El hombre está atrapado entre
lo finito de la condición humana
y lo infinito de las estrellas.
-André Malraux
lo finito de la condición humana
y lo infinito de las estrellas.
-André Malraux
El 14 de abril de 1976 murió José Revueltas, a los sesenta y dos años de edad. Fue sepultado en el panteón Francés de La Piedad, entre gritos y “vivas” dirigidos al amigo, el compañero, el escritor y el militante.
Su entierro se convirtió en mitin y asamblea, dos signos que definen su vida y su obra. Estudiantes y maestros, colegas de partido como Juan de la Cabada, dirigentes del movimiento del 68 y amigos con los que compartió la cárcel, se dieron cita ese mediodía caluroso, ardiente de abril. Parecían convencidos de que no despedían a un escritor sino a un símbolo de la cultura y de la inteligencia mexicana. Desde joven Revueltas se había negado a contemplar el mundo, nunca intentó vivir en estado de santidad, porque su misión era transformarlo. En los últimos años, se había declarado amigo de la autogestión, el autoanálisis, y también pesimista, lo que es indicio de una visión trágica, un sentimiento unamunesco de la vida.
El grito de rebeldía de sus seguidores es un claro indicio de que Revueltas pudo pasar por encima del Estado, su eterno enemigo; amigo de los obreros, y de los campesinos menos favorecidos, de los pobres de la tierra y de los humillados y los ofendidos, Revueltas parecía levantarse del sepulcro para seguir escribiendo la historia del siglo XX. La atroz existencia humana fue parte de su frase: “gris es toda teoría, verde el árbol de oro de la vida”.
Su prosa nos permite “llegar al otro lado de la realidad” y es una expresión de la historia que Revueltas concibió como una apuesta contra la muerte. Y nos permite ver el paso del tiempo como una esfera, el tiempo del estalinismo que tanto padeció su generación, el tiempo del Maximato que lo redujo a un número carcelario, el tiempo de las discusiones partidistas, de las que fue víctima, el tiempo de la escritura que le consumía energía, recursos, horas. Desfallecía con ella y la misma escritura le permitía la resurrección.
Pero en su entierro no hubo silencio, sino la voz de una sociedad insatisfecha, a punto de romper la represión. La protesta fue evidente, puños levantados, miradas tristes hacia el compañero que se va, “mueras” a la burguesía, y la acusación expresa al gobierno: “José Revueltas muere sentenciado”.
Escritura carcelaria
La cárcel es un espacio muy importante en la vida y en la obra de José Revueltas. Fue su refugio casi natural donde se sentía bajo el techo común de una familia diversa y heterogénea de hombres explotados, de criminales y ladrones. Según sus propias palabras, la cárcel le había servido como una beca, tal vez ingrata diría yo, que el Estado le concedía para escribir y estudiar de manera sistemática y a profundidad. Ahí encontró algo que la crítica todavía no ha despejado y que sigue siendo un enigma. Si en su vida fue el lugar por excelencia de confinamiento debido a su actividad política y a sus ideas de izquierda, en la literatura se convirtió en un destino. Y por destino hay que entender cierta “visión” de las cosas de que se apropia un autor y va desarrollando a lo largo de sus textos.
Durante el largo periodo que Revueltas le dedicó a la actividad política, como miembro del Partido Comunista, como dirigente de organizaciones de izquierda o como teórico marxista leninista, la cárcel parecía el único remedio a su situación marginal. La cárcel era la otra cara del diálogo que buscaba, el lado oscuro de la utopía que había asumido. Y era también la respuesta más o menos lógica de un Estado no acostumbrado a la impugnación de sus dictados, ajeno a la disidencia, que pensó legitimarse a través de la componenda, el monólogo, la corrupción, la apropiación de los espacios públicos. Tal vez lo defina el verbo castigar que tuvo varios sentidos en el periodo del Maximato y también en los gobiernos posteriores. El término aparece en el alba de la obra revueltiana, y es necesario enlazarlo con las formas y las direcciones que adquiere en Dostoievski, un escritor muy leído por Revueltas. No sólo eso. Consideraba a Dostoievski el gran ejemplo del cristianismo; luego de salir de la cárcel donde ha sido humillado, agradece al Zar su benevolencia y pone la otra mejilla. En su adolescencia, Revueltas escribió El parricida, un relato de evidente influencia del escritor ruso que no publicó, y años más tarde elaboró un ensayo extenso donde analiza la idea de Dios, del bien y del mal, la concepción del hombre y del sufrimiento en Dostoievski y en Tolstoi.
