domingo, julio 01, 2007

Libraco

MIGUEL BARBERENA

Sergio Pitol,
El arte de la fuga,
Ediciones Era,
México, 2007.

El arte de la fuga, publicado primeramente en 1996 y reeditado ahora en formato de bolsillo, es la original memoria que sacó a Sergio Pitol de su fase esperpéntica y lo catapultó al Premio Cervantes 2005. El libro tuvo tal éxito que su autor repitió la fórmula, y a veces páginas enteras, en sus dos siguientes obras, El viaje (2001) y El mago de Viena (2005). En El arte de la fuga, Pitol dio con un género que mezcla autobiografía, ensayo literario, crónica de viaje, diarios íntimos y hasta algún esbozo de lo que podría haber sido uno de sus relatos o un fragmento de novela; un collage de textos armado a la manera geométrica del Torso, de Malevich, que sirve de portada a esta reedición.

"Toda mi vida no había sido sino una perpetua fuga", escribe Pitol para explicar el título del libro. Una fuga que empezó en 1961, a los veintiocho años, cuando tomó el barco que lo llevó por primera vez al extranjero. Allá se quedó, entre Roma, Barcelona, Pekín, Varsovia, Moscú, Praga, con un pie en la diplomacia y el otro en la literatura, hasta 1988, cuando regresó a Xalapa, tierra chica. "Yo me sentía arrinconado en México", dice Pitol al emprender la partida. Con el tiempo se convertiría en el cosmopolita de la literatura mexicana moderna, un verdadero excéntrico.

Este libro no fue su primer ejercicio de memoria. Ya en 1965 había publicado una Autobiografía precoz de la que renegó después. "Nunca la había releído – escribe Pitol–. Cuando lo hice (en 1988) me sentí asqueado, sobre todo de mi lenguaje. No me reconocí para nada en la imagen esbozada en Varsovia en 1965."

La primera parte del libro, titulada Memoria, arranca en Venecia, como hizo en la primera novela, El tañido de una flauta (1972). Aquí Pitol cierra un circulo, en la ciudad de los canales, "la más excéntrica y espectacular de todas": muerte en Venecia, Pitol á la recherche…

Muchos de acá debemos a los ensayos y traducciones de Pitol el descubrimiento de escritores como Tabucchi, Vila-Matas o el polaco Gombrowicz ("El lunes cobraré parcialmente la traducción de Cosmos", escribe Pitol en el Diario de Escudillers, el 9 de junio de 1969), nombres que aparecen repetidamente en la memoria de Pitol. Otros protagonistas de El arte de la fuga: Thomas Mann, Chéjov, Faulkner, José Vasconcelos, j. l. Borges, Perez Galdós, Henry James y, desde luego, el ubicuo Monsiváis. Todo está en todo, nos dice Pitol, only connect: "Uno es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas." En pintura, Pitol es Max Beckmann y Vermeer; en música, Mozart y Stravinsky; las calles recorridas están en Samaracanda, Atoyac, Sródborow, Viena, San Cristóbal de las Casas.

"El lazo que conecta todas estas experiencias es la literatura", escribe Pitol. Una literatura de alto nivel, un libro fundamental en la obra del escritor.

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