Juan Villoro
Poncho Nateras es un visionario que vive en un cuarto de azotea. Se instaló ahí en 1975 como quien se muda a un faro o un minarete: un espacio aparte, rodeado de antenas de televisión y cuerdas para colgar la ropa, un camarote para un sedentario que busca tempestades de la mente.
Escogió el sitio porque Jack Kerouac se encerró en México en un cuarto de azotea a escribir a ritmo de free jazz y meditar como budista estimulado por benzedrinas.
La amistad con Poncho ha sido inquebrantable salvo por un episodio que consigno para que se entienda esta historia. En 1977 fuimos de campamento a Zipolite, bastión jipi del Pacífico, y nos enamoramos de la misma gringa. Hubiéramos dejado de ser amigos si ella le hubiera hecho caso a alguno de los dos. Wendy prefirió a un campeón de surfing pero fue ambigua al partir, acaso para garantizar que la recordáramos 30 años después. Ella me regaló un diente de tiburón, Poncho me lo pidió prestado y lo perdió. Dejé de hablarle durante un mes.
Habíamos ido a Zipolite con dos ejemplares de En el camino, la novela maestra de Kerouac. Hasta la fecha, el mío tiene granitos de arena. Cuando acabé de leerlo, le hablé a Poncho para saber si había encontrado mi diente.
Él juró que no lo tenía. No le creí, pero nuestro entusiasmo por la novela de Kerouac nos reconcilió.
Hace unos días, Poncho bajó de su azotea con las visiones que capta entre antenas de televisión. Se mantiene en forma porque sigue un manual de ejercicios en espacio restringido para marinos noruegos. Durante un tiempo también estudió la respiración circular de los saxofonistas, no con el fin de tocar, sino para hablar como si las pausas no existieran.
En este mundo metódico, hasta el frenesí responde a ciclos culturales. Es obvio que Poncho forjó su estilo oratorio en los setenta, una época arrebatada. Esta vez llegó a decirme que En el camino cumplía 50 años.
Conservo el ejemplar que compré el 14 de julio de 1977 en 48.50 pesos. Sólo subrayé una línea, que curiosamente es la pregunta de un sheriff: "¿Van ustedes a algún sitio, muchachos, o simplemente van?". Kerouac propone viajar sin más rumbo que el viaje mismo. Según la leyenda, tecleaba en rollos de télex para no interrumpirse con el recambio de hojas ("eso no es escribir, es mecanografiar", comentó maliciosamente Truman Capote), leía la Enciclopedia Británica con la fruición de quien lee una novela por entregas y nunca rehuyó el apoyo de sustancias que pudieran llevarlo a un nirvana provisional. Cowboy iluminado, encandiló a una generación con sus intensas travesías por desiertos y arrabales. México fue para él un país fascinante y abyecto, maravilloso y digno de compasión, la meta ideal de En el camino, la novela que publicó a los 35 años. Como los detectives salvajes de su discípulo Bolaño, sus protagonistas asumen la vida como una obra de arte, una investigación rebelde de la realidad.
Poncho recordó la benéfica deuda de Bolaño con Kerouac, y luego la mía, totalmente fallida.
-Tu primera novela fue tremenda -comentó, entrecerrando los ojos como si una guitarra eléctrica reverberara en su cabeza.
Inspirado en una frase de Henry Miller, escribí Hacia adelante, a ningún lugar, novela demasiado fiel a su título. Poncho fue uno de los pocos que la leyó. Recuerdo su dictamen de monje kung-fu: "Se puede estar perdido sin que eso sea interesante". Durante unos años guardé el manuscrito, esperando que el mundo cambiara lo suficiente para que la relectura fuera una sorpresa. En verdad lo fue: la novela era aún peor de lo que pensaba Poncho. En ese momento, como agitada por la providencia, sonó la campana de un camión de la basura. Salí a la calle y rendí mi manuscrito. Esa noche fui al cuarto de azotea de mi amigo y le conté lo ocurrido. Él habló de lo purificador que es aniquilar el yo.
En su reciente visita se refirió al legado de Kerouac:
-Tienes que escribir sobre los 50 años de En el camino.
