Proceso
Allí viene de regreso Santiago Creel. Cabizbajo, avergonzado, arrepentido ante lo que hizo y lo que dejó de hacer. Como el hijo pródigo que regresa a casa después de haber despilfarrado la fortuna de su padre, y vuelve en busca del perdón que necesita para poder vivir consigo mismo. Recorriendo la misma ruta que recorrió el protagonista de la parábola del Nuevo Testamento y repitiendo sus palabras: “he pecado contra el cielo y contra ti”. Contra ti, México. Contra el país que tuvo la encomienda de cuidar y tanto ha lastimado. Con decisiones equivocadas y posiciones lamentables y todo lo que desencadenaron. Uno de los supuestos políticos del cambio que de manera repetida lo traicionó, ahora expiando sus pecados. Pero para aspirar a la redención que tanto le preocupa tendrá que corregir el daño y no sólo denunciarlo.
Al igual que el hijo pródigo, derrochó todo aquello que se le había entregado: el bono democrático y la confianza en quienes se encargarían de administrarlo, el anhelo de un gobierno distinto y la posibilidad de aspirar a él. México sería un lugar mejor después del 2000 porque había llegado al poder alguien con las credenciales democráticas de Santiago Creel, se decía. Se escuchaba. Se predecía porque había motivos para pensar así. “Consejero ciudadano” del IFE durante las etapas iniciales de su remodelación. Crítico del fraude electoral en Tabasco en 1994 y uno de los que se abocó a recabar información para probarlo. Promotor del juicio político a Roberto Madrazo y uno de sus principales contrincantes. Artífice del Acuerdo de Chapultepec y los avances democráticos que propulsó.
Alguien que a lo largo de los años –pelea tras pelea– había ido acumulando capital político y ganas de usarlo para bien. Pero llegó a la Secretaría de Gobernación y dejó de ser quien era para convertirse en quien no debió haber sido. El hombre vertical se volvió el político torcido. El defensor de la democracia se volvió uno de sus saboteadores. El promotor de las mejores causas se volvió el defensor de las peores. Santiago Creel empezó a pensar tanto en sí mismo que ya no le quedó tiempo para pensar en el país. Comenzó a importarle tanto la candidatura presidencial que vendió el alma para asegurarla. La vanidad condujo a las actitudes más fatuas y la ambición a las estrategias más cuestionables. Fue tal su afán de mandar en Los Pinos que estuvo dispuesto a prostituirse políticamente para llegar allí. Y como el hijo pródigo, acabó alimentando puercos.
Acabó malgastando el prestigio que la transición democrática le había heredado. La lista del derroche es larga y los errores que cometió a lo largo del sexenio de Vicente Fox también. Atenco y la falta de operación política que demostró. El decretazo y la primera claudicación frente a las televisoras que entrañó. El desafuero y las reglas del juego democrático que tergiversó. La estrategia de concertación con las partes más podridas del PRI y el acorralamiento presidencial que produjo. Las concesiones para los casinos y la expoliación popular que con ellas avaló. Pecados mayores con consecuencias profundas y de largo plazo para la patria. Acciones que explican por qué la palabra “pródigo” está asociada con el dispendio extravagante y definida en los diccionarios de esa manera. Razones de fondo y de más para desviar la mirada, agachar la cabeza, pedir perdón.
Y ahora intenta hacerlo al declarar que la Ley de Radio y Televisión –mejor conocida como la Ley Televisa– fue producto de una “imposición”. No se aprobó de la manera correcta, afirma. Permite la perpetuación de los privilegios, argumenta. Finalmente uno de los responsables del debilitamiento del Estado asume su responsabilidad. Finalmente, uno de los cómplices de la claudicación del gobierno frente a los poderes fácticos se asume como tal. Aunque tarde y de manera extemporánea, Creel demuestra un afán de autocrítica que pocos están dispuestos a demostrar. Pero no queda claro por qué. ¿Acaso llega al Senado y se descubre políticamente apestado allí? ¿O resiente haberle concedido tanto a las televisoras y acabar maltratado por ellas? ¿O intenta ayudarle a Felipe Calderón al justificar su propio doblegamiento durante la campaña? ¿O se despierta una mañana y recobra la conciencia que había perdido? Sea cual sea la explicación, Santiago Creel sorprende.
