domingo, enero 07, 2007

Sobre el arte moderno

El es-teta. O sea, yo mero
Comentario preliminar:
Tratando de seguir el mismo sentido de la crítica de Octavo Paz al arte moderno, seleccioné un conjunto de párrafos escritos por él en distintos ensayos compilados en “Los privilegios de la vista”. Por supuesto que esto es sólo una vista parcial de la crítica que Paz desarrolló en más de 500 páginas.

El movimiento de los astros y los planetas era para los antiguos la imagen de la perfección: ver la armonía celeste era oírla y oírla era comprenderla. Esta visión religiosa y filosófica reaparece en nuestra concepción del arte. Antes de la revolución estética el valor de las obras de arte estaba referido a otro valor. Ese valor era el nexo entre la belleza y el sentido: los objetos de arte eran cosas que eran formas sensibles que eran signos. El sentido de una obra era plural, pero todos sus sentidos estaban referidos a un significante último en el cual el sentido y el ser se confundían en un nudo indisoluble: la divinidad. Transposición moderna: para nosotros el objeto artístico es una realidad autónoma y autosuficiente y su sentido último no está más allá de la obra, sino en ella misma. Como la divinidad cristiana los cuadros de Pollock no significan: son.

La historia del arte moderno puede dividirse en dos corrientes: la contemplativa y la combativa. A la primera pertenecen tendencias como el cubismo y el arte abstracto; a la segunda, movimientos como el futurismo, el dadaísmo y el surrealismo. La mística y la cruzada.

La pintura ha sido siempre, al menos desde el Renacimiento, un producto que se vende. La diferencia entre el proceso de producción de ayer y hoy puede condensarse en esta frase: del taller a la fábrica. La noción de valía se convierte en la de precio. Al juicio de los entendidos, que nunca fue justo pero que era “humano”, se substituye ahora la etiqueta: tener éxito. El cliente y el mecenas antiguo han desaparecido: el comprador es el público anónimo, este o aquel rico de Texas o de Singapur, el museo de Dallas o el de Irapuato. El verdadero amo se llama mercado. No tiene rostro y su marca o tatuaje es el precio.

El mercado suprime a la imaginación: es la muerte del espíritu. El mecenas obtuso o inteligente, el burgués sensible o grosero, el Estado, el Partido y la Iglesia eran, y son, patrones difíciles y que no siempre han mostrado buen gusto. El mercado no tiene ni siquiera mal gusto. Es impersonal; es un mecanismo que transforma en objetos a las obras y a los objetos en valores de cambio: los cuadros son acciones, cheques al portador. El mercado no tiene voluntad: es un proceso ciego, cuya esencia es la circulación de objetos que el precio vuelve homogéneos. En virtud del principio que lo mueve, el mercado suprime automáticamente toda significación: lo que define a las obras no es lo que dicen sino lo que cuestan. Por la circulación – nunca fue más expresiva esta palabra- se transforman las obras, que son los signos de los hombres (sus preguntas, sus afirmaciones, sus dudas y negaciones), en cosas no significantes. La anulación de la voluntad de significar hace del artista un ser insignificante.

En su mejor momento la pintura mexicana fue una vertiente original del arte de la primera mitad del siglo. Hacia 1930 alcanzó su mediodía; después, como todos los movimientos, comenzó a declinar, aunque no sin antes haber influido en varios conocidos pintores norteamericanos que más tarde abrazarían el expresionismo abstracto. La pintura mexicana fue víctima de una doble infección, dos supersticiones que fueron dos prisiones: la ideología y el nacionalismo. La primera cegó la fuente de la renovación interior: la libertad y la crítica; la segunda cerró las puertas de la comunicación con el exterior. Esclerosis y repetición: los pintores comenzaron a imitarse a sí mismos. Hacia 1940 un grupo de artistas notables rompió el aislamiento, renunció a la retórica ideológica y decidió explorar por su cuenta dos mundos: el de la pintura universal y el suyo propio.

Durante esos años Nueva York ocupó el lugar central que París había tenido antes de la Segunda Guerra. Sin embargo, las diferencias eran (y son) enormes. En realidad, desde hace bastante tiempo, Nueva York ha sido antes que nada el teatro – o más exactamente: el circo – de la descomposición de la vanguardia. En menos de treinta años, después de convertirse en una academia, es decir: en procedimiento y manera, la vanguardia se ha transformado en moda. El arte como objeto, a un tiempo, de uso y de especulación financiera. Nueva York sigue siendo un centro, pero no hay que confundir la hegemonía del mercado con la fertilidad, la imaginación y la facultad de creación.
La verdad es que debe renunciarse a la superstición de los centros: la creación artística, en todas las épocas, ha sido rebelde lo mismo a la uniformidad que a la centralización. Los mejores periodos artísticos han sido los de la coexistencia de diversos focos de creación; los estilos locales son siempre vivaces mientras que en los imperiales triunfa la máscara sobre el rostro vivo. Desde hace más de veinte años hemos sido testigos del renacimiento de escuelas, movimientos, tendencias y personalidades que pertenecen a una nación o una ciudad, no a un centro mundial. Es un fenómeno que se despliega en dirección contraria al proceso de centralización que ha terminado por esterilizar a los artistas y uniformar a sus creaciones. Más que un regreso es una resurrección. Estos movimientos, probablemente, le devolverán la salud al arte moderno. La salud: la diversidad, la espontaneidad, la auténtica originalidad, que es algo muy distinto a la engañosa novedad.

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