No podía decirle que escribiera él porque le gusta imaginar cosas sin rebajarse a que existan. Como siempre, juzgó que la mejor forma de estimularme era la crítica:
-¿Sabes cuál es tu problema?
Durante 35 años, Poncho Nateras ha encontrado respuestas religiosas, políticas, eróticas, astrológicas y futbolísticas a esta pregunta. Ahora mis limitaciones eran de estilo:
-Kerouac merece un homenaje vivo: tú eres muy libresco -el poeta sin obra dio un manotazo y mató un mosquito, talvez sin querer. Luego me vio como un hari-krishna que espera una confesión o un donativo.
¿Aún es posible leer En el camino como manual de instrucciones para la autopista existencial? Mientras yo pensaba en la vigencia del texto, Poncho volvió a los imperativos de la vida real:
-A fines de septiembre de 1956, Kerouac regresó a México por quinta vez. Tú naciste en esos días en el Hospital de las Américas, a unas cuadras de su casa en la calle de Orizaba. ¿No crees que le debes un artículo? Sólo te pido un favor: no escribas como alguien que lee sino como alguien que vive.
Iba a decirle que la lectura es una forma de la vida pero agitó las manos como brujo en trance y recitó un pasaje de Tristessa:
-"Se escucha un tremendo rugido de un avión de Pan American que desciende al aeropuerto de la Ciudad de México con pasajeros de Nueva York que buscan que sus sueños terminen de manera diferente".
-Te estás poniendo libresco -dije para molestarlo.
Entonces sacó algo del bolsillo: un diente de tiburón.
-Lo encontré en mi ejemplar de En el camino.
¿Tenía sentido recibir un talismán de 1977, cuando confundimos las páginas de una novela con nuestra biografía? ¿Qué sugería el vaquero místico? ¿Que un diente de tiburón podía salir de un libro para probar que lectura y experiencia son actos idénticos?
En el camino ha cumplido 50 años. El tiempo pasa, pero la novela aún busca que el sueño termine de manera diferente.
Poncho Nateras es un visionario que vive en un cuarto de azotea. Se instaló ahí en 1975 como quien se muda a un faro o un minarete: un espacio aparte, rodeado de antenas de televisión y cuerdas para colgar la ropa, un camarote para un sedentario que busca tempestades de la mente.
Escogió el sitio porque Jack Kerouac se encerró en México en un cuarto de azotea a escribir a ritmo de free jazz y meditar como budista estimulado por benzedrinas.
La amistad con Poncho ha sido inquebrantable salvo por un episodio que consigno para que se entienda esta historia. En 1977 fuimos de campamento a Zipolite, bastión jipi del Pacífico, y nos enamoramos de la misma gringa. Hubiéramos dejado de ser amigos si ella le hubiera hecho caso a alguno de los dos. Wendy prefirió a un campeón de surfing pero fue ambigua al partir, acaso para garantizar que la recordáramos 30 años después. Ella me regaló un diente de tiburón, Poncho me lo pidió prestado y lo perdió. Dejé de hablarle durante un mes.
Habíamos ido a Zipolite con dos ejemplares de En el camino, la novela maestra de Kerouac. Hasta la fecha, el mío tiene granitos de arena. Cuando acabé de leerlo, le hablé a Poncho para saber si había encontrado mi diente.
Él juró que no lo tenía. No le creí, pero nuestro entusiasmo por la novela de Kerouac nos reconcilió.
Hace unos días, Poncho bajó de su azotea con las visiones que capta entre antenas de televisión. Se mantiene en forma porque sigue un manual de ejercicios en espacio restringido para marinos noruegos. Durante un tiempo también estudió la respiración circular de los saxofonistas, no con el fin de tocar, sino para hablar como si las pausas no existieran.
En este mundo metódico, hasta el frenesí responde a ciclos culturales. Es obvio que Poncho forjó su estilo oratorio en los setenta, una época arrebatada. Esta vez llegó a decirme que En el camino cumplía 50 años.