¿Qué pudo haber descubierto Revueltas en la obra de Dostoievski? Muchas cosas. En primer lugar, la infinita impotencia del hombre ante Dios, la dicotomía de la moral y el arte, pero ante todo, el sentimiento profundo que revelan los personajes dostoievskianos de la libertad con la cual no saben qué hacer. No es sólo la culpa que altera la conciencia de Raskolnikov, sino la idea de que la libertad otorgada por Dios a los hombres les quema el corazón y los expone a las pasiones oscuras que hay en el mundo del subsuelo. Su salvación se encuentra en la bondad infinita de Sonia que lo guía y lo sigue a Siberia en su viacrucis físico y existencial. Arrepentido, comprende junto a Sonia, que no podría vivir con el sentimiento de culpa que le produce el crimen. Autor muy leído y apreciado por Revueltas, Dostoievski dejó algo más que una metafísica del caos que es la conciencia humana. En ambos autores, el castigo parece un sometimiento no sólo del cuerpo sino ante todo del alma de un hombre a los designios del tormento; el castigo es ante todo la expiación de una culpa universal y metafísica en labios de Iván Karamazov. Cada vez que era recluido en una prisión, Revueltas sentía que su cuerpo quedaba bajo la custodia del Estado, y su conciencia en manos de una fuerza omnipresente que lo juzgaría de manera más severa. Recibía un castigo terrenal y otro metafísico; para desanudar esa cuerda que lo ataba y le producía serios desequilibrios, usaba la escritura mediante la cual podía viajar desde las rejas hasta los caminos de la libertad.
En esa soledad oscura y de hierro, hecha de malos olores y de escasez, el joven militante de las juventudes comunistas entabló un diálogo con las formas terribles del poder, con el otro que le hablaba de libertad y de sufrimiento, y concibió un tipo de escritura con la que conjuraría sus tormentos. En la celda aprendió que la justicia era imposible en el mundo si éste no era puesto en la balanza de la historia; tan pronto se reincorporara a la libertad cotidiana, lucha por esa idea. Sin duda, a los ojos de la autoridad, era un típico caso de inadaptado social, que no entendía las leyes del sistema.
De Los muros de agua a El apando
La primera novela y la última son narraciones desde la cárcel. De 1941 a 1969, Revueltas hizo muchos experimentos narrativos, escribió varias obras de teatro, decenas de guiones para el cine, notas, entrevistas, artículos, ensayos y crónicas para periódicos y revistas de la ciudad de México. Pero en el centro de toda esta actividad latía el tema de la cárcel, como una de sus obsesiones literarias más fuertes y conmovedoras. Los muros de agua es una especie de documental que describe la prisión como una ciudad habitada por parias más que por ladrones y criminales. Era la primera novela de un escritor de 26 años de edad, sometido a los caprichos de la historia, en la que hay una diversidad de sentidos de la actividad del preso. Como en La colonia penitenciaria de Kafka, en que el tormento llega a tocar los bordes de la perfección del dolor y de la utopía, en la de Revueltas el mundo es sórdido, de trazos indefinidos, y la voz humana es sólo un lamento no la expresión de una idea.
Muchos años después de Los muros de agua, los lectores de Revueltas se sintieron estremecidos por una novela corta cuyo escenario era la vida carcelaria expuesta en sus límites. El apando apareció justo un año después del movimiento estudiantil del 68, motivo por el cual Revueltas fue recluido una vez más en una cárcel de la ciudad de México. La editorial Era le publicó este relato intenso, llevado al cine posteriormente y que despertó curiosidad en la crítica y los centros de investigación de la literatura. Está dedicado a Pablo Neruda, el gran amigo y colega de su hermano Silvestre, y andando el tiempo, también amigo de José. 1969. En su calidad de preso político, Revueltas permanecía en Lecumberri como en su propia casa. Es un hombre activo, luchador de tiempo completo, que usa la cárcel y no al revés. Junto a muchos estudiantes, maestros, intelectuales de izquierda, Revueltas vive a su modo la última prisión. Gilberto Guevara Niebla, preso en Lecumberri por haber formado parte del Consejo Nacional de Huelga, define el carácter separatista de la cárcel, el estado de postración en que sumerge a la víctima, además de la incomunicación y la soledad típicas. La cárcel para los dirigentes del movimiento estudiantil del 68 solía producirles con frecuencia el carcelazo, un estado de ánimo que Revueltas describió: “depresión o reacciones psicológicas de desesperación que con frecuencia se expresaban con mal humor y entre los más jóvenes, con violencia”.
Salió de Lecumberri el 13 de mayo de 1971, divorciado de su segunda esposa, María Teresa Retes, con algunos padecimientos pulmonares, y sobre todo con la satisfacción de haber escrito una novela intensa y descarnada como es El apando. Parecía convencido, ahora sí, que debía dedicarse a leer y escribir de tiempo completo, ya no desperdiciaría un solo instante de su vida. “Desgraciadamente no fue así y eso me entristeció mucho”, escribió Rosaura Revueltas. Pero nada ni nadie lo pudo apartar de su camino, como si tuviera un destino manifiesto.
Hacia 1971, Revueltas era ya una leyenda para la izquierda mexicana, un ser de varios rostros que era imposible etiquetar, un viajero de México y del mundo con una vida abrupta, y un escritor que había producido una obra muy original para las letras mexicanas. Cada libro suyo es un laberinto de significaciones que se confrontan con el destino del hombre en el mundo. Una lección que aprendió en la novela rusa del siglo XIX y que sostiene, entre otras cosas, que la felicidad es un fin inalcanzable entre los hombres casi siempre atrapados en un microcosmos de competencia y degradación.
Un Prometeo moderno
Hay varias preguntas que hacer sobre el sentido que tuvo la cárcel en la vida de José Revueltas. Yo hago una: ¿cuál fue la experiencia acumulada en las cárceles de un joven que es castigado severamente por “delitos” que no pertenecen al código penal sino a esa zona opaca del Estado y la política? Es un adolescente aún cuando se le “encierra” por hablar y escribir, dos acciones que comprometen y han sido sancionadas en varios momentos de la historia. Se le castiga, podríamos decir, por sus convicciones políticas e ideológicas. Pero en realidad porque manifiesta un desacuerdo con el mundo, en el que cree descubrir injusticia infinita y una gran desesperanza.
El apando tiene un texto complementario, “Año Nuevo en Lecumberri”, una especie de crónica en la que Revueltas muestra un estilo depurado, sensato y abarcador. En él describe la agresión de los reos comunes contra los presos políticos del Año Nuevo de 1970. Después de recibir el nuevo año, los presos regresaron a sus celdas. Desde ahí escuchan el toque del rondín y también un tropel de hombres armados de palos y tubos. Revueltas, Elí de Gortari y otros compañeros suyos se refugiaron en una misma celda, la número 21. Desde ahí vieron la agresión, el impulso de los presos comunes, que habían sido soltados como fieras feroces con la intención de eliminar a los presos “políticos”. Una vez más, Revueltas se había adelantado con estas escenas de la realidad a su ficción. Sin la experiencia de Lecumberri no habría surgido El apando.
En esa penitenciaría parece que un ciclo en la vida y la obra de Revueltas se cerraba. Había comenzado su actividad como escritor y dirigente de la izquierda bajo el signo de la cárcel y la terminó en el mismo sitio, justo cuando él había apostado por el último movimiento social y político. En el principio había sido la cárcel y su halo tétrico, y finalmente volvía a ser el escenario donde parecía legitimarse su agitada vida y su polémica obra. “Eso también era el mundo…” podía decir Revueltas en su celda de la crujía M, junto a sus compañeros y colegas del 68. Desde el cuarto medio oscuro de Lecumberri concibió El apando, cuya escritura apretada, carcelaria, jamás cede a los caprichos del estilo y de la sintaxis, pues sigue por un camino libre. Revueltas escribió esta novela breve en guerra consigo mismo y con el mundo, dispuesto ahora sí a “olvidar” las rencillas partidistas y el rencor por las decisiones arbitrarias del Partido Comunista Mexicano. Quería ver dentro de sí, y en esas noches cerradas de la prisión, recibió el aliento para escribir esa novela inigualable.
