sábado, enero 16, 2010

En torno a la remoción de Székely

Enrique Calderón

A nueve meses de haber asumido el cargo como titular de Educación, la ineptitud de Alonso Lujambio, su falta de visión, de compromiso con la educación y sobre todo con el país han ido revelándose por igual en sus declaraciones como en las descalificaciones de quienes tienen una visión diferente a la suya; a ello se suman decisiones a cual más desafortunadas en el nombramiento de cuanto funcionario ha ido metiendo a su equipo de colaboradores. La remoción que hizo esta semana de Miguel Székely como subsecretario de Educación Media Superior para nombrar en su lugar a un elemento más de los personajes ligados a El Yunque habla por sí sola de la pobreza de sus objetivos y de sus limitaciones políticas.

Ciertamente Székely no debe ser un hombre fácil; sin embargo, en los tres años que se desempeñó como subsecretario había dejado claro que era el mejor de los funcionarios del equipo que llevó Josefina Vázquez Mota a la SEP. En estos años él tuvo que hacer frente a uno de los problemas más graves de la educación nacional, representado por un conjunto totalmente desarticulado de sistemas educativos, con diferencias sustantivas en planes de estudio, de enfoques, de objetivos, de niveles de calidad y desde luego de inequidades en la distribución de recursos para cumplir sus tareas.

El problema, existente desde siempre, había sido resultado de que, al no ser incluido en la educación obligatoria, no era parte de las responsabilidades que la Constitución asignaba al gobierno en materia educativa, por lo que dicha función fue asumida por las instituciones de educación superior, incluyendo la Universidad Nacional Autónoma de México, el Instituto Politécnico Nacional y los institutos tecnológicos. Ello hizo que cada universidad contara con su propio sistema de bachillerato y que luego otros sistemas, más o menos autónomos, se fueran creando para satisfacer la demanda creciente de la población escolar que, al terminar la educación secundaria, aspiraba a continuar sus estudios.

El Sistema de Educación Media Superior experimentó así, a partir de 1990, un aumento desmedido respecto de los sistemas de educación primaria y secundaria, cuyo incremento en décadas anteriores había logrado alcanzar los ritmos de crecimiento de la población. Para atender a los millares de jóvenes que salían de las secundarias en todo el país y sin contar con los recursos necesarios para enfrentar el problema, las autoridades optaron por abrir más escuelas y ampliar la cobertura de la Educación Media Superior, sin que importara mucho la calidad de la instrucción que ofrecían, pero creando una bomba de tiempo, porque luego habría que corregir todo lo que se hubiese hecho mal.

Este fue el problema que debía enfrentar la presente administración le gustase o no; su seriedad y dimensión se entiende cuando se comprende la crisis por la que cada niño o niña atraviesa al llegar a la adolescencia. Cuando los sistemas de bachillerato eran reducidos y selectivos, el asunto era asequible para las universidades que lo integraban a las actividades propias de la educación superior, pero cuando se habla de los millones de estudiantes actuales, los problemas se multiplican y agravan, haciendo crisis en todo lo que antes eran situaciones relativamente manejables.

Pongo como ejemplo el hecho de que mientras una primaria en un poblado de 10 mil o 15 mil estudiantes puede ser creada y operada sin mayor problema con una planta de siete a 10 docentes, un bachillerato en ese mismo poblado puede requerir una planta de más de 20 maestros, que además cuente con un grado de especialización en diversas disciplinas, por el nivel de conocimientos que esos profesores deben tener en cada una de ellas; sin embargo, difícilmente esos maestros pueden tener un empleo de más de seis u ocho horas por semana, ya que ese es el tiempo que son requeridos para dar las materias que ellos pueden impartir. En otras palabras, una escuela de bachillerato difícilmente es financiable en un poblado pequeño; no obstante, en ese lugar existen niños que ya terminaron la primaria y la secundaria y demandan ahora bachillerato.

En tres años de trabajo, Székely instrumentó un proyecto para estructurar la Educación Media Superior en un esquema homogéneo y compatible, definió e impulsó una reforma para mejorar la calidad de la educación que se ofrece y para reorientarla a las necesidades actuales y futuras del país. Su mayor logro fue el establecimiento de un sistema de evaluación que había dado sus primeros frutos. Fue muchísimo lo que no pudo hacer, seguramente más de lo que hizo, pero tenía un equipo de trabajo y un proyecto que estaba mostrando resultados, contrastando con lo que sucede en otras partes de la SEP. Su remoción indica que mucho de este proyecto se perderá, todo ello en virtud de la incapacidad del secretario para entender las dimensiones de su propia responsabilidad.

El proceso está envuelto en uno de mayor dimensión: la lucha por el poder, y no sólo del poder que persigue Lujambio, al tratar de colocarse como uno de los líderes futuros de las fuerzas reaccionarias de este país, sino el enfrentamiento de dos visiones, una que busca cómo enfrentar los desafíos del mundo actual con todos sus intereses, competencias, desequilibrios y cambios tecnológicos, y otra que pretende que la gente lo haga acercándose a la religión, la obediencia y las buenas costumbres, un retorno completo a los escenarios anteriores a las leyes de Reforma de siglo y medio atrás, porque en los hechos éste parece ser el proyecto que Calderón y su grupo tienen para el país, ignorando en su soberbia la lección de la historia.

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