Conservo el ejemplar que compré el 14 de julio de 1977 en 48.50 pesos. Sólo subrayé una línea, que curiosamente es la pregunta de un sheriff: "¿Van ustedes a algún sitio, muchachos, o simplemente van?". Kerouac propone viajar sin más rumbo que el viaje mismo. Según la leyenda, tecleaba en rollos de télex para no interrumpirse con el recambio de hojas ("eso no es escribir, es mecanografiar", comentó maliciosamente Truman Capote), leía la Enciclopedia Británica con la fruición de quien lee una novela por entregas y nunca rehuyó el apoyo de sustancias que pudieran llevarlo a un nirvana provisional. Cowboy iluminado, encandiló a una generación con sus intensas travesías por desiertos y arrabales. México fue para él un país fascinante y abyecto, maravilloso y digno de compasión, la meta ideal de En el camino, la novela que publicó a los 35 años. Como los detectives salvajes de su discípulo Bolaño, sus protagonistas asumen la vida como una obra de arte, una investigación rebelde de la realidad.
Poncho recordó la benéfica deuda de Bolaño con Kerouac, y luego la mía, totalmente fallida.
-Tu primera novela fue tremenda -comentó, entrecerrando los ojos como si una guitarra eléctrica reverberara en su cabeza.
Inspirado en una frase de Henry Miller, escribí Hacia adelante, a ningún lugar, novela demasiado fiel a su título. Poncho fue uno de los pocos que la leyó. Recuerdo su dictamen de monje kung-fu: "Se puede estar perdido sin que eso sea interesante". Durante unos años guardé el manuscrito, esperando que el mundo cambiara lo suficiente para que la relectura fuera una sorpresa. En verdad lo fue: la novela era aún peor de lo que pensaba Poncho. En ese momento, como agitada por la providencia, sonó la campana de un camión de la basura. Salí a la calle y rendí mi manuscrito. Esa noche fui al cuarto de azotea de mi amigo y le conté lo ocurrido. Él habló de lo purificador que es aniquilar el yo.
En su reciente visita se refirió al legado de Kerouac:
-Tienes que escribir sobre los 50 años de En el camino.
No podía decirle que escribiera él porque le gusta imaginar cosas sin rebajarse a que existan. Como siempre, juzgó que la mejor forma de estimularme era la crítica:
-¿Sabes cuál es tu problema?
Durante 35 años, Poncho Nateras ha encontrado respuestas religiosas, políticas, eróticas, astrológicas y futbolísticas a esta pregunta. Ahora mis limitaciones eran de estilo:
-Kerouac merece un homenaje vivo: tú eres muy libresco -el poeta sin obra dio un manotazo y mató un mosquito, talvez sin querer. Luego me vio como un hari-krishna que espera una confesión o un donativo.
¿Aún es posible leer En el camino como manual de instrucciones para la autopista existencial? Mientras yo pensaba en la vigencia del texto, Poncho volvió a los imperativos de la vida real:
-A fines de septiembre de 1956, Kerouac regresó a México por quinta vez. Tú naciste en esos días en el Hospital de las Américas, a unas cuadras de su casa en la calle de Orizaba. ¿No crees que le debes un artículo? Sólo te pido un favor: no escribas como alguien que lee sino como alguien que vive.
Iba a decirle que la lectura es una forma de la vida pero agitó las manos como brujo en trance y recitó un pasaje de Tristessa:
-"Se escucha un tremendo rugido de un avión de Pan American que desciende al aeropuerto de la Ciudad de México con pasajeros de Nueva York que buscan que sus sueños terminen de manera diferente".
-Te estás poniendo libresco -dije para molestarlo.
Entonces sacó algo del bolsillo: un diente de tiburón.
-Lo encontré en mi ejemplar de En el camino.
¿Tenía sentido recibir un talismán de 1977, cuando confundimos las páginas de una novela con nuestra biografía? ¿Qué sugería el vaquero místico? ¿Que un diente de tiburón podía salir de un libro para probar que lectura y experiencia son actos idénticos?
En el camino ha cumplido 50 años. El tiempo pasa, pero la novela aún busca que el sueño termine de manera diferente.
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