martes, abril 03, 2007

Ni frijol ni chile...

Felipe Cobián Rosales
Proceso

En Ocota de la Sierra, el punto más remoto del municipio de Mezquitic, Jalisco, a mil 800 metros sobre el nivel del mar, el indígena huichol Maximiliano Basilio y su esposa, así como su hija de tres años que no cesa de llorar por hambre, tuvieron mala cosecha y sólo guardan 20 kilos de maíz. Aparte de su choza, su patrimonio consta de un azadón, un machete, un hacha y un serrucho. Y aunque carecen de todos los servicios, el Consejo de Ancianos tendrá que analizar si acepta la introducción de energía eléctrica porque, advierte uno de sus integrantes, con ella llegará la televisión y la consecuente amenaza a sus costumbres...

OCOTA DE LA SIERRA, JAL.- Es 23 de febrero, primer viernes de Cuaresma, y en esta comunidad indígena, ciento por ciento huichola, hay fiesta porque mañana es Día de la Bandera...

Pero cuando en los altavoces se anuncia, allá abajo, que hay carne de res a la venta, Maximiliano Basilio, cuya piel parece una pátina de laca oscura untada a los huesos, pasa tragos de saliva...

Para llegar hasta la casa de este hombre fue preciso recorrer, en el último tramo, ocho kilómetros pavimentados y cerca de 30 de terracería desde el Cañón de Bolaños, acompañados por el guía Fernando Gallegos, conocedor del terreno y amigo de los huicholes...

Sobre el lomo de la Sierra Madre Occidental, a más de 2 mil metros de altura y al borde de un precipicio, Fernando Gallegos nos había señalado hacia el brumoso poniente otra cordillera para anunciar: “Allá está Ocota. Se ve menos lejos de lo que está. Todavía hay que bajar otro tanto y volver a subir, y la brecha, cuanto más se avanza, está peor. Nos faltan tres horas para llegar. Es más cerca y rápido por el Cañón de Bolaños”.

Como sea, para arribar a Ocota de la Sierra, el punto más distante del municipio de Mezquitic, y a casi mil 800 metros sobre el nivel del mar, deben recorrerse alrededor de ocho horas de caminos rurales.

Enclavado en el claro de un bosque de pinos en la parte alta de una barranca, Ocota de la Sierra tiene una vista panorámica de bellos paisajes bajo un cielo nítido sólo percudido por los aviones que pasan pintando su raya blanca muy alto, desde un mundo que resulta totalmente extraño (Estados Unidos) para los habitantes del lugar.

Ellos mismos, con todas sus carencias –de agua potable, drenaje y energía eléctrica–, no dejan de ser extraños para el mundo que los rodea.

En algunos mapas del INEGI esta comunidad aparece erróneamente ubicada en territorio de Nayarit. Antonio Echavarría, cuando estaba a punto de dejar la gubernatura de ese estado, se presentó en Ocota de la Sierra para repartir ayuda.

“Y la gente, en silencio, recibió los regalos, pero al final le dijimos –cuenta el presidente de Bienes Comunales y secretario del ayuntamiento de Mezquitic, Magdaleno López–: ‘Muchas gracias, señor gobernador, pero aquí es Jalisco’.”

Y es que más allá de Ocota sólo hay veredas que, entrecruzadas, bajan y suben perdiéndose en el bosque para luego, a través de barrancas profundas, conectar una docena de diminutas comunidades y resbalar al poniente hasta llegar al río Santiago, en tierras nayaritas...

Eso explica que aquí, en las más intrincadas tierras de Jalisco, la introducción de energía eléctrica tenga que ser puesta a discusión por el Consejo de Ancianos de la comunidad, pues, de acuerdo con el gobernador tradicional Miguel Chivarra, “primero hay que vacunarnos contra las malas costumbres que llegan con la electricidad, con la televisión... Llega el progreso, pero también llega la pornografía... Y la gente se va olvidando de sus costumbres, que aquí todavía preservamos...”.

Alimentos y patrimonio

Maximiliano, viva imagen de la pobreza que se vive en este municipio, el más grande, agreste y pobre de Jalisco –tiene el lugar 19 a nivel nacional–, parece, pese a todo, un hombre feliz: siempre ríe al platicar.

No así su hija de tres años de edad que llora allá adentro del jacalito junto al fogón, mientras su madre, detrás del metate, con blanca falda floreada (quechquémetl) y envuelta la cabeza en una especie de pañoleta verde (rikuri), muele el nixtamal y tortea.