De forma parecida al hijo pródigo, recobra los sentidos e intenta volver a casa. Después de un sexenio intentando llenarse el estómago con las vainas destinadas a los porcinos, se descubre hambriento, cansado, derrotado. Decide tirarse a la merced de todos aquellos que se sintieron traicionados por él y quizás espera ser perdonado sin miramientos. Por ello habla de la necesidad de participar en un debate sobre la Ley Televisa “que la sociedad reclama” y él – un año después– busca promover. Por ello se dice dispuesto a asumir los “costos políticos y personales” que entraña enfrentar a los poderes atrincherados en vez de congraciarse con sus líderes. Por ello enfatiza la necesidad de la reflexión autocrítica de sus actos y de sus omisiones. Sabe que ya no puede ser considerado un hijo de las causas que algún día enarboló.
Su camino de regreso al lugar de donde partió tiene algo de meritorio, porque ayuda a esclarecer los baches, los hoyos, los desperfectos de la democracia. La tergiversación del proceso legislativo que la aprobación de la Ley Televisa propició. Lo que Emilio Gamboa y Manlio Fabio Beltrones y Héctor Osuna se empeñan en negar. Lo que todos aquellos que presenciamos de cerca el proceso sabemos y Creel ha decidido revelar. La forma en la cual las televisoras elaboraron una iniciativa y lograron su aprobación fast-track en el Congreso, gracias al temor de los candidatos, al miedo de los diputados, a la captura de los partidos. El PAN, el PRI, el PRD. Felipe Calderón y Roberto Madrazo y Andrés Manuel López Obrador. Víctimas voluntarias de la imposición que Creel describe y los operadores políticos de los tres partidos se rehúsan a admitir. “Ah, caray!… Yo no me di cuenta (de la imposición). Hubo absoluta libertad. Incluso dijo expresamente el coordinador parlamentario Héctor Larios: voten como quieran”, declara un exsenador panista. Cuando quienes estuvieron en la reunión con Larios en abril del 2006 saben que no es así.
Pruebas, queremos pruebas, insisten los allegados de las televisoras. Si la Ley de Radio y Televisión fue producto de presiones que lo demuestren, insiste la Cámara de la Industria de la Radio y la Televisión. Pues las pruebas han estado allí desde hace un año para quien las quiera ver. Pruebas de imposición y colusión y claudicación. Documentadas en los libros sobre la campaña de Felipe Calderón y las entrevistas que concedió. Evidenciadas en las declaraciones de quienes participaron en las reuniones donde Pablo Gómez y Roberto Madrazo y Manuel Espino –entre otros– pidieron el voto de sus bancadas, porque de lo contrario sus candidatos corrían el riesgo de perder la elección. Reveladas en las grabaciones telefónicas de Javier Tejado Dondé –empleado de Televisa– a los miembros de la CIRT, donde exigía su apoyo y sugería cómo demostrarlo. Ejemplificadas por los resultados y las recompensas y los conflictos de interés que produjo una ley a modo, diseñada para apuntalar privilegios en vez de acotarlos. Hoy Héctor Osuna –quien cabildeó la ley en el Senado– es el presidente de la Cofetel. Hoy, el órgano regulador creado por la Ley Televisa está capturado por los intereses que debería regular, como lo declaró recientemente Luis Téllez al Financial Times.
