El iconoclasta: yo mero
De una crítica realizada por Octavo Paz en 1986 a dos frescos del pintor José Clemente Orozco, aquí abajo transcribo y ensamblo algunos párrafos…
La deshumanización fue un leitmotiv de la generación de Orozco. Para Ortega y Gasset era una suerte de higiene mental contra los excesos románticos; para otros era una verificación del concepto de alienación de Hegel y Marx; para otros más, como Orozco, un pecado, una caída: la pérdida del ser. El alma humana transformada en un mecanismo.
En el Hospicio Cabañas el pintor representa al diablo como un ídolo horrible, Huitzilopochtli, embadurnado de sangre y rodeado de sacerdotes caníbales. En otro muro, frente al ídolo, el símbolo de la edad moderna: el caballo mecánico y su jinete. El diablo moderno no es un ídolo: es la máquina cuyo único movimiento es la repetición del mismo gesto mortífero. El alma es soplo, movimiento creador y vivificador; el mal es su caricatura: el movimiento estéril de la máquina, condenada a repetirse sin cesar. Pero la mecanización no es sino un aspecto de la deshumanización universal. El otro es la ideología. La ideología nos deshumaniza porque nos hace creer que sus sombras son realidades y que las realidades, incluso la de nuestro propio ser, no son sino sombras. Es un juego de espejos que nos oculta la realidad, que nos roba la cara y el albedrío para convertirnos en reflejos. La repetición es el modo de ser del propio diablo: el robot repite los mismos gestos, el ideólogo las mismas fórmulas.
Si la máquina es la caricatura de la vida, la ideología es la caricatura de la religión. Orozco pintó en el Palacio de Gobierno de Guadalajara, lado a lado, en 1937, dos frescos: “Los fantasmas de la religión en alianza con el militarismo” y “El carnaval de las ideologías”. El primero representa el viejo pecado conservador que empezó, en la historia del cristianismo, con Constantino: la confusión entre el poder y la religión, el trono y el altar. Esta corrupción clerical y política de la fe ha sido el cáncer de América Latina, desde la Independencia hasta nuestros días. La sacrílega alianza entre la espada y la cruz es el equivalente de Huitzilopochtli y sus guerreros sanguinarios. El otro fresco nos muestra la realidad política y espiritual del mundo moderno, dividido en sectas feroces, cada una dueña de un libro donde el adepto encuentra respuesta a todos los enigmas de la historia. En “El carnaval de las ideologías” aparece una banda de seres grotescos, payasos crueles, locos astutos y obstinados, doctores sanguinarios, cada uno armado con un signo: el crucifijo, la hoz y el martillo, la suástica, el fascio, las llaves de este mundo o las del porvenir. No es difícil reconocer en esos peleles los rostros de muchos de los doctrinarios y maestros del siglo; todos poseídos por el odio teológico. Cada secta se cree dueña de la verdad total y está dispuesta a imponerla por la fuerza y por el exterminio de las otras sectas. El siglo XX ha sido el siglo ideológico como el siglo XII fue el siglo religioso. Los fantasmas de la religión provocaron las persecuciones contra heréticos, las guerras religiosas del siglo XVI y otros desastres; las ideologías del siglo XX han llevado la guerra a todas las naciones, han asesinado a millones de hombres y han esclavizado a países inmensos como continentes.
El rasgo distintivo del fin del siglo ha sido el fracaso de las revoluciones que encendieron las esperanzas de inmensas multitudes y de muchos intelectuales hace apenas cincuenta años. Al mismo tiempo, los países que no han sufrido la congelación de las dictaduras totalitarias revolucionarias y que han escapado de las tiranías militares, es decir: las naciones liberales de Occidente, han sido incapaces de detener el proceso de la deshumanización.
Una sociedad de consumidores no es siquiera una sociedad hedonista. Es un mundo movido por un proceso circular: producir para consumir y consumir para producir. Orozco vio hondo y claro: ya somos modernos porque somos ciudadanos de la edad mecánica e ideológica. Somos los mutilados del ser.
En las obras de Orozco abundan los panoramas y las perspectivas industriales: fábricas, rascacielos, trenes, puentes de hierro, máquinas y más máquinas, hombres y mujeres espectrales caminando por las calles sin fin entre altos edificios grises. Orozco vivió muchos años en Nueva York y en San Francisco, visitó París y Londres, estuvo en Roma y fue testigo de la transformación de México en ciudad moderna. A diferencia de otros pintores y poetas de su siglo – Léger, Boccioni, Apollinaire, Joyce – no vio a la ciudad moderna con asombro sino con horror. Para él la ciudad no fue el Cosmos que había celebrado Whitman ni la gran fábrica de lo maravilloso que fascinó a Bretón. Más cerca de Eliot, la vio con ojos bíblicos: lugar de condena, patria de la Gran Ramera, vasta como el desierto y asfixiante como la celda en donde se apeñuscan los prisioneros.
Nuestro pintor no supo sonreír, contemplar ni abrazar, pero conoció la burla, el sarcasmo, el grito, el silencio, la soledad, la fraternidad, el jadeo en el martirio, la visión divina sobre el peñasco árido o en la oscuridad de la cueva. ¿Qué nos dejó? Unas formas incendiadas que dibujan una interrogación: el titán Prometeo castigado por su amor a los hombres, Quetzalcóatl que predica en el desierto, Felipe II que abraza una cruz de piedra, Cristo que destruye la suya, Carrillo Puerto que cae ensangrentado. Iconos de la interrogación humana, iconos de la transfiguración. Todos ellos se disuelven y resuelven en otro: el hombre en llamas.