La niña ya no quiere comer casi sólo tortillas con sal, que a veces, como ahora, van acompañadas de cebollitas del tamaño de una canica. En toda su vida sólo ha tomado leche materna, y ahora su familia no tiene dinero ni para unos huesos de res que den sabor a un caldo.

Los tres se comen –hasta donde alcanza– sólo lo que les da el cuamil de Maximiliano, un pedazo de tierra sembrado aquí o allá, cada año en las laderas pedregosas que desmonta en un área del tamaño del solar donde vive: unos 30 metros de fondo por 30 de ancho.

Lo que pasa es que el viento y la lluvia erosionan cada año la tierra cultivada, y Maximiliano tiene que cambiar constantemente de lugar para echar la semilla casi sobre el tepetate blanco, que no sirve ni para adobe.

Buena parte de la cocina está ocupada por un tronco de roble con una especie de brazo natural que sirve de base al rojo molinillo donde muelen el nixtamal cada mañana. Se ven también allí el pretil con su metate, el nixtenco con su comal y la chimenea, así como los trastos de barro que Maximiliano compró como ajuar cuando se casó a los 35 años de edad.

No hay ni frijoles ni chiles, pues Maximiliano no tiene trabajo, y los apoyos bimensuales del programa Oportunidades si acaso alcanzan para dos semanas... Y esta vez Maximiliano cosechó un puñito de maíz amarillo, negro y tinto, pero para el próximo temporal guardó una docena de mazorcas. Junto a éstas, Maximiliano atesora también unas cuantas vainas de frijol, cubiertas con plástico, colgadas del terrado de esta estrecha habitación que, dice, le costó dos años levantar.

–¿Es todo lo que tienen para comer hoy? –le preguntamos después de los dos tacos con cebollitas y sal que desayunó en nuestra compañía.

–Sí.

–¿Y qué van a comer?

–Lo mismo –responde con una sonrisa infantil y un castellano entrecortado.

–¿Y a cenar?

–Igual.

–Y los frijoles, ¿dónde están?

–No, no tenemos.

–¿Chiles?

–No, no hay.

–¿Y leche o algo más para la niña; galletas, por ejemplo?

–No, tampoco. Ella come lo mismo.

Mientras tanto, la mujer de Maximiliano trata de matarle el hambre y la desesperación a su hija, que no para de llorar...

La casita de Maximiliano Basilio consta de esta pequeña cocina y un cuartito donde cuatro horcones, no más gruesos que sus brazos, clavados en el suelo, soportan los tablones de pino que sirven de cama matrimonial. En un tapanco guardan, envueltos en polietileno, los pocos enseres domésticos y un cambio de ropa para cada quien.

Las reservas de comida: dos cubetas de lámina con el resto de la cosecha: unos 20 kilos de maíz.

Y, debajo de la cama, los utensilios de labranza: un azadón, un machete y, tal vez, un hacha. Tales herramientas y un serrucho es prácticamente todo el patrimonio de la familia Basilio, que no conoce ni Guadalajara ni la cabecera Mezquitic.

Dolores sin remedio

En torno de una fogata que huele a encino y ocote, bajo una luna en cuarto creciente que indecisa blanquea las calcáreas callejuelas del pueblo, el viejo Agustín Lara Chivarra trata de mitigar, en medio del patio, sus intensos dolores artríticos con el calor.

Simultáneamente su esposa, María Luisa González Chivarra, sentada en el suelo, menea y menea el atole del tejuino –la bebida alcohólica por excelencia de los huicholes o wirrárikas.

A unos pasos, en el mismo patio conformado por una serie de pequeñas viviendas de adobe y atrás del caligüey –templo o lugar sagrado de la etnia donde moran sus dioses–, en otra lumbrada, los hijos, nueras y nietos de Agustín y María se calientan e iluminan en una especie de ritual.

Ni los ancianos ni su descendencia tienen dinero para ir más allá de la casa de salud que en el poblado atienden pasantes de medicina. Las pastillas que les dan ya no les hacen efecto, y don Agustín tiene grandes dificultades para andar. Ni pensar en ir a Colotlán, la principal ciudad del norte de Jalisco, para atenderse en un hospital.

“Todo me duele y ya no hallo qué hacer. Me duele aquí, me duele acá, me duele de este lado y me duele de este otro. Todo me duele”, señala mientras lleva sus manos a una frente aún más encobrizada por los destellos de la lumbre.

