martes, junio 19, 2007

Dylan, el otoño del profeta

Roberto Ponce

Creador de Blowing In The Wind, himno de la protesta juvenil y por la paz en los años sesenta que en México se conoce como “La respuesta está en el viento”, Bob Dylan es el primer artista estadunidense en conquistar el premio Príncipe de Asturias 2007 en el rubro de las Letras. Sus viejos fans lo dotaron de un halo santo que elude al Dylan real, machista, inalcanzable.

Este otoño promete ser uno de los más felices en la vida de Bob Dylan: irá a Oviedo para recibir el premio Príncipe de Asturias de las Artes 2007, como anunció la comisión dictaminadora del premio el pasado miércoles 13 en aquella zona montañosa de España.

Las razones del acta difundida por el jurado de 20 expertos hispanos que preside José Lladó Fernández-Urrutia para otorgar dicho lauro a “Robert Allen Zimmerman, Bob Dylan, mito viviente en la historia de la música popular y faro de una generación que tuvo el sueño de cambiar al mundo”, fueron desglosadas así (www.fpa.es):

“Austero en las formas y profundo en los mensajes, Dylan conjuga la canción y la poesía en una obra que crea escuela y determina la educación sentimental de muchos millones de personas.”

Desde su origen en 1981, cada año el Príncipe de Asturias Felipe de Borbón y Grecia entrega los premios de la fundación que lleva su nombre, en ocho rubros del conocimiento y la cultura.

La familia real hispana se puso en contacto con “el revolucionario músico” para comunicarle la concesión del premio, dotado de 50 mil euros y una escultura de Joan Miró que recibirá “posiblemente en octubre”, según el diario español El País, al considerar que Dylan fue “ignorado por España” en el sentido de que su primera presentación data de 1984, en el madrileño estadio del Rayo Vallecano.

En estricto honor a la verdad, su sello marcó al movimiento de la nueva canción catalana (Raimón, Lluis Llach, Joan Manuel Serrat) y otras voces populares como Paco Ibáñez, fuego que sigue encendido para la nueva generación gracias a un Kiko Veneno, quien este siglo grabó su propia versión al castellano en flamenco rock de Atascado con el blues de Memphis. El compendio de 478 páginas armado por Manuel Vázquez Montalbán, Cien años de canción y Music Hall (Seix Barral/Difusora Internacional, Barcelona 1974), capta cómo España atendía a El jefe Dylan:

“Nacido para la música junto al movimiento de la folk song, Dylan evolucionó después hacia la singularidad y hacia un tipo de canción ‘poemática’ planteada como solución de continuidad a la vieja poesía. Un hombre que gusta de falsificar los datos de su vida, incluso su propio nombre, aporta en cambio una gran verdad testimonial mediante sus canciones, a veces se basa en ‘hechos’ concretos, y otras, se limita a traducir un talante de revulsión ante un mundo que se pudre entre viejos pañales y sus insuficientes talcos.”

Esta máscara de Dylan fomentó el carácter fascinante de su propia leyenda, bien establecida en 1974; aquel muchacho de Minnesota llegó en 1961 para debutar en el Carnegie Hall de Nueva York y en pocos años había creado su mejor obra. Más de 400 libros se han acumulado tratando de ordenar la biografía del Dylan “definitivo”; él mismo, cuando en 1999 produjo su último aliento de genialidad artística con el disco Time Out, en sus memorias Chronicles One se guarda de revelar aspectos incómodos como su afición a las drogas, provocando que escatológicos fans hurgaran en los cestos de basura algún resto de sus adicciones.

–¿Qué piensa de las drogas?
–Sólo una vale la pena y se llama Brigitte Bardot.

Al periodista en turno que cuestionaba su cambio de apellido le reviraba una contestación alucinada, distinta cada vez:

“¡Dylan!, siempre me pensé que sería mi nombre y no el verdadero que tengo, Knezelvits, pero quería despistar a esos tipos que se acercaban para pedirme boletos de mis conciertos y ondas así… Tengo un tío que se llamaba Dylon y cambié la letra ‘A’ porque suena mejor...

