Germán Dehesa
En francés hay una palabra invaluable: flâneur. Se podría traducir como el caballero que pasea por las calles de las grandes ciudades. Para entender con justeza lo que es un flâneur casi es indispensable conocer París y conocerlo con cierto detalle. Todavía ahí florecen los flâneurs y el turista con la baba siempre dispuesta a ser derramada se encontrará en las calles y bulevares de esa ciudad a unos caballeros muy elegantes que probablemente ya no usen polainas, pero que no perdonan el sombrero flexible estilo Panamá muy propio para saludar con un pase en redondo o una grácil gaonera a alguna dama que por ahí se encuentren en sus caminatas.
Este curioso ser humano, nacido para pasear, el flâneur está ricamente documentado por la literatura francesa de la Bella Época; desde Baudelaire hasta Marcel Proust y tal como estos autores lo plantean, el flâneur es un indispensable indicio de civilización que se deben permitir las ciudades modernas si es que no quieren pasar por primitivas o salvajes.
"Desde las puertas de La Sorpresa, hasta la esquina del Jockey Club." Tal como lo plantea Gutiérrez Nájera, ésta era una parte indispensable de las correrías de un flâneur nacional, que eso y no otra cosa era Gutiérrez Nájera.
La Ciudad de México cultivó por muchas décadas este modelo del flâneur azteca. Si ustedes recuerdan "México de mis Recuerdos", Susanito y Don Chucho son dos flâneurs impenitentes. Todavía después de Don Porfirio, en las primeras décadas de la post-revolución, los flâneurs siguieron pululando por las rutas de Gutiérrez Nájera que incluían todo el Paseo de la Reforma y de modo muy principal, el tramo que va de la Alameda al Zócalo. En algún punto de este trayecto se encontraban, por dar un ejemplo, dos insignes poetas: Carlos Pellicer y Salvador Novo. Carlos Pellicer iba acompañado por un jovencito. Después de los efusivos saludos de rigor, Pellicer le decía a Novo: Salvador, te voy a presentar a mi sobrino. Novo, el maligno, interrumpía y le decía a Pellicer: no te preocupes, Carlos, ya fue sobrino mío. Todo esto, cuentan las consejas, ocurría entre los flâneurs de las primeras décadas del siglo XX.
¿A qué todas estas historias?. Bueno, las cuento porque es fin de semana y hay que relajar un poquito el alma; las cuento aunque pesa sobre mí la acusación de que escribo puras incoherencias, porque yo como Baudelaire pienso que estos peatones que van y vienen por las avenidas y calles más pobladas de una ciudad son signo de civilización y de un tipo de educación que ya muy difícilmente comparten nuestras doradas juventudes cuya originalidad se agota en esos harapientos pantalones de mezclilla igualitos a los que usan millones de jóvenes en el mundo. Cuento también estas historias del flâneur porque, en un gesto casi kamikaze, Marcelo Ebrard, que Lenin lo bendiga, ha despejado el Primer Cuadro de la Ciudad y ha creado con ello las condiciones para que los paseantes, los flâneurs, podamos regresar a esas latitudes y demorarnos en una esquina amada, en una capillita barroca, en un almacén de nuestra infancia, en alguna calle que canta para nosotros y nos trae esa amada canción de algún amor juvenil aparentemente muerto y olvidado. Como bien diría Borges, la ciudad se torna el mapa de nuestras desdichas; pero yo añadiría que también puede ser el mapa de nuestros gozos y felicidades. Hagan la prueba de leer el "Nocturno de San Ildefonso" de Octavio Paz y luego echarse a andar por esas calles. Verán que no es poca cosa recoger los jirones de vida que se han ido quedando entreverados con la ciudad. No sé cuánto dure esta oferta (Marcelo tampoco), pero es urgente aprovecharla y así convertirnos en los novísimos flâneurs.
En francés hay una palabra invaluable: flâneur. Se podría traducir como el caballero que pasea por las calles de las grandes ciudades. Para entender con justeza lo que es un flâneur casi es indispensable conocer París y conocerlo con cierto detalle. Todavía ahí florecen los flâneurs y el turista con la baba siempre dispuesta a ser derramada se encontrará en las calles y bulevares de esa ciudad a unos caballeros muy elegantes que probablemente ya no usen polainas, pero que no perdonan el sombrero flexible estilo Panamá muy propio para saludar con un pase en redondo o una grácil gaonera a alguna dama que por ahí se encuentren en sus caminatas.
Este curioso ser humano, nacido para pasear, el flâneur está ricamente documentado por la literatura francesa de la Bella Época; desde Baudelaire hasta Marcel Proust y tal como estos autores lo plantean, el flâneur es un indispensable indicio de civilización que se deben permitir las ciudades modernas si es que no quieren pasar por primitivas o salvajes.
"Desde las puertas de La Sorpresa, hasta la esquina del Jockey Club." Tal como lo plantea Gutiérrez Nájera, ésta era una parte indispensable de las correrías de un flâneur nacional, que eso y no otra cosa era Gutiérrez Nájera.
La Ciudad de México cultivó por muchas décadas este modelo del flâneur azteca. Si ustedes recuerdan "México de mis Recuerdos", Susanito y Don Chucho son dos flâneurs impenitentes. Todavía después de Don Porfirio, en las primeras décadas de la post-revolución, los flâneurs siguieron pululando por las rutas de Gutiérrez Nájera que incluían todo el Paseo de la Reforma y de modo muy principal, el tramo que va de la Alameda al Zócalo. En algún punto de este trayecto se encontraban, por dar un ejemplo, dos insignes poetas: Carlos Pellicer y Salvador Novo. Carlos Pellicer iba acompañado por un jovencito. Después de los efusivos saludos de rigor, Pellicer le decía a Novo: Salvador, te voy a presentar a mi sobrino. Novo, el maligno, interrumpía y le decía a Pellicer: no te preocupes, Carlos, ya fue sobrino mío. Todo esto, cuentan las consejas, ocurría entre los flâneurs de las primeras décadas del siglo XX.
¿A qué todas estas historias?. Bueno, las cuento porque es fin de semana y hay que relajar un poquito el alma; las cuento aunque pesa sobre mí la acusación de que escribo puras incoherencias, porque yo como Baudelaire pienso que estos peatones que van y vienen por las avenidas y calles más pobladas de una ciudad son signo de civilización y de un tipo de educación que ya muy difícilmente comparten nuestras doradas juventudes cuya originalidad se agota en esos harapientos pantalones de mezclilla igualitos a los que usan millones de jóvenes en el mundo. Cuento también estas historias del flâneur porque, en un gesto casi kamikaze, Marcelo Ebrard, que Lenin lo bendiga, ha despejado el Primer Cuadro de la Ciudad y ha creado con ello las condiciones para que los paseantes, los flâneurs, podamos regresar a esas latitudes y demorarnos en una esquina amada, en una capillita barroca, en un almacén de nuestra infancia, en alguna calle que canta para nosotros y nos trae esa amada canción de algún amor juvenil aparentemente muerto y olvidado. Como bien diría Borges, la ciudad se torna el mapa de nuestras desdichas; pero yo añadiría que también puede ser el mapa de nuestros gozos y felicidades. Hagan la prueba de leer el "Nocturno de San Ildefonso" de Octavio Paz y luego echarse a andar por esas calles. Verán que no es poca cosa recoger los jirones de vida que se han ido quedando entreverados con la ciudad. No sé cuánto dure esta oferta (Marcelo tampoco), pero es urgente aprovecharla y así convertirnos en los novísimos flâneurs.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario