domingo, diciembre 20, 2009

Chile en la encrucijada

Guillermo Almeyra

El Chile actual presenta grandes diferencias con el de hace 40 años, en tiempos de Salvador Allende.

En efecto, los dos grandes partidos obreros –comunista y socialista– que desde los años 30 del siglo anterior marcaron profundamente la historia de la sociedad chilena, se transformaron profundamente y son una sombra de lo que fueron. El primero, aunque se está reanimando en el movimiento sindical y entre el estudiantado, se debilitó al extremo y perdió sus seguridades teórico-políticas, y hoy logró, como gran conquista y al costo de su subordinación al ex presidente Frei, candidato de la Concertación, sólo tres diputados. Y el segundo, que siempre había sido una confederación de tribus, es ahora mayoritariamente social liberal y tiene apenas una izquierda residual.

El país también fue terriblemente despolitizado por la dictadura y por las políticas más que moderadas de los gobiernos del centroizquierda que sucedieron a Pinochet. Los jóvenes se alejan de la actividad política, aunque participan en luchas estudiantiles o de sector con un vigor que deja lugar a la esperanza. El número y peso político de los campesinos se redujo fuertemente y hoy 90 por ciento de la población económicamente activa es urbana y las luchas rurales se concentran en la resistencia de los mapuches, oprimidos como pobres, como campesinos y, sobre todo, en su carácter de indígenas por gobiernos que siguen siendo racistas y clasistas, incluso cuando dicen ser progresistas como los de la Concertación con presidencia "socialista".

Hay 62 por ciento de trabajadores, 3 por ciento de empleados públicos, 5.5 por ciento de empleados domésticos, 16.6 por ciento de cuentapropistas, 7 por ciento de patrones, 0.5 por ciento de dirigentes estatales y 5 por ciento de dirigentes en el sector privado. Los asalariados, más los cuentapropistas son, pues, la mayoría de la población, pero muchos de ellos no votan o lo hacen incluso por los partidos de derecha y de centro derecha, y eso explica los sufragios obtenidos por el hombre más rico de Chile, Sebastián Piñera, el Berlusconi del sur, un conservador unido a la extrema derecha que trata de hacer olvidar su apoyo a Pinochet.

El repudio juvenil semianarcoide a "la política", que fue la base de los votos de Marco Enríquez-Ominami es, en realidad, una especie de "que se vayan todos" chileno, de hartazgo de los politiqueros, pero abre el camino a los que personifican esa odiada "política", es decir, a la derecha y centroderecha y a una centroizquierda que cada vez se diferencia menos de esta última.

Por eso, como era previsible, Piñera ganó la primera vuelta con 44 por ciento de los votos contra casi 30 por ciento de Eduardo Frei, ex presidente democristiano hijo de otro ex presidente también democristiano asesinado por la dictadura; casi 20 por ciento para Marco Enríquez-Ominami y 6 por ciento para el socialista Arrate, que canalizó los votos comunistas.

Sebastián Piñera, en la primera vuelta, prácticamente ya sacó todos los votos "normales" por la derecha y ahora está tratando de pescar en el electorado de Marco Enríquez, aprovechando el repudio del mismo a Frei o, al menos, de lograr que ese electorado se abstenga, reduciendo así la cantidad de votos necesarios para acabar con los gobiernos de la Concertación socialista-democristiana. Los votos comunistas y socialistas por Arrate sin duda confluirán en la segunda vuelta en su mayoría con los de Frei, de modo que desde ahora mismo, sin esperar el segundo turno el 17 de enero próximo, el marcador está en 44 para la derecha contra cerca de 36 para la centroizquierda. La incógnita, de este modo, reside en cómo se dividirá ese 20 por ciento de Marco Enríquez, que ahora es decisivo. Muchos, sin duda, irán a la abstención o el voto nulo porque "se enfrentan dos grupos del pasado", como dijo Enríquez; otros, en cambio, irán con Frei para impedir el retorno de la derecha al poder, y no faltarán ni entre sus cuadros ni entre sus votantes los que escucharán los cantos de sirena de Piñera, que las encuestas calculan nada menos que en siete por ciento (un tercio de los votos de Marco Enríquez-Ominami).

Si del 20 por ciento de Enríquez-Ominami un 5 anula el voto o se abstiene y un 10 por ciento se tapa la nariz y le da el voto a Frei, ganaría Piñera por 49 contra 46. Sólo si la mayoría de esos votantes optase por Frei y únicamente lo hiciese por Piñera un sector pequeño, el candidato de la Concertación tendría posibilidad de ganar. O sea, que Frei tiene muy pocas probabilidades. De todos modos, incluso esa remotísima posibilidad, la Concertación estaría herida de muerte y no podría ignorar la realidad social del país que, bajo los efectos de la crisis mundial, comenzaría a "latinoamericanizarse", es decir, a enfrentar agudas luchas de clase. La Democracia Cristiana (DC) ya sufrió una escisión de derecha y su electorado más conservador pasó a los pinochetistas y a los pinocheteros (pinochetistas que no osan mostrar su rostro, como Piñera). Su alianza con los socialistas dañó a ambos porque no se pueden aliar los golpistas contra Salvador Allende con los epígonos edulcorados de éste. Lo que queda de vital del Partido Socialista tratará de separarse de este abrazo mortal con sus enemigos y buena parte de los restos de la DC se irán detrás de Piñera. Habrá que ver hacia dónde va la protesta que encabeza Marco Enríquez. Lo cierto es que el panorama político chileno ha cambiado radicalmente y que un gobierno de derecha en el país influirá en el contexto sudamericano.

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