viernes, abril 06, 2007

Chac Mool, dios eléctrico

Juan Villoro

Una de la diversiones favoritas de Keith Richards consiste en asistir a los funerales de los médicos que le pronosticaron seis meses de vida. El guitarrista de los Rolling Stones representa un extraño caso de supervivencia en una actividad proclive a la destrucción física y al olvido sonoro.

La cara de Richards es el mejor instrumento para calcular cuánto ha durado el rock. Su resistente desgaste revela que los excesos instantáneos pueden perdurar. Cautivo del tiempo, el rock se ha vuelto histórico: en sus peores momentos suena convencional y en los mejores clásico.

Según acaba de declarar al New Musical Express, Richards mezcló las cenizas de su padre con cocaína para transformar el ciclo vital en intoxicación. Aunque la noticia desató algunas preguntas sobre el canibalismo póstumo, tal vez el hombre que inhaló a su padre quiso decir que la música que desafió a la tradición ahora se alimenta de sus mitos.

Esto viene a cuento porque Universal acaba de lanzar un DVD con la historia de Chac Mool, pionero del rock progresivo mexicano. Se trata del retorno de una leyenda que merece ser más conocida. Hace unos meses apareció una caja con las obras completas del grupo en CD (las primeras réplicas de la tecnología vernácula, que reproducen todas las características de los antiguos discos de acetato). Una vez más, Chac Mool ha sentado un precedente en una industria poco amiga de la innovación.

Chac Mool grabó su primer disco en 1980 y el último en 1984. En estos días en que no puedes subir a un vagón de metro sin que te griten "lleve su CD con 25 años de rock en español", resulta difícil remontarse a un mundo anterior, cuando el rock nacional no se transmitía en la radio y la Carpa Geodésica representaba el Chicomostoc de una tribu todavía futura.

El mayor cambio cultural sufrido por el rock es que ya nadie le exige que sea joven. Las novedades que circulan por internet provienen de diversas épocas. En esa cripta, Jim Morrison cada vez canta mejor.

Ni moderno ni viejo, Chac Mool regresa con la puntualidad de un ciclo astral. En su día, la elección del nombre fue iconoclasta. El rock mexicano prefería el prestigio de lo que sonaba a inglés (el mejor grupo de Durango, Durango se llamó Dug Dugs y el más popular, El Tri, derivaba del psicodélico Three Souls in my Mind). Otras agrupaciones asumían nombres con resonancias siderales o al menos raras (Vía Láctea, Hangar Ambulante, Fresa Gruesa, Queso Sagrado). En ese ámbito, resultaba difícil aceptar que lo mexicano pudiera ser, no digamos cósmico, sino al menos sugerente. Chac Mool abrió el camino a nombres como Caifanes, Café Tacuba y Maldita Vecindad, que hoy recuerdan con naturalidad las posibilidades pop de la costumbre.

En la misma época en que la izquierda mexicana se debatía para encontrar un emblema propio (Heberto Castillo propuso un nopal y un machete que le pareció folclórico a los devotos de la hoz y el martillo), Chac Mool acudió al santoral maya. Fue necesario un complejo cambio cultural para que la izquierda optara por el sol azteca y el rock aceptara que una deidad prehispánica servía tanto como una celta para oficiar en pro del alto volumen.

Varias corrientes se unían en el grupo: la electrónica (representada por el tecladista Carlos Alvarado, erudito del género y corresponsal de Stockhausen), la música de cámara que aportaba el cellista Mauricio Bieletto y una interpretación personal del rock progresivo de Pink Floyd, King Crimson y Jethro Tull, a la que contribuían la guitarra tipo David Gilmore y la flauta de Jorge Reyes y el bajo de Armando Suárez). Como ha sugerido Leonardo García Tsao, Chac Mool tuvo la doble audacia de oponerse a la pequeña moda local, volcada al punk, y a los programadores comerciales, incapaces de entender que las búsquedas sonoras duraran más de tres minutos sin anuncios.

A fines de los setenta la contracultura se expresaba con vigor en las novelas de José Agustín pero no tenía derecho de suelo en los escenarios. Los promotores eran sátrapas dignos del más ruin ambulantaje: Chac Mool fue invitado a abrir el concierto de Queen en Puebla, pero a cambio de pagar por presentarse.

En estas condiciones se necesitaba un tsunami operativo para que un grupo tuviera presencia. Chac Mool lo encontró en José Xavier Navar. Incapaz de entender que la realidad es un sitio con obstáculos, el promotor convenció a la Philips de grabar con calidad y en vinilo transparente (los mexicanos primitivos teníamos que cortar con tijeras las rebabas que traían los acetatos nacionales).

Nadie sabe más de monstruos que Navar y nadie ha escrito mejor que él sobre Godzilla. Biógrafo de criaturas imposibles puso su corazón en el plato de piedra de Chac Mool. El primer disco se llamó Nadie en especial. Con ironía, la portada mostraba a un monstruo recién salido de un lago nuclear.

El sonido le debió mucho al productor Paco Rosas, que a pesar de contar con ocho canales logró servirse del estudio como de un instrumento más. Su rigor sólo era superado por su capacidad para desaparecer una vez concluida la tarea. Cuando se acercaba una grabación, Navar ponía anuncios en Tiempo Libre, buscando desesperadamente a Paco. En aquel territorio sin celulares, internet o contestadoras telefónicas, Tiempo Libre era una plaza de los mensajes. Para no ponerse en evidencia, los usuarios tenían que idear códigos y claves. Nadie superó a Navar en el subgénero literario del anuncio clasificado que sólo entiende la persona a la que va dirigido.

En el cuaderno que acompaña la caja de CDs Xavier Velasco comenta con acierto que Nadie en especial representó "la victoria de lo imposible sobre lo probable".

Chac Mool escogió bien su nombre. Tarde o temprano, indiferente a la moda y al olvido, siguiendo el decurso circular del mito, el dios regresa.

1 comentario:

X dijo...

Ya era hora de que se reconociera a una de las mejores bandas del rock nacional. Chac Mool propuso algo impensable en el Mexico de su epoca, el rock progresivo de calidad. Made in Mexico