martes, julio 24, 2007

La ballena y la chinampa

Denise Dresser

Ya llegó. Ya está allí, en la cima. Arriba de Bill Gates y de Warren Buffet. El número uno del mundo y orgullosamente “Hecho en México”. Con una fortuna estimada de 62.9 mil millones de dólares, que equivale a 8% del Producto Interno Bruto del país. Carlos Slim, un síntoma más del capitalismo disfuncional que estrangula a la economía mexicana e inhibe su evolución. Carlos Slim, el monopolista más exitoso por ser el menos acotado. Carlos Slim, creación de los gobiernos omisos y los consumidores pasivos y las instituciones capturadas y las reglas que quienes tienen poder han logrado poner a su servicio.

En México hay quienes no pierden el sueño por lo que el Sr. Slim representa y las implicaciones del imperio expansivo que ha logrado construir. Piensan que es el Gates mexicano y hay que evaluarlo así: un monopolista más que sobresale gracias a su talento y a su extraordinario espíritu empresarial. Pero la comparación es engañosa porque ignora la forma distinta en la cual se han construido ambas fortunas y el impacto contrastante que tienen en la economía que operan. En Estados Unidos, Bill Gates es una barracuda dentro del río Mississippi, en el cual nadan otros peces igualmente grandes, agresivos y competitivos. Allí el gobierno es un yate enorme que los vigila y asegura que naden en igualdad de condiciones. Pero en México Carlos Slim es una ballena en el lago de Chapultepec y el gobierno es una chinampa.

Sí, una chinampa flotante llena de flores y frutas. Impotente e impasible ante el poder de la ballena que ha alimentado durante más de 17 años, desde la privatización de Telmex. Diecisiete años en los cuales el gobierno pudo haber establecido las condiciones de la competencia pero no lo hizo. Diecisiete años en los cuales pudo haber desmantelado las barreras de entrada a nuevos jugadores en el mercado pero no lo logró. Diecisiete años en los que pudo haber actuado para apoyar a los consumidores pero optó por beneficiar a quien se aprovecha de ellos. Y esa es una de las razones principales detrás de la acumulación de riqueza que el país presencia con azoro. Como argumenta un artículo reciente en el Financial Times, para ser tan rico como Carlos Slim hay que invertir en mercados ineficientes, en sectores protegidos, en compañías con diques altos construidas alrededor. Hay que controlar quién nada en el lago de Chapultepec, y Carlos Slim lo ha logrado en alianza con el operador de la chinampa.

El ascenso vertiginoso de Carlos Slim en la escena nacional y global no puede atribuirse tan sólo a las cualidades que indudablemente posee. Su avance no es nada más un reflejo de sus instintos. La construcción de lo que el politólogo George Grayson llama Slimlandia ha sido posible gracias al modelo económico del país y los problemas que presenta. Gracias a la falta de reglas para el control y la alimentación de las ballenas. La debilidad institucional, la captura regulatoria, la concentración de la riqueza en la élite empresarial y las políticas públicas contrarias al interés público que todo esto produce.

En México, los intereses particulares han logrado poner ciertas ramas del gobierno bajo su control, y quizás no hay ejemplo más claro de esto que en las telecomunicaciones. Sexenio tras sexenio, la Cofetel ha incurrido en omisiones o ha promovido acciones que benefician al Sr. Slim a costa de los consumidores. Ha convertido a los ciudadanos en plankton con el cual se alimenta a un mamífero cada vez más grande, cada vez más presente, cada vez más facultado para dictar los términos del juego económico del país y establecerlos en su favor.

Slim es la creación más notable de aquello que los economistas William Baumol, Robert Litan y Carl Schramm exploran en su nuevo libro Good Capitalism/Bad Capitalism. Allí explican por qué algunos países prosperan y otros se estancan; por qué algunos países promueven la equidad y otros no logran asegurarla. La respuesta se encuentra en la mezcla correcta de Estado y mercado, de regulación e innovación. La clave del éxito se halla en el modelo económico, en la decisión de promover el capitalismo de Estado o el capitalismo oligárquico o el capitalismo de las grandes empresas o el capitalismo democrático.

Lamentablemente México posee rasgos de los primeros tres tipos y está todavía lejos de acceder al cuarto. Al capitalismo exitoso donde el Estado no protege privilegios, defiende cotos, elige ganadores y permite la perpetuación de un pequeño grupo de oligarcas con el poder para vetar reformas que los perjudican. Al capitalismo en el cual las autoridades se limitan a crear condiciones para los mercados abiertos, competitivos, innovadores, que proveen mejores productos a precios más baratos para los consumidores. Ese “buen capitalismo” cuya ausencia en nuestro país explica la existencia de personas como Carlos Slim. Porque ése es el origen de su fortuna. Sus ganancias reales no provienen del capitalismo democrático, sino de inversiones en sectores concentrados, protegidos, regulados, donde ha logrado capturar al regulador. No ha tenido que romper reglas porque las que existen lo benefician. No ha tenido que adelgazar porque quienes están montados sobre la chinampa viven muy bien recostados bajo su sombra.

Una sombra que crece con cada nueva entrega de la lista Forbes y con cada alza de la Bolsa. Una sombra que oscurece el hecho ineludible que incluso los defensores del Sr. Slim deberían reconocer: la economía mexicana está cayendo en los principales indicadores de competitividad, en gran medida debido a lo que ocurre en las telecomunicaciones. Conforme la ballena se expande, el país pierde terreno.

Y por ello el papel de Carlos Slim en México es un papel ambiguo, ambivalente. Intenta presentarse como un promotor del desarrollo, pero muchas de sus prácticas empresariales lo inhiben. Busca presentarse como un filántropo notable que regresa algo al país que lo produjo, mientras sigue extrayendo rentas de allí. Slim encarna las contradicciones del capitalismo de baja calidad, en un país donde los “campeones nacionales” son aplaudidos aunque sus prácticas anticompetitivas coarten el crecimiento. Pero esas contradicciones no serán resueltas hasta que los consumidores mexicanos pesen más que el monopolista que han contribuido a crear. Hasta que los capitanes de la chinampa obliguen a la ballena a bajar de peso, en lugar de celebrar cuánto la han ayudado a engordar.

3 comentarios:

Gustavo dijo...

Para el pensamiento anarquico, este articulo se puede ir a la basura. Ni Estado, ni capitalismo. La mezcla de los dos se llama mierda.

JA dijo...

A mi me parece que la reflexion que hace Denise sobre el "capitalismo de compadres" de México y Slim es perfectamente valida.

La mezcla de estado y capitalismo puede ser una mierda si asi le parece al "pensamiento anarquico" (what is that?), pero desgraciadamente es lo que hay... creo que el analisis del estado actual de las cosas pasa de entrada por la critica y no por la descalificacion.

Gustavo dijo...

Estoy de acuerdo en promover la critica y no la descalificacion. Pero cual reflexion? Ya sabemos como funcionan las cosas en el capitalismo (ahi vivimos). Yo creo que el caso de Slim es simplemente la consecuencia del capitalismo mas puro que existe, del verdadero y mas "natural". Cuando Denise habla de "controlar la concentracion de la riqueza en la elite empresarial" me parece contradictorio. En el capitalismo no se controla sino se deja libre la acumulacion de riqueza. O que es eso de "capitalismo democratico"? Nace como una flor silvestre o se construye? En donde existe eso de "igualidad de condiciones" en el capitalismo segun Denise?

El pensamiento anarquico es aquel que propugna la desaparicion del Estado y de todo el poder.