivo y astuto, capaz de concentrarse en unas cuantas prioridades".He allí el problema: Bush equivoca fatalmente las prioridades, se las quitó a Osama y a Afganistán, se las dio a Sadam y a Irak y hoy es un presidente fracasado, desprestigiado y que ha expuesto a su país, en opinión de Schlesinger, a ser "temido y odiado como nunca antes por el resto de la humanidad".La gran visión imperial de Bush -extender la democracia a todo el Oriente Medio eliminando al terrorismo y al despotismo- sólo ha engendrado mayores oportunidades para el terror, fortalecimiento de los autoritarismos y sangrientos enfrentamientos sectarios: inseguridad, miedo y fraccionalismo. La situación creada por Bush hijo y sus cohortes de cristianos renacidos, neoconservadores estrábicos, nacionalistas militantes y militaristas cobardes (Cheney se excusó del servicio militar en Vietnam alegando que tenía "otras prioridades") puede aún conducir a una conflagración mayor en la región.También es cierto que el impulso bushista puede agotarse a medida que la opinión pública le retira la confianza al presidente y tanto candidatos como electores ponen los ojos en la contienda electoral de 2008. Pero Arthur Schlesinger deposita su fe más fervorosa en los poderes de recuperación de la democracia americana.La doctrina Bush está obsoleta. El unilateralismo militante, la supremacía armada, el desdén hacia el derecho internacional, la hubris de la superioridad, conducen a las prisiones de Abu Ghraib y Guantánamo y a lo que Schlesinger llama un necesario "cambio de régimen" en Washington. Al cabo, añade, hay lecciones positivas de una situación negativa: Los USA son un imperialismo incompetente y de corta vida, una débil imitación de Roma, Inglaterra y Francia, imperios organizados y longevos.Los USA son un imperio internacional limitado por su propia política interna.Los USA son una democracia capaz de corregirse a sí misma.Los USA son una superpotencia pero no gozan de omnipotencia: la fuerza militar no sustituye a los amigos y a los aliados.Es hora de abandonar una política unilateralista fracasada y retomar el abandonado objetivo de Franklin D. Roosevelt y de Bill Clinton: la acción colectiva mediante instituciones internacionales.El 1º. de marzo, una semana después de cenar con él, asistí al velatorio de mi viejo, lúcido, querido amigo Arthur Schlesinger. Su ausencia era suplida por la presencia de su pensamiento, su sabiduría, su conocimiento y sobre todo, su amistad tan cálida y generosa. Descanse en paz. Su mensaje pervive. A su mujer y a sus hijos, mi afecto constante.

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