NOVELA
Paco Ignacio Taibo II,
Pancho Villa. Una biografía narrativa,
Planeta,
México, 2006.
Bigornio, dice Don Diccionario de la Real, supone al ducho para atacar en bola pero cobarde sin su cuadrilla, igual (digo yo) que político mexicano, que cuando queda solo se torna dialogador o veloz presa en fuga. Carranclán llamaba la tropa villista al soldado carrancista. Los carranclanes siguen gobernando, carranceándose públicos dineros. Si subrayamos además que la bigornia es una especie de yunque, pues concluimos que sí, que en efecto, "son bigornios los carranclanes", frase atribuida a Pancho Villa. Por eso y porque la figura de Villa refrenda vigencia con cada injusticia que se comete en México, porque su muerte acrisola la de tantos otros, próceres o anónimos aplastados por el oprobio y la indiferencia, porque los más jodidos siguen siendo carne de cañón, ya electorero, ya policíaco, ya estadístico, porque no hay elector que aguante un cañonazo de torta, camiseta y calumnia televisada, ni policía que aguante un cañonazo de cincuenta o cincuenta mil dólares, ni encorbatadito funcionario que resista un cañonazo de cámaras de televisión y preguntas muy a modo por parte de reporteros lambiscones para que quede bien, por eso, decía, es oportuno, casi una ocurrencia cáustica escarbar, revisar, volver a narrar la vida, la obra y la muerte de un tipo tan pintoresco, representativo y retobón como Pancho Villa.
Sobran motivos por los que aplaudir la aparición nada discreta, con su magnífica portada y sus brutales ochocientas ochenta y tantas memoriosas páginas, del exquisito pero verídico libro de caballerías que es Pancho Villa, una biografía narrativa, escrito con cariño elzeviriano por Paco Ignacio Taibo ii y recién editado por Planeta en 2006. A juicio de este perplejo e impresionable lector, el Pancho Villa de Paco Ignacio es el más humano, el más de acá, de carne y tierra que ha encontrado, a diferencia de la momia acartonada que a conveniencia roban los papanatas del gobierno en turno para su retórica de mendacios. Tiene más sustancia este Pancho Villa alquitarado y verdaderamente histórico que sus lamentables caricaturas cinematográficas (casi todas), o que esas seudo históricas semblanzas que andan por ahí. Es este un Pancho Villa palpitante y vivo, porque Paco Ignacio realizó una exhaustiva investigación, haciendo a un lado el recurso facilón de suscribir rumores y leyendas, como hacen otros presuntos historiadores tan duchos en intrigas palaciego editoriales pero tan chambones para hacer el historiógrafo capaz de despojar al héroe de su carne y de sus errores. Paco Ignacio no. Para él la esencia del villismo radica, precisamente, en las rabietas de Pancho, en sus vaivenes políticos o amatorios, en su ferocidad a toda prueba, en sus conflictos lacanianos con la autoridad y en esa contradictoria proclividad a derramar, que diría Sancho de su señor, dulces y felicísimas lágrimas.
Paco Ignacio nos lleva en su Pancho Villa, que ya no es suyo, sino de todos sus agradecidos, educandos lectores, por la senda de altibajos en que transcurrieron los cuarenta y cinco años de vida del guerrillero cuya vida tanto ha sido enmarañada y Paco Ignacio, con dedicación de orfebre, se dedica pacientemente a desenredar para regalarnos ese otro Pancho vivo y ganoso. Taibo aporrea con delectación la leyenda cuando desmiente que Villa fuese borracho o mariguano empedernido siendo en realidad un abstemio muy poco tolerante, o como cuando nos ofrece pruebas de que a Villa le interesaban tanto las escuelas, a él que fue analfabeta buena parte de su vida, como el contrabando de pertrechos para su tropa. Esto, a pesar de la exageración y el mito, porque dice Paco Ignacio: "En la memoria de los supervivientes las vacas son más grandes, las montañas más altas, las llanuras siempre interminables, el hambre mayor, el agua más escasa, el miedo, apenas un destello fugaz. No exagera el que cuenta, es un problema de las pocas luces del que escucha. El narrador ha tratado de escuchar en medio de este rumor interminable que surge del villismo y de la figura de Pancho. Siente que en ocasiones lo ha logrado, no siempre."