La deshumanización fue un leitmotiv de la generación de Orozco. Para Ortega y Gasset era una suerte de higiene mental contra los excesos románticos; para otros era una verificación del concepto de alienación de Hegel y Marx; para otros más, como Orozco, un pecado, una caída: la pérdida del ser. El alma humana transformada en un mecanismo.
En el Hospicio Cabañas el pintor representa al diablo como un ídolo horrible, Huitzilopochtli, embadurnado de sangre y rodeado de sacerdotes caníbales. En otro muro, frente al ídolo, el símbolo de la edad moderna: el caballo mecánico y su jinete. El diablo moderno no es un ídolo: es la máquina cuyo único movimiento es la repetición del mismo gesto mortífero. El alma es soplo, movimiento creador y vivificador; el mal es su caricatura: el movimiento estéril de la máquina, condenada a repetirse sin cesar. Pero la mecanización no es sino un aspecto de la deshumanización universal. El otro es la ideología. La ideología nos deshumaniza porque nos hace creer que sus sombras son realidades y que las realidades, incluso la de nuestro propio ser, no son sino sombras. Es un juego de espejos que nos oculta la realidad, que nos roba la cara y el albedrío para convertirnos en reflejos. La repetición es el modo de ser del propio diablo: el robot repite los mismos gestos, el ideólogo las mismas fórmulas.
Si la máquina es la caricatura de la vida, la ideología es la caricatura de la religión. Orozco pintó en el Palacio de Gobierno de Guadalajara, lado a lado, en 1937, dos frescos: “Los fantasmas de la religión en alianza con el militarismo” y “El carnaval de las ideologías”. El primero representa el viejo pecado conservador que empezó, en la historia del cristianismo, con Constantino: la confusión entre el poder y la religión, el trono y el altar. Esta corrupción clerical y política de la fe ha sido el cáncer de América Latina, desde la Independencia hasta nuestros días. La sacrílega alianza entre la espada y la cruz es el equivalente de Huitzilopochtli y sus guerreros sanguinarios. El otro fresco nos muestra la realidad política y espiritual del mundo moderno, dividido en sectas feroces, cada una dueña de un libro donde el adepto encuentra respuesta a todos los enigmas de la historia. En “El carnaval de las ideologías” aparece una banda de seres grotescos, payasos crueles, locos astutos y obstinados, doctores sanguinarios, cada uno armado con un signo: el crucifijo, la hoz y el martillo, la suástica, el fascio, las llaves de este mundo o las del porvenir. No es difícil reconocer en esos peleles los rostros de muchos de los doctrinarios y maestros del siglo; todos poseídos por el odio teológico. Cada secta se cree dueña de la verdad total y está dispuesta a imponerla por la fuerza y por el exterminio de las otras sectas. El siglo XX ha sido el siglo ideológico como el siglo XII fue el siglo religioso. Los fantasmas de la religión provocaron las persecuciones contra heréticos, las guerras religiosas del siglo XVI y otros desastres; las ideologías del siglo XX han llevado la guerra a todas las naciones, han asesinado a millones de hombres y han esclavizado a países inmensos como continentes.
El rasgo distintivo del fin del siglo ha sido el fracaso de las revoluciones que encendieron las esperanzas de inmensas multitudes y de muchos intelectuales hace apenas cincuenta años. Al mismo tiempo, los países que no han sufrido la congelación de las dictaduras totalitarias revolucionarias y que han escapado de las tiranías militares, es decir: las naciones liberales de Occidente, han sido incapaces de detener el proceso de la deshumanización.
Una sociedad de consumidores no es siquiera una sociedad hedonista. Es un mundo movido por un proceso circular: producir para consumir y consumir para producir. Orozco vio hondo y claro: ya somos modernos porque somos ciudadanos de la edad mecánica e ideológica. Somos los mutilados del ser.
En las obras de Orozco abundan los panoramas y las perspectivas industriales: fábricas, rascacielos, trenes, puentes de hierro, máquinas y más máquinas, hombres y mujeres espectrales caminando por las calles sin fin entre altos edificios grises. Orozco vivió muchos años en Nueva York y en San Francisco, visitó París y Londres, estuvo en Roma y fue testigo de la transformación de México en ciudad moderna. A diferencia de otros pintores y poetas de su siglo – Léger, Boccioni, Apollinaire, Joyce – no vio a la ciudad moderna con asombro sino con horror. Para él la ciudad no fue el Cosmos que había celebrado Whitman ni la gran fábrica de lo maravilloso que fascinó a Bretón. Más cerca de Eliot, la vio con ojos bíblicos: lugar de condena, patria de la Gran Ramera, vasta como el desierto y asfixiante como la celda en donde se apeñuscan los prisioneros.
Nuestro pintor no supo sonreír, contemplar ni abrazar, pero conoció la burla, el sarcasmo, el grito, el silencio, la soledad, la fraternidad, el jadeo en el martirio, la visión divina sobre el peñasco árido o en la oscuridad de la cueva. ¿Qué nos dejó? Unas formas incendiadas que dibujan una interrogación: el titán Prometeo castigado por su amor a los hombres, Quetzalcóatl que predica en el desierto, Felipe II que abraza una cruz de piedra, Cristo que destruye la suya, Carrillo Puerto que cae ensangrentado. Iconos de la interrogación humana, iconos de la transfiguración. Todos ellos se disuelven y resuelven en otro: el hombre en llamas.
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