Sin duda al hablar como lo ha hecho, Santiago Creel ha contribuido a airear todo esto. Y habrá que agradecérselo. Pero sus declaraciones son sólo el primer paso de la larga ruta de retorno en busca del honor perdido. Porque durante demasiado tiempo escogió la ruta típica del pasado político mexicano; la ruta fácil; la ruta de aquí no pasa nada; la ruta que lastimó a México. Dado el daño que causó, tendrá que hacer mucho más para ser tratado con compasión, para ser recibido con besos, para ser aceptado con los brazos abiertos. Tendrá que demostrar un compromiso consistente e inequívoco con las causas democráticas, para que de él se pueda decir: “estaba muerto y está vivo otra vez; estaba perdido y fue hallado”.
Al igual que el hijo pródigo, derrochó todo aquello que se le había entregado: el bono democrático y la confianza en quienes se encargarían de administrarlo, el anhelo de un gobierno distinto y la posibilidad de aspirar a él. México sería un lugar mejor después del 2000 porque había llegado al poder alguien con las credenciales democráticas de Santiago Creel, se decía. Se escuchaba. Se predecía porque había motivos para pensar así. “Consejero ciudadano” del IFE durante las etapas iniciales de su remodelación. Crítico del fraude electoral en Tabasco en 1994 y uno de los que se abocó a recabar información para probarlo. Promotor del juicio político a Roberto Madrazo y uno de sus principales contrincantes. Artífice del Acuerdo de Chapultepec y los avances democráticos que propulsó.
Alguien que a lo largo de los años –pelea tras pelea– había ido acumulando capital político y ganas de usarlo para bien. Pero llegó a la Secretaría de Gobernación y dejó de ser quien era para convertirse en quien no debió haber sido. El hombre vertical se volvió el político torcido. El defensor de la democracia se volvió uno de sus saboteadores. El promotor de las mejores causas se volvió el defensor de las peores. Santiago Creel empezó a pensar tanto en sí mismo que ya no le quedó tiempo para pensar en el país. Comenzó a importarle tanto la candidatura presidencial que vendió el alma para asegurarla. La vanidad condujo a las actitudes más fatuas y la ambición a las estrategias más cuestionables. Fue tal su afán de mandar en Los Pinos que estuvo dispuesto a prostituirse políticamente para llegar allí. Y como el hijo pródigo, acabó alimentando puercos.
Acabó malgastando el prestigio que la transición democrática le había heredado. La lista del derroche es larga y los errores que cometió a lo largo del sexenio de Vicente Fox también. Atenco y la falta de operación política que demostró. El decretazo y la primera claudicación frente a las televisoras que entrañó. El desafuero y las reglas del juego democrático que tergiversó. La estrategia de concertación con las partes más podridas del PRI y el acorralamiento presidencial que produjo. Las concesiones para los casinos y la expoliación popular que con ellas avaló. Pecados mayores con consecuencias profundas y de largo plazo para la patria. Acciones que explican por qué la palabra “pródigo” está asociada con el dispendio extravagante y definida en los diccionarios de esa manera. Razones de fondo y de más para desviar la mirada, agachar la cabeza, pedir perdón.
Y ahora intenta hacerlo al declarar que la Ley de Radio y Televisión –mejor conocida como la Ley Televisa– fue producto de una “imposición”. No se aprobó de la manera correcta, afirma. Permite la perpetuación de los privilegios, argumenta. Finalmente uno de los responsables del debilitamiento del Estado asume su responsabilidad. Finalmente, uno de los cómplices de la claudicación del gobierno frente a los poderes fácticos se asume como tal. Aunque tarde y de manera extemporánea, Creel demuestra un afán de autocrítica que pocos están dispuestos a demostrar. Pero no queda claro por qué. ¿Acaso llega al Senado y se descubre políticamente apestado allí? ¿O resiente haberle concedido tanto a las televisoras y acabar maltratado por ellas? ¿O intenta ayudarle a Felipe Calderón al justificar su propio doblegamiento durante la campaña? ¿O se despierta una mañana y recobra la conciencia que había perdido? Sea cual sea la explicación, Santiago Creel sorprende.