“No lo tomé de Dylan Thomas, que quede claro… Si creyera que es un poeta tan pero tan grandioso, mejor habría cantado sus poemas y me llamaría Thomas… Es puro cuento eso de que me cambié el apellido en honor a Dylan Thomas, yo he hecho más por Dylan Thomas de lo que él por mí, no me extrañaría que él use mi nombre con fines publicitarios…”

Apocalipsis Dylan

La mentira como arma para seducir le funcionó.

“Mi signo es Géminis y no por darme demasiada importancia, pero hay una escisión; todo Géminis posee dos torrentes, ardiente y frío.”

Le gritaron “¡Judas traidor!”, cuando electrificó su sonido folk en 1963, así que Dylan intuía lo que le deparaba la fama cuando se vestía de camaleón; podía manipular a quien fuera, la prensa o los fans, los señores del dinero. Peor, las mujeres serían víctimas de su misoginia:

Dices que esperas por alguien
que te proteja y te defienda
en las buenas y en las malas,
uno siempre fuerte y jamás débil
pero yo no soy ése, nena, lárgate…

Alguna que otra oveja descarriada entre su séquito se ha atrevido a brincar la montaña sagrada, y habrá quien piense que el Dylan real sólo es accesible hoy a la mirada objetiva de las nuevas generaciones.

Dylan cuenta con la plana mayor de Rolling Stone como semillero de sus acólitos y críticos más preparados, donde se le considera el segundo mejor artista del rock después de Los Beatles. De las crónicas en Rolling Stone a raíz de su gira de 1974 con The Band recopiladas en Knockin’ On Dylan’s Door (Pocket Books, Nueva York), destaca la de Ellen Willis, Dylan and Fans: Looking Back, Going On:

“Dylan siempre ha tenido la tendencia de discriminar a las mujeres, de clasificarlas como diosas para ser idolatradas o perras que puede tirar a la basura sin piedad.”

Es uno de los vasos comunicantes por donde Richard Goldstein cortó frutos para acercarse al verdadero Dylan, como escribió el 15 de mayo de 2006 en su artículo Satellite Dylan (The Nation):

“¿Existe algún gran artista que atraiga solamente a un sexo? Esto pudiera parecer incidental para nuestra discusión de Dylan, pero no lo es. Aun cuando hay críticos que han señalado su mancha sexista, no ha existido un examen profundo de sus políticas sexuales ni su importancia con las demás. La hostilidad hacia las mujeres es un motivo recurrente en las canciones de Dylan, desde Como una piedra que rueda a Viento idiota. Sus canciones abundan en la sumisión femenina, como en la balada Infieles (1983), que dice:

¿Qué hace un bombón como tú
en este lupanar?
Bien sabes que deberías de encerrarte
en casa,
ahí es el sitio de tu pertenencia,
para cuidar al que te ama de verdad
y nunca te haría daño…

“¿Qué pensaría una mujer de esta porquería? No podemos saberlo, ya que en el rock impera el dominio masculino, pero es fácil responder cuando vemos que su público está diseminado en un espectro donde se exalta el poder sexual masculino. El motivo de esto yace en Dylan como gran personaje y héroe.

“Tomemos su proverbial manera de escapar y eludir las cosas: el yo está enmascarado; nada se nos revela. Este disfraz es reflejo de un machismo que permea la cultura norteamericana y siempre ha estado allí. Pensemos en todos aquellos superhéroes con máscaras, o los chicos de películas en el cine negro cuyos ojos brillan en la oscuridad. En el hijo Noé sobre el que cae la maldición por ver a su padre desnudo. Dylan es protagonista de sagas así. Es quien preserva la flama del patriarcado.

