domingo, abril 08, 2007

Leyes del movimiento

Jorge Volpi
En busca de Klingsor, Seix Barral Premio Biblioteca Breve 1999

¿Quién dice la verdad? ¿Y quién miente? ¿Me amas o me engañas? ¿Cumplirás tu promesa o renegarás de ella? ¿Me salvarás, Dios mío, o me dejarás perecer en esta cruz? ¿Culpable o inocente? Lo sé, lo sé. Al principio de incertidumbre le ha llegado a suceder la misma desgracia que a la relatividad de Einstein: miles de personas que no entienden una palabra de física, provocadas por cientos de periodistas que saben aún menos, suponen que han comprendido el sentido profundo de la expresión por más que la sola unión de una incógnita y un número -¡por no hablar de una maleducada letra griega!- les cause profundos dolores de cabeza. Y entonces, micrófono o estilográfica en mano, se dan a la tarea de popularizar el mensaje de la ciencia. De pronto, la foto de Einstein aparece en el New York Times, el mundo entero se fija en sus zapatos sin calcetines y en su cabello revuelto. Y no falta el palurdo que dice, convencido de su sapiencia: “Todo es relativo.”

A Heisenberg no le fue mucho mejor. Su principio de incertidumbre sólo se refería, en realidad, al elusivo mundo subatómico, no a los amores ambiguos, a las promesas rotas o a las traiciones venideras.

p. 334


Leyes del movimiento criminal

Ley I

Todo crimen ha sido cometido por un criminal

El origen de este precepto es muy antiguo, aunque su formulación moderna se deriva de las Leyes del movimiento de Newton de manera evidente. Pues ¿qué es un crimen sino un movimiento emprendido por alguien, una acción que sucede en el espacio y en el tiempo absolutos, un acontecimiento por el cual un cuerpo escapa de la inmovilidad mientras otro se sumerge en ella, acaso para siempre?

Veamos. Dice sir Isaac: “Todos los cuerpos perseveran en el propio estado de reposo o movimiento uniforma en línea recta, a menos que se vean forzados a cambiar ese estado por una fuerza impresa sobre él.” ¿No es ésta la perfecta definición de los asesinatos, las violaciones, las masacres? Newton podría haber sido un criminólogo experto. Los seres humanos perseveran en su propio estado, de acuerdo con la inercia de su educación, sus costumbres y su temperamento a menos que sean bruscamente sacudidos por una fuerza extraña. La violencia es la nota dominante en este cambio de estado. Uno, por sí mismo, querría permanecer como está, y sólo la fuerza –física o mental- de otro es capaz de trastornarnos, de enloquecernos, de destruirnos. Cuando Caín golpea a Abel, cometiendo ese primer acto fundador de la civilización que es el homicidio, no hace otra cosa que socavar el orden establecido, perturbando la creación pero, la mismo tiempo, permitiéndole avanzar hacia el futuro. Sin esta brutalidad iniciática seguiríamos encerrados en fondo de nuestras cavernas, esperando que nada cambie a nuestro alrededor.

A continuación, Newton añade: “El cambio de estado es proporcional a la fuerza que se le imprima, y ocurre a lo largo de la línea recta en la cual se imprime esa fuerza.” Para tener una idea precisa de este concepto, basta con imaginar un pelotón de fusilamiento –o miles de ellos- lanzando sus balas en línea recta contra el pecho descubierto de sus enemigos…

Por último, el físico inglés escribe: “A cada acción corresponde una reacción igual entre sí y dirigidas hacia partes contrarias.” Existen pocas frases tan perfectas e influyentes como ésta. Una verdadera muestra de genio. Con ella, no sólo se describe el desplazamiento, sino todas las batallas que se llevan a cabo en el universo. Cada vez que un ser humano toma una decisión, se esfuerza en sobrepasar sus límites o intenta doblegar la voluntad de otro, sea para enamorarlo, convencerlo o asesinarlo, cumple con las leyes de la mecánica clásica.

La confirmación de la Primera ley del movimiento criminal se vuelve, pues, un juego de niños: todos los criminales han sido cometidos porque alguien, desafiando la inercia, se ha lanzado, gracias a su propia energía, contra uno de sus semejantes. Siempre que uno encuentra un cadáver ensangrentado, una mujer desgarrada o una cámara de gas todavía humeante, puede estar seguro de que ha habido una lucha entre dos voluntades opuestas, con acciones y reacciones cuyo dramatismo basta para sobresaltarnos.

Ley II

Todo crimen es un retrato del criminal

Quien es capaz de asesinar, robar o traicionar, no cesará en su intento de justificarse y de establecer, por tanto, su propio índice de verdad sobre los hechos que ha provocado. Al imprimir una fuerza sobre otro, el criminal no sólo doblega su voluntad, sino que impone sus condiciones. Casi es inútil repetir la formulación coloquial de este precepto: la historia es escrita por los vencedores, del mismo modo que el criminal defiende su inocencia.

Matar o violar no sólo implica ejercer una vejación física, un movimiento que altera a otro ser humano, sino también el deseo, por parte del criminal, de sellar su propia verdad. No hay nada más locuaz que las víctimas, pero no tanto por sus palabras como por le significado de sus llagas o sus cicatrices. Un cadáver, una herida o el fracaso ajeno son los textos –las huellas- con los cuales el criminal expresa su concepto del mundo. Todos los criminales están obsesionados por el recuento de sus actividades, tanto o más que aquellos que los persiguen e intentan castigarlos. Sólo que su verdad es otra, elusiva y torva, ajena a la rígida lógica de sus perseguidores. Si uno asesina a alguien –o incluso a millones, como es el caso- procura paliar su culpa con una versión de los hechos que lo redima o, por el contrario, intenta escapar de la historia, perderse en el anonimato de quienes callan. Pero aun ese silencio es su verdad. El auténtico investigador, como el auténtico científico, debe leer cuidadosamente los hechos para no dejarse engañar: debe estar preparado para descubrir, en cada caso, los signos que muestran, presuponen o revelan la voluntad del criminal que ha quedado asentada en el mundo.

Ley III

Todo criminal tiene un motivo

Quizás debiera matizar este precepto: sólo los grandes criminales, los verdaderos criminales, están dispuestos a defender sus actos hasta las últimas consecuencias. Maquiavelo era uno de esos hombres y no, por cierto, el peor de ellos: el fin justifica los medios o, en otras palabras, un crimen no es un crimen, sino un acto de justicia revolucionaria, de distribución de la riqueza, de bondad, de legítima defensa, de filantropía… En nombre de las ideas más absurdas e incomprensibles –raza, religión, partido, frontera- se comenten los peores pecados.

Estos criminales nunca actúan por maldad, perversidad o ligereza sino –vaya paradoja- por deber. Su tarea no es sencilla ni divertida: si la llevaban a cabo es porque ésa es su misión en la vida. A estas alturas del siglo, cuesta trabajo creer que Hitler o Stalin estuviesen convencidos de que hacían lo correcto, que no eran unos bellacos pervertidos que gozaban con la tortura ajena (al menos no siempre), sino simples salvadores de la humanidad. Pero lo cierto es que, tanto para los nazis como para los soviéticos, sus actos no eran criminales. Estos hombres lograron una inversión de valores tal que la virtud y el bien, que por naturaleza representan grandes esfuerzos para el ser humano, pasaron a ocupar el sitio que nosotros le concedemos a la aberración. Esta acción, este movimiento, deja de ser egoísta y transforma al criminal en asceta. Y, a su obra, en un abyecto puritanismo del mal.
p. 177-180

1 comentario:

Stratego dijo...
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