Ana Teresa López de Llergo
La solidaridad es un concepto con un riquísimo contenido. Por eso, empleamos la palabra con mucha frecuencia y desde diversos puntos de vista, en el lenguaje coloquial y en otros más especializados. Sin embargo, el uso no debe desdibujar su profundo significado.
Vale la pena hacer un rápido repaso de su alcance. La solidaridad manifiesta la dimensión social, inscrita en lo más profundo del ser de toda persona. Hace referencia a los demás e incluye la idea de amistad, pues abarca los procesos de comunicación y de ayuda mutua. Así, la reciprocidad está profundamente ligada a la solidaridad. También está presente la responsabilidad de compartir lo propio, dado que aparece un sentido de pertenencia a la especie humana y, por eso, la necesidad de elevar la calidad de vida de todos.
La solidaridad contrarresta las tendencias inhumanas propias del aislamiento o de la indiferencia, y contribuye a dar a los demás el trato con la dignidad exclusiva de las personas.
La familia es el entorno social más cercano al ser humano. Ahí, cada uno se desenvuelve con naturalidad. Por la cercanía de los miembros de la familia, se conocen tal cual son y nadie pretende aparentar lo que no es. Precisamente, por esa cercanía, lo que más se disfruta en este campo es compartir los admirables relieves de la intimidad. En otros ámbitos pueden disfrutarse los múltiples paisajes de la geografía física adornada con la respectiva flora y fauna. En la familia, lo que más se valora es una sabrosa conversación donde se comparten inquietudes, proyectos, alegrías, desencantos, éxitos, frustraciones... Nada hay más hermoso que desvelar el paisaje forjado en el mundo interior del otro. En los contrastes y semejanzas con el mundo propio se aprende a compartir y a comprender las diferencias y las similitudes.
En estas condiciones, el ejercicio de la solidaridad fluye con una dinámica vigorosa, pues a cada uno se le pide lo que sabe y puede dar. Y, cuando alguien se resiste a hacer lo que debe, los demás le sacan de ese estado y, precisamente porque le conocen, le obligan a cumplir su tarea. Pues la solidaridad consiste en hacer operativas las propias capacidades.
La solidaridad es un valor que integra a los miembros de la familia en una unidad de fines donde todos colaboran, y los logros son comunes, son de todos. Es la colaboración que se prestan las personas entre sí, desde las propias capacidades. Cuando los vínculos interpersonales son más profundos, como lo son en la familia, la colaboración tiene un matiz entrañable. La solidaridad entre los cónyuges fortalece el proyecto de vida en común que han puesto en marcha al engendrar a sus hijos. En ellos, el padre y la madre encuentran su sello y el del otro, entonces, necesariamente, hay gratitud y corresponsabilidad para ayudarse y llevar a buen término lo que han iniciado.
La solidaridad entre los hermanos inicia en la infancia, con la reproducción del ejemplo de los padres. Luego, cuando pasan los años, dan su toque personal y muestran la responsabilidad de prestarse ayuda de manera totalmente generosa, pero interesada en el buen logro de los demás. La solidaridad de los hijos hacia los padres parte del agradecimiento de haber recibido de ellos el inmenso valor de la vida y de corresponder a todos los desvelos por sacarlos adelante, de manera especial durante la infancia.
Por último, es necesario hablar de la solidaridad con los miembros de la familia extensa: los abuelos, los tíos, los primos. Ese mosaico de reciprocidades cultiva y fortalece la personalidad de cada uno de los miembros de la familia. Además el aprendizaje en la familia deja una huella tan profunda que capacita para practicar la solidaridad en otros grupos sociales como la escuela, el vecindario, el lugar de trabajo. Con este bagaje existe una buena base para asegurar la solidaridad ciudadana.
www.yoinfluyo.com
La solidaridad es un concepto con un riquísimo contenido. Por eso, empleamos la palabra con mucha frecuencia y desde diversos puntos de vista, en el lenguaje coloquial y en otros más especializados. Sin embargo, el uso no debe desdibujar su profundo significado.
Vale la pena hacer un rápido repaso de su alcance. La solidaridad manifiesta la dimensión social, inscrita en lo más profundo del ser de toda persona. Hace referencia a los demás e incluye la idea de amistad, pues abarca los procesos de comunicación y de ayuda mutua. Así, la reciprocidad está profundamente ligada a la solidaridad. También está presente la responsabilidad de compartir lo propio, dado que aparece un sentido de pertenencia a la especie humana y, por eso, la necesidad de elevar la calidad de vida de todos.
La solidaridad contrarresta las tendencias inhumanas propias del aislamiento o de la indiferencia, y contribuye a dar a los demás el trato con la dignidad exclusiva de las personas.
La familia es el entorno social más cercano al ser humano. Ahí, cada uno se desenvuelve con naturalidad. Por la cercanía de los miembros de la familia, se conocen tal cual son y nadie pretende aparentar lo que no es. Precisamente, por esa cercanía, lo que más se disfruta en este campo es compartir los admirables relieves de la intimidad. En otros ámbitos pueden disfrutarse los múltiples paisajes de la geografía física adornada con la respectiva flora y fauna. En la familia, lo que más se valora es una sabrosa conversación donde se comparten inquietudes, proyectos, alegrías, desencantos, éxitos, frustraciones... Nada hay más hermoso que desvelar el paisaje forjado en el mundo interior del otro. En los contrastes y semejanzas con el mundo propio se aprende a compartir y a comprender las diferencias y las similitudes.
En estas condiciones, el ejercicio de la solidaridad fluye con una dinámica vigorosa, pues a cada uno se le pide lo que sabe y puede dar. Y, cuando alguien se resiste a hacer lo que debe, los demás le sacan de ese estado y, precisamente porque le conocen, le obligan a cumplir su tarea. Pues la solidaridad consiste en hacer operativas las propias capacidades.
La solidaridad es un valor que integra a los miembros de la familia en una unidad de fines donde todos colaboran, y los logros son comunes, son de todos. Es la colaboración que se prestan las personas entre sí, desde las propias capacidades. Cuando los vínculos interpersonales son más profundos, como lo son en la familia, la colaboración tiene un matiz entrañable. La solidaridad entre los cónyuges fortalece el proyecto de vida en común que han puesto en marcha al engendrar a sus hijos. En ellos, el padre y la madre encuentran su sello y el del otro, entonces, necesariamente, hay gratitud y corresponsabilidad para ayudarse y llevar a buen término lo que han iniciado.
La solidaridad entre los hermanos inicia en la infancia, con la reproducción del ejemplo de los padres. Luego, cuando pasan los años, dan su toque personal y muestran la responsabilidad de prestarse ayuda de manera totalmente generosa, pero interesada en el buen logro de los demás. La solidaridad de los hijos hacia los padres parte del agradecimiento de haber recibido de ellos el inmenso valor de la vida y de corresponder a todos los desvelos por sacarlos adelante, de manera especial durante la infancia.
Por último, es necesario hablar de la solidaridad con los miembros de la familia extensa: los abuelos, los tíos, los primos. Ese mosaico de reciprocidades cultiva y fortalece la personalidad de cada uno de los miembros de la familia. Además el aprendizaje en la familia deja una huella tan profunda que capacita para practicar la solidaridad en otros grupos sociales como la escuela, el vecindario, el lugar de trabajo. Con este bagaje existe una buena base para asegurar la solidaridad ciudadana.
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