Después de la agresión yanqui-uribista a territorio ecuatoriano del primero de marzo, se abrió en América Latina una nueva etapa en la contraofensiva de Washington para revertir los importantes avances por vía legal del movimiento popular y derrocar los gobiernos reacios a aceptar la tutela imperial con vistas a dejar sola a Cuba de nuevo y asestarle una estocada mortal. Estrechamente unido a ello, resulta que los regímenes más subordinados a Estados Unidos ya no pueden sostenerse, si no es recrudeciendo la represión, desplegando los uniformados con el pretexto del combate al narcotráfico, induciendo el miedo en la sociedad mediante campañas mediáticas goebbelianas, violando burdamente los derechos civiles y quebrando las mínimas normas de equidad en la competencia electoral, incluido el fraude de Estado. Y como esto no les alcanza, allí están la cuarta flota –enfilada principalmente contra Venezuela– y la prisa de Washington por aumentar su presencia militar en la región, prolongar indefinidamente el conflicto colombiano y extenderlo a toda América Latina con el argumento del combate al terrorismo.
El objetivo principal de los sensacionales hallazgos a la carta en las computadoras acorazadas de Raúl Reyes ha sido satanizar a Hugo Chávez y Rafael Correa, pero también la criminalización del movimiento popular y sus líderes y del pensamiento contestatario del río Bravo a la Patagonia, arguyendo mendazmente su complicidad con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), o simplemente, con el “terrorismo” en abstracto. Los pobres de la Tierra nunca compartirán la visión sobre el terrorismo de las potencias imperialistas ni de sus opresores locales, que les han impuesto el terrorismo de Estado sistemáticamente. Quien estudie la historia con honestidad comprobará que desde hace milenios la violencia –el terror: económico, militar, cultural– es inherente a los regímenes de explotación y, a su vez, la única causa de la insurgencia de los de abajo. Pero el gran desafío hoy del movimiento popular latinoamericano es preservar y ensanchar con la mayor audacia y creatividad, sin ceder al sectarismo, los espacios legales conquistados, que exige trabajar incansablemente por una salida política digna, justa y democrática al conflicto colombiano.
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