Lo logra, y ofrece perfectamente bien documentado ese polivalente Pancho Villa capaz de pontificar, antes de largarse a taconear un pasodoble entre una batalla y otra, la frase lapidaria, destinada a marcar el futuro de este país de analfabetas funcionales y voraces consumidores de televisión para jodidos: "Una democracia es inútil a menos que la gente esté educada. Peor que inútil, peligrosa." A ver si nos cae el veinte.
Sobran motivos por los que aplaudir la aparición nada discreta, con su magnífica portada y sus brutales ochocientas ochenta y tantas memoriosas páginas, del exquisito pero verídico libro de caballerías que es Pancho Villa, una biografía narrativa, escrito con cariño elzeviriano por Paco Ignacio Taibo ii y recién editado por Planeta en 2006. A juicio de este perplejo e impresionable lector, el Pancho Villa de Paco Ignacio es el más humano, el más de acá, de carne y tierra que ha encontrado, a diferencia de la momia acartonada que a conveniencia roban los papanatas del gobierno en turno para su retórica de mendacios. Tiene más sustancia este Pancho Villa alquitarado y verdaderamente histórico que sus lamentables caricaturas cinematográficas (casi todas), o que esas seudo históricas semblanzas que andan por ahí. Es este un Pancho Villa palpitante y vivo, porque Paco Ignacio realizó una exhaustiva investigación, haciendo a un lado el recurso facilón de suscribir rumores y leyendas, como hacen otros presuntos historiadores tan duchos en intrigas palaciego editoriales pero tan chambones para hacer el historiógrafo capaz de despojar al héroe de su carne y de sus errores. Paco Ignacio no. Para él la esencia del villismo radica, precisamente, en las rabietas de Pancho, en sus vaivenes políticos o amatorios, en su ferocidad a toda prueba, en sus conflictos lacanianos con la autoridad y en esa contradictoria proclividad a derramar, que diría Sancho de su señor, dulces y felicísimas lágrimas.
Paco Ignacio nos lleva en su Pancho Villa, que ya no es suyo, sino de todos sus agradecidos, educandos lectores, por la senda de altibajos en que transcurrieron los cuarenta y cinco años de vida del guerrillero cuya vida tanto ha sido enmarañada y Paco Ignacio, con dedicación de orfebre, se dedica pacientemente a desenredar para regalarnos ese otro Pancho vivo y ganoso. Taibo aporrea con delectación la leyenda cuando desmiente que Villa fuese borracho o mariguano empedernido siendo en realidad un abstemio muy poco tolerante, o como cuando nos ofrece pruebas de que a Villa le interesaban tanto las escuelas, a él que fue analfabeta buena parte de su vida, como el contrabando de pertrechos para su tropa. Esto, a pesar de la exageración y el mito, porque dice Paco Ignacio: "En la memoria de los supervivientes las vacas son más grandes, las montañas más altas, las llanuras siempre interminables, el hambre mayor, el agua más escasa, el miedo, apenas un destello fugaz. No exagera el que cuenta, es un problema de las pocas luces del que escucha. El narrador ha tratado de escuchar en medio de este rumor interminable que surge del villismo y de la figura de Pancho. Siente que en ocasiones lo ha logrado, no siempre."
Lo logra, y ofrece perfectamente bien documentado ese polivalente Pancho Villa capaz de pontificar, antes de largarse a taconear un pasodoble entre una batalla y otra, la frase lapidaria, destinada a marcar el futuro de este país de analfabetas funcionales y voraces consumidores de televisión para jodidos: "Una democracia es inútil a menos que la gente esté educada. Peor que inútil, peligrosa." A ver si nos cae el veinte.
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