En la cárcel Revueltas pudo ver hacia el exterior y encontró el mundo terrible de las rejas en que vive la sociedad, como los personajes de El apando. Su vida política tocaba el límite y su escritura se abría a los espacios del mundo. Manuel Blanco caracterizó El apando por su prosa circular, que hace un profundo recorrido por el alma humana entre las rejas de Lecumberri y regresa al punto de partida, la geometría enajenada. El texto insinúa que el hombre vive en un universo cerrado, en una ciudad que es en realidad una cárcel. Nadie escapa a esta especie de predestinación, pues la cárcel es una especie de laberinto en que se refleja, distorsionada, la sociedad. Revueltas encontró en esas prisiones un material autobiográfico que fue distribuyendo a lo largo de los años en sus narraciones. “La prisión es a la vez una presencia física y una parábola”, una imagen “contrahecha de un mundo universal y no obstante aparte; la cárcel como imagen desfigurada pero exacta de la cárcel social en que sobreviven los hombres”, no es más que la expresión ruda y sintética de que el hombre no tiene salida.
Sin duda Revueltas aprendió a establecer una alianza profunda con el mundo de las prisiones. Esto quiere decir que tuvo que aguantar la disciplina arbitraria que conlleva la privación de la libertad, el abuso sistemático y la hostilidad de las autoridades, la forma como se viola todo derecho humano en el sistema penitenciario de México y mucho más. Desde las celdas, Revueltas adolescente, aún inexperto en las redes subterráneas del poder y la política, contempló el mundo exterior y lo asemeja al que late en las prisiones del alma. El escritor maduro de 1969, golpeado en varios flancos por el aparato represivo del Estado -la policía, los jueces, el sistema carcelario y las leyes-, se rebela no tanto contra el sufrimiento, más bien contra el universo carcelario cuya naturaleza se encuentra en el hombre mismo. Se rebela contra la falta de libertad. Y su escritura es un grito en la noche del siglo XX que pide desatar a un Prometeo moderno de las cuerdas de la industria y la tecnología.
La celda es en realidad “el apando” donde eran sometidos los presos a un castigo inhumano. En la realidad de la prisión, Revueltas vio dos “apandados” frente a su celda que “metían la cabeza a través de la ventanilla para pedir cigarros”. Ese detalle lo usó para escribir el comienzo de la novela; el otro “detalle” se encontraba en la historia de su formación política y de la persecución de que fue objeto durante varios años, además de sus lecturas de novelistas rusos del siglo XIX y textos teóricos del marxismo. Todo había comenzado en los albores de los años treinta. De nuevo, esa fecha, fatídica o feliz, premonitoria o cerrada, se detecta en la prosa de El apando de una manera definitiva. Él había conocido en las cárceles una gama infinita de seres humanos, que vivían en un estado de enajenación total. La escoria del sistema político, diría Revueltas.
Ese material, extraordinario, lo aprovechó en sus cuentos y novelas, en la obra de teatro, El cuadrante de la Soledad (1950) y en guiones para el cine. Sin embargo, no había alcanzando la dimensión a la que llegó a través del universo cerrado, el rigor estilístico, la visión embrionaria y de regreso al origen, como en El apando. El Carajo, Alvino y Apolonio y las tres mujeres que como complemento se suman a esa trinidad de la degradación humana, revelan complejidad ética, un vocabulario ideal para la lingüística y una estructura verbal de la que el psicoanálisis tendría mucho que decir. Los seres del subsuelo de otras obras de Revueltas aparecían como muestras de un sistema social y político que les había mutilado el cuerpo y el deseo. Sin embargo, los que construyó en El apando, han roto esas cadenas literarias, y se desplazan por el espacio carcelario como en su casa y en ese movimiento muestran la batalla infernal que libran entre ellos mismos. Lupos hominis est lupus. El Carajo y sus colegas confirman la premisa de que el hombre es el lobo del hombre. Revueltas lo definió como “un tipo ético en el sentido de que es un instrumento para una visión ética de la realidad. El problema de la libertad se condensa tan claramente en El Carajo, que representa toda la infamia, toda la humillación, toda la ignominia de estar preso”.
Este libro “extraño” y por lo mismo excepcional siempre exigirá mucha atención, aparte de los estudios, reseñas, tesis y ensayos que ha suscitado. Y no es ocioso citarlo justo a la hora de recordar a un escritor excepcional, que a 30 años de su muerte sigue vivo entre los jóvenes que se desconciertan ante su escritura múltiple. Para hombres como él existe la frase de Walter Benjamin: “Sólo nos es dada la esperanza por aquellos que no tienen esperanza”.
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