El hacinamiento

Lucio Ábrego Basilio siembra maíz, frijol y calabazas, pero en temporada de secas la hace de albañil. Al llegar aquí procedente de Acatita –a cinco horas de camino a pie–, no tenía dónde vivir, y ahora al menos cinco de sus hijos disponen de un techo que les construyó. Sin embargo, él pasa las noches bajo lonas y plásticos sobre una tarima mientras termina dos cuartitos al lado, pues con él viven Teresa y Alicia, las dos mujeres que las costumbres wirrárikas le permiten tener, así como siete de los 14 hijos que ha engendrado.

Además de esos siete, uno está casado. Cinco de ellos pernoctan en el único cuartito, mientras que las niñas pequeñas, de un año la primera y de poco más de dos la segunda, duermen con su papá y sus mamás, casi a la intemperie.

Sobre el problema de la región, Magdaleno López Ibarra, un huichol que tomó cursos de enfermería y que ahora es secretario general del ayuntamiento de Mezquitic –al ser entrevistado aún era presidente de Bienes Comunales que comprenden más de 240 mil hectáreas–, presidido por el panista Ernesto de la Torre Martínez, dice que la pobreza puede superarse impulsando “la artesanía, la ganadería, la explotación racional del bosque... La carpintería aquí pegaría muchísimo: hacer mueble, venderlo...

“Lo que hay que traer aquí es trabajo y darle mucha plática a la población, porque se hacen demasiadas fiestas y es un lío con las bebidas... Hay gente que guarda su dinero para el trago, y algunos tienen dos o tres esposas...”

Y es que el municipio de Mezquitic –colindante con Zacatecas y Nayarit–, además de ser el más accidentado y extenso de la entidad –mide 3 mil 151 kilómetros cuadrados, casi la superficie del estado de Tlaxcala, que suma poco más de 4 mil–, es también el de más alta marginalidad de Jalisco.

Activo centro cristero entre 1926 y 1929, este municipio, situado a más de 300 kilómetros de Guadalajara, carece de hospitales y no tiene bancos ni cines. Su población es de 15 mil 674 habitantes –aunque el actual alcalde calcula que son más de 20 mil–, de los cuales unos 2 mil 100 viven en la cabecera municipal. Cerca de 75% de ellos son indígenas huicholes, y la tasa de población inactiva llega a 35%.

La inversión gubernamental prometida para todo el municipio en 2006 fue de alrededor de 25 millones de pesos, pero únicamente se ejercieron 21 millones 242 mil.

Y según el alcalde de origen panista, Ernesto de la Torre Martínez –entrevistado por Proceso–, las causas de su pobreza “serían las administraciones municipales. No me gusta decir que han robado hasta no demostrarlo. Por eso voy a hacer una auditoría. Sin embargo, sí puedo decir que no han sabido utilizar los recursos: no los han enfocado bien a los servicios básicos, y las obras que han hecho han sido muy caras. No hay una buena infraestructura carretera ni un adecuado servicio de agua. Los recursos estatales, federales y municipales no se han sabido gestionar y utilizar para nuestras comunidades”. Además, señala que su antecesor en la alcaldía, el priista Francisco de la Torre Nava, dejó pasivos por alrededor de 8 millones de pesos.

Entre las más de 420 localidades del municipio, algunas son tan pequeñas que sólo están conformadas por una familia. Aparte de la cabecera municipal y de Nostic –que se localiza a unos cinco kilómetros de distancia–, las más pobladas son San Andrés Cohamiata, San Miguel Huaixtita, Nueva Colonia, San Sebastián Teponahuastlán y Ocota de la Sierra, que tienen entre 300 y 600 habitantes a razón de 4.5 personas por kilómetro cuadrado.

Sólo hay enseñanza primaria, secundaria y preparatoria en la cabecera municipal, donde el exalcalde José Robles de la Torre (1989-92) recuerda que hace tiempo se estableció aquí una maquiladora de arneses para autos de origen japonés, “pero como pagaban muy poquito, casi no había quién trabajara y la gente prefirió seguir emigrando”.

Para enseguida explicar: “Antes se sembraba aquí, junto al río, mucha cañafruta (muy dulce), y se enviaban camionetadas rumbo a Fresnillo, Zacatecas, que era la única salida. Ha habido muchos alcaldes que no conocieron Guadalajara... Desde que la gente empezó a ahuecar el ala para irse a Estados Unidos, todo eso se acabó y se acabó la gente que trabajaba. Casi nadie quiere trabajar. Le aseguro que ahora no hay ni una hectárea sembrada de caña. Como la gente no salía de su pueblo de origen, se ponía a buscarle, pero ahora con eso del norte... allá están los ejidatarios, todo el ejido allá está, hombres trabajadores. Aquí quedamos nomás los viejos”.

No hay comentarios.: