jueves, febrero 18, 2010

Irán: tensiones y doble rasero

La Jornada

Con el pretexto de enfrentar problemas técnicos, el gobierno de Rusia anunció ayer su decisión de suspender la entrega a Irán de los sistemas de misiles antiaéreos S-300, operación estipulada en un contrato suscrito en 2005 entre ambas naciones, con valor de unos 800 millones de dólares. La decisión se produce luego de la visita a Moscú del primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, y ha sido, por tanto, percibida en la opinión pública internacional como una cesión del Kremlin ante las presiones de Tel Aviv, que en meses previos había manifestado, junto con Washington, su preocupación por la venta de este armamento a Irán, pese a que se trata de elementos evidentemente defensivos. Dicha percepción cobra fuerza tras lo expresado ayer mismo por el jefe de la oficina de diseño de la empresa Almaz-Antéi –encargada de fabricar los sistemas antimisiles mencionados–, Vladímir Kaspariants, quien señaló que no hay problemas técnicos en el S-300; es un asunto político.

La medida que se comenta tiene como telón de fondo la hostilidad con que las potencias occidentales –Washington a la cabeza– han reaccionado ante el anuncio, realizado el pasado lunes, de que la república islámica elevará sus procesos de enriquecimiento de uranio de 6 a 20 por ciento. Anteayer, durante una gira por países árabes del Golfo Pérsico, la secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton, acusó a la Guardia Revolucionaria de Irán de conducir a esa nación a una dictadura militar, y señaló que este extremo debiera ser enfrentado con nuevas sanciones de la Organización de las Naciones Unidas. Por su parte, el mismo día el jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, Michael Mullen, expuso que emprender acciones militares en contra de Irán es una opción que no se descarta, mientras que el vocero de la Casa Blanca, Robert Gibbs, dijo que no excluiría la posibilidad de una cruzada bélica en contra de Teherán. En respuesta, el presidente iraní, Mahmud Ahmadinejad, señaló ayer que si alguien actúa en contra de Irán, nuestra respuesta definitivamente será suficientemente firme (para) hacerlos arrepentirse.

Los elementos mencionados dejan entrever una nueva escalada en las tensiones entre Irán y Estados Unidos, país, este último, que ha elevado el tono de su discurso y ha pasado de las advertencias sobre la profundización de las sanciones económicas en contra de Irán a los amagos de las acciones bélicas hacia el régimen de la república islámica. Según puede verse, el vaivén de estas tensiones ha acabado por involucrar a Rusia, que hasta ahora había mantenido buenas relaciones con el régimen de Teherán, y la ha colocado en una incómoda posición intermedia entre este país y las potencias occidentales y sus aliados. La equidistancia, según puede verse, ha llegado a su fin: al incumplir sus acuerdos con Irán, Moscú opta por alinearse con Occidente y se coloca como un socio (y un aliado) poco confiable para diversas naciones de Asia, África y América Latina.

Es necesario reiterar que la hostilidad con que Washington se ha conducido hacia Teherán como respuesta a su programa nuclear encierra una actitud injustificada –pues hasta ahora la nación medioriental no ha dado indicios de enfilarse al desarrollo de armas de destrucción masiva, y no hay por tanto razón para oponerse a su decisión soberana de enriquecer su propio uranio– y una doble moral inocultable: no otra cosa es el empeño de la Casa Blanca para condenar al régimen iraní y no hacer otro tanto con el de Tel Aviv, que ha sido –debe recordarse– inexplicablemente excluido del Tratado de no Proliferación Nuclear y que ha logrado evadir las inspecciones de la Agencia Internacional de Energía Atómica, pese a que información fundamentada y nunca desmentida sugiere que ese país posee desde hace décadas el único arsenal atómico de Medio Oriente. La misma actitud puede observarse en el silencio que Estados Unidos y el resto de las potencias de Occidente guardaron cuando la India y Pakistán desarrollaron sus respectivos arsenales atómicos.

En suma, los hechos referidos confirman la continuidad entre las administraciones de George W. Bush y Barack Obama del acento belicista y unilateral, así como el doble rasero que caracterizaron la política exterior estadunidense durante la administración del primero, y el abandono, por parte del segundo, de los aspectos más avanzados y emblemáticos de su agenda internacional.

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