“Consideremos este prejuicio en sus canciones: sospecha de las mujeres de mundo y, por tanto, del mundo mismo; rechazo al modernismo, especialmente cuando amenaza los valores tradicionales; rígida religiosidad, quemándose por los infiernos del pecado; la falsa sociedad; la corrupción del amor y, en última instancia, la perversión del orden divino. Son valores que resuenan con tendencia paranoide en el machismo.”

Cuando era muy joven, escribe Goldstein, Dylan templó su poder contra la opresión del poder “ejercido por el hombre blanco”, pero ahora dirige sus pilas para evitar el resquebrajamiento de los mandamientos de Dios y “las jerarquías que amenacen”, rebelándose ahora contra “el ambiente infame” como entona en The World Gone Wrong (“El mundo ha ido mal”, de 1993).

“O sea, no es el esclavo en la granja de Maggie (como en su canción Maggie’s Farm), él habita en ella. Sin pretender decir aquí que el machismo lo determina (¡hay mucho más en Dylan!), tendré que decir en cambio que ha llegado a cierta edad y le pasa lo que a muchos que pisan esos terrenos. Esconde su ambivalencia entre enarbolar la igualdad sexual y la insistencia de que se le reconozcan sus intereses como de un sexo definido, proponiendo demandas en insulto a los fundamentalistas. Los liberales no aceptan su mensaje retrógada cuando va cubierto de políticas conservadoras y esto es justamente lo que brindan las canciones campiranas tan a menudo.

“Pero el hecho de que Dylan sea un crítico de la injusticia, al tiempo que de la liberación, lo hace perder sus limitaciones. Y si nos acercamos nada más a sus textos, es posible que olvidemos que su mística descansa sustancialmente en sus políticas sexuales. Se supone que es el más liberal de los liberales.”

Goldstein, quien comenzó este análisis con la polémica surgida en 1999, cuando el poeta de la beat generation Allen Ginsberg convenció a Dylan para postularlo al premio Nobel de Literatura en cuanto a si el jefe Dylan cuenta con las credenciales suficientes para el galardón sueco, entra a la recta final y más cruda del Dylan que tanto conoce:

“Sentir nostalgia por el patriarcado parece ser un atributo que acosa a muchos hombres en el otoño de sus vidas, pues son como sus padres que envejecieron y murieron. En Dylan se trata de una plegaria que grita: La mano de hierro no checa con la vara de hierro, como canta en When He Returns (Cuando regrese). La vara del tiempo a la que él se aferra –y la que besan sus apóstoles– es un falo. Para mí, es la llave del culto a Dylan. Es el escribano evangelista en liturgia fálica. Por ello ha inspirado tanta decodificación e interpretación de sus letras crípticas y el porqué sus canciones han sido tratadas como textos sagrados. Son parábolas en la voz de su profeta.”

Sus seguidores son guardianes de su verdad y salvación contenida en sus palabras, una especie de “Biblia según Dylan”, y la religión que difunden es la “Dylanología” (términos del estudio Dylan’s Visions of Sin, “Visiones del pecado” de Christopher Ricks).

Por tanto, Richard Goldstein asegura que las nuevas generaciones son a las que Dylan se les revela tal cual en su verdadero resplandor y no es dios; su virtud es ser como es, un ser humano falible. Al acercarse el Apocalipsis, los dioses saben que habrán de morir y de ahí la importancia de otorgarle al Dylan legendario el premio Príncipe de Asturias 2007.

Ya no es el muchacho chicho, el héroe de nuestra historia que nació el 21 de mayo de 1941 en el seno de una familia judía de comerciantes de Duluth, sino el veterano compositor de 66 años de edad que ha recibido homenajes en el mundo entero; sólo le falta algo cuando este otoño acuda a Oviedo y sea feliz en Asturias, la España que espera cantar para él.

Y así enseñarnos que la felicidad de ser él mismo es la lección final. Al reír, los dioses también ríen. Dylan, por fin, estará contento en España por el resto de sus días.

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