De forma parecida al hijo pródigo, recobra los sentidos e intenta volver a casa. Después de un sexenio intentando llenarse el estómago con las vainas destinadas a los porcinos, se descubre hambriento, cansado, derrotado. Decide tirarse a la merced de todos aquellos que se sintieron traicionados por él y quizás espera ser perdonado sin miramientos. Por ello habla de la necesidad de participar en un debate sobre la Ley Televisa “que la sociedad reclama” y él – un año después– busca promover. Por ello se dice dispuesto a asumir los “costos políticos y personales” que entraña enfrentar a los poderes atrincherados en vez de congraciarse con sus líderes. Por ello enfatiza la necesidad de la reflexión autocrítica de sus actos y de sus omisiones. Sabe que ya no puede ser considerado un hijo de las causas que algún día enarboló.
Su camino de regreso al lugar de donde partió tiene algo de meritorio, porque ayuda a esclarecer los baches, los hoyos, los desperfectos de la democracia. La tergiversación del proceso legislativo que la aprobación de la Ley Televisa propició. Lo que Emilio Gamboa y Manlio Fabio Beltrones y Héctor Osuna se empeñan en negar. Lo que todos aquellos que presenciamos de cerca el proceso sabemos y Creel ha decidido revelar. La forma en la cual las televisoras elaboraron una iniciativa y lograron su aprobación fast-track en el Congreso, gracias al temor de los candidatos, al miedo de los diputados, a la captura de los partidos. El PAN, el PRI, el PRD. Felipe Calderón y Roberto Madrazo y Andrés Manuel López Obrador. Víctimas voluntarias de la imposición que Creel describe y los operadores políticos de los tres partidos se rehúsan a admitir. “Ah, caray!… Yo no me di cuenta (de la imposición). Hubo absoluta libertad. Incluso dijo expresamente el coordinador parlamentario Héctor Larios: voten como quieran”, declara un exsenador panista. Cuando quienes estuvieron en la reunión con Larios en abril del 2006 saben que no es así.
Pruebas, queremos pruebas, insisten los allegados de las televisoras. Si la Ley de Radio y Televisión fue producto de presiones que lo demuestren, insiste la Cámara de la Industria de la Radio y la Televisión. Pues las pruebas han estado allí desde hace un año para quien las quiera ver. Pruebas de imposición y colusión y claudicación. Documentadas en los libros sobre la campaña de Felipe Calderón y las entrevistas que concedió. Evidenciadas en las declaraciones de quienes participaron en las reuniones donde Pablo Gómez y Roberto Madrazo y Manuel Espino –entre otros– pidieron el voto de sus bancadas, porque de lo contrario sus candidatos corrían el riesgo de perder la elección. Reveladas en las grabaciones telefónicas de Javier Tejado Dondé –empleado de Televisa– a los miembros de la CIRT, donde exigía su apoyo y sugería cómo demostrarlo. Ejemplificadas por los resultados y las recompensas y los conflictos de interés que produjo una ley a modo, diseñada para apuntalar privilegios en vez de acotarlos. Hoy Héctor Osuna –quien cabildeó la ley en el Senado– es el presidente de la Cofetel. Hoy, el órgano regulador creado por la Ley Televisa está capturado por los intereses que debería regular, como lo declaró recientemente Luis Téllez al Financial Times.
Sin duda al hablar como lo ha hecho, Santiago Creel ha contribuido a airear todo esto. Y habrá que agradecérselo. Pero sus declaraciones son sólo el primer paso de la larga ruta de retorno en busca del honor perdido. Porque durante demasiado tiempo escogió la ruta típica del pasado político mexicano; la ruta fácil; la ruta de aquí no pasa nada; la ruta que lastimó a México. Dado el daño que causó, tendrá que hacer mucho más para ser tratado con compasión, para ser recibido con besos, para ser aceptado con los brazos abiertos. Tendrá que demostrar un compromiso consistente e inequívoco con las causas democráticas, para que de él se pueda decir: “estaba muerto y está vivo otra vez; estaba perdido y fue hallado”.
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