viernes, junio 29, 2007

Exiliados en nuestro idioma

Juan Villoro

A últimas fechas nada me parece tan enigmático como la forma en que una persona se convence de algo. Talvez el asunto tenga que ver con la importancia mediática que ha adquirido la justicia. Los 11 miembros de la Suprema Corte se han transformado en figuras más decisivas que los seleccionados nacionales. La gente se aprende sus dobles apellidos y los somete a simpatías y diferencias. La situación ha llegado al último refugio de la cultura pop: el inconsciente. El otro día mi amigo Nacho soñó que era juez. La votación estaba 7 a 3 y él aún no formaba su criterio. En ese momento aparecía yo y le decía cosas tan raras que lo convencía de dar el decisivo octavo voto.

Curiosamente, en la vida real nunca he logrado que Nacho cambie de opinión. Anteayer nos encontramos en la Casa Refugio Citlaltépetl, donde el escritor argentino Marcelo Cohen daba una conferencia, y me preguntó a bocajarro: "¿Todavía defiendes a Hugo Sánchez?" La pregunta venía a cuento porque México jugaba contra Brasil y porque en futbol nada divierte tanto como estar en desacuerdo.

Junto a nosotros se encontraba Joselo, de Café Tacuba. "No soy tan aficionado al futbol", informó para disculparse por no intervenir en la polémica que se avecinaba.

Joselo contó que había descubierto los libros de Cohen por recomendación de los Babasónicos, lectores fervorosos del autor de El oído absoluto. Nacho y yo estábamos seguros de que valía la pena cambiar el México-Brasil por esa conferencia, pero no podíamos desperdiciar el tiempo de espera, de modo que intercambiamos diferencias acerca de la forma en que chuta el espíritu nacional.

Ofrecí mi parecer: "México tiene una selección reactiva, que baila al son que le toquen: gana con apuros ante los malos y pierde de maravilla ante los buenos. Además, el entrenador influye menos de lo que pensamos. Acabo de estar en Monterrey: hace 25 años que los Tigres no ganan un título. Han contratado a 13 técnicos que han sido campeones y ninguno ha tenido la varita mágica". Esta información se encuentra en cualquier parte. Si dije que había estado en Monterrey fue para que sonara a periodismo de investigación. Mala táctica. Nacho me vio con el afecto que le merecen los amigos que se aturden: "No me convences". Joselo sonrió ante las discrepancias. Para un rockero que licua multitudes en un solo ánimo colectivo, debe de ser curioso que un estadio se llene con 100 mil presuntos entrenadores que piensan distinto.

Sacó su celular y prometió monitorear el curso del partido mientras hablaba Cohen. Como Joselo es más normal que nosotros, podría hacerlo sin poner caras de agonía.

De manera emblemática, la conferencia trataba de las diferentes cosas que se entienden en la misma lengua. De 1975 a 1996, Cohen vivió en Barcelona y tradujo cerca de 40 títulos a un idioma que no era del todo el suyo, pues debía satisfacer el gusto de los editores españoles. Esto lo llevó a practicar un contrabando al menudeo: evitaba expresiones burdamente castizas y hacía que el español de América llegara por goteo a los lectores. Al mismo tiempo, trasvasar lenguas ajenas le permitió fortalecer la propia, perfilar un lenguaje de su invención, salpicado de neologismos que se entienden por contexto. Un ejemplo: en su más reciente novela, Donde yo no estaba, el deporte favorito es el "balompo".

La conferencia transcurrió como un fascinante traslado, un medio de comunicación tipo alfombra mágica. Durante una hora nos situamos en el exilio, ante un escritor que rehuía la asimilación servil al idioma de acogida, pero también la defensa patriotera de la lengua madre, y sentía que fracasaba en ambos frentes. "La literatura nace de un desacuerdo", dijo Cohen. No se narra para comunicar algo que se sabe sino para transmitir un desconcierto, para contar un error de la realidad. La ficción pacta con la duda, las reticencias, lo aproximativo; es lo opuesto a la rotunda certeza de quien ya leyó el testamento del destino.

Cohen mostró cómo resiste una lengua menor, cercada por la norma. Mientras tanto, en una realidad paralela, ocurría otro "balompo": México luchaba contra Brasil y yo pensaba en argumentos irreductibles para convencer a Nacho, temiendo que enfrentara mi proselitismo como una obra abierta.

Habitamos islas simultáneas: negar el pensamiento único en la literatura puede coexistir con tener opiniones contundentes fuera de ella. Si el arte da hospitalidad al desacuerdo, el futbol, la política o la jurisprudencia entienden la discrepancia como un punto de partida para convencer y tener razón.

La conferencia terminó con estas espléndidas palabras: "Un espacio hipotético se vuelve banal si no se ofrece como lugar de reunión, de comunidad, de ágape; si no intenta crear tejido fresco en el gran síntoma del cuerpo extenso que somos. Creo que lugares así, traducciones o ficciones digamos originales, son también encuentros de voces, de multitud de voces, y centros desechables, locales pero siempre provisionales, de agitación de la lengua del estereotipo, ahora cada vez más internacional, en pro de una expresión polimorfa, no adaptativa, no neutral sino altamente impura. Una sola regla formal de cautela me ha dejado el carácter vitalicio del exilio, y es que dentro de esos lugares la extravagancia no debe anular la comunicación".

Mientras Cohen defendía la reunión de lo diverso, México le ganaba 2-0 a Brasil. Lo supimos por el celular de Joselo. Vi a Nacho. ¿Cambiaría al fin de opinión? "Hugo no me convence", dijo con granítica congruencia.

Estamos exiliados en nuestra propia lengua; si nos entendiéramos de principio a fin, si pudiéramos convencer al otro de cualquier cosa, no existiría la ficción ni su elocuente incertidumbre.

Tampoco existirían los sueños, el terreno compensatorio donde Nacho es ministro de la Corte y yo lo convenzo de que vote por Hugo